—¿Cómo iba a suponer que Jennifer es lesbiana? —susurré con furia.

Clara, Lucre y yo estábamos en la cocina, supuestamente preparando algo de beber para todos. La sesión de terapia había acabado y era la hora social.

—¿Visteis la expresión de doctor Jonatito? —preguntó Lucre, riéndose—. No ha tenido desperdicio.

—Sí, ven aquí y bésame, chica guapa —Clara frunció los labios.

Me tapé el rostro con las manos. Me sentía culpable por lo mal que había mirado y tratado a Jennifer, creyendo que era la amante secreta de Jonathan.

—¿Qué queríais que hiciera?

—No lo sé, pero me apunto a la siguiente sesión de terapia que quiera darnos —dijo Lucre—. Nunca me había reído tanto. Quizá la próxima vez me diga que el pene de un hombre es como una flauta. Si se sopla lo bastante fuerte, hace música.

—Lleven las bebidas y entretengan  a todo el mundo —dije, tras una risa ahogada—. Tengo que investigar.

Primero busque en el dormitorio de Jonathan y mi madre. No hace falta decir que odie hacerlo. No necesitaba saber que dormían en sábanas de satén rojo ni que tenían espejos en el techo. No necesitaba ver los juguetes sexuales del cajón de la mesilla. Sobre todo, no necesita ver el libro Strokia **noallow**, fuera lo que fuera eso, que tenía Jonathan bajo la almohada.

Asqueada, rebusqué en la cesta de la ropa sucia y capté el aroma de un perfume dulzón. Floral y almizclado, sí, pero no de azucenas. Mi madre tenía razón, no se parecía al suyo. Busqué manchas de carmín y pelos en las camisas de Jonathan.

Nada. Ni una mancha ni un pelo. El hombre era inmaculado.

Por supuesto, un tramposo necesitaba ser inmaculado para ocultar sus actividades clandestinas.

Con Richard el Bastardo yo había contado los condones. No compraba una caja nueva sino que utilizaba la que había en casa. El número iba bajando y no los había utilizado conmigo. Pero mi madre ya había entrado en la menopausia, así que eso no servía.

¿Qué mas buscar? Mi madre había dicho que Jonathan hacía llamadas en secreto. Necesitaba su factura telefónica. Aparecerían listados las llamadas recibidas y realizadas.

Con la sangre golpeteándome en los oídos, fui al despacho. Era pequeño, pero estaba lleno de libros. Casi todos de rollos psicológicos. Comprobé que los cajones de su escritorio estaban cerrados con llave. Seguro que allí guardaba fotos porno de su amante.

Me senté en el sillón de cuero negro y revisé mis opciones. Podía forzar las cerraduras con un abre cartas, pero eso me delataría. Podía buscar la llave, no encontrarla y perder un tiempo precioso.

En realidad no tenía otra opción que arriesgarme a perder tiempo buscando la llave.

Eché un vistazo a la habitación. ¿Dónde escondería la llave si fuera Jonathan? En un sitio donde mi pobre y confiada esposa no pensara en buscarla. Richard había llevado la suya encima o en su maletín a todas horas. Dudaba que Jonathan fuera tan paranoico. Era médico de la mente, así que se supondría más listo que cualquiera que entrara en sus dominios.

Una foto de él pescando… no. Un libro hueco… no. Demasiado típico. Seguí mirando y desechando objetos. Entonces vi un pequeño e inocente periquito azul y amarillo. Lo alcé, preguntándome por qué mi sofisticado padrastro tenía una fea figura de plástico.

Sonreí al adivinar la respuesta.

—Claro, tú esconderías la llave a la vista —susurré. Presioné el pico del pájaro y salió una llave.

Con manos temblorosas de emoción y nervios, abrí los cajones y los revisé.

Rechiné los dientes al ver fotos de una mujer normalita y conservadoramente vestida. En algunas fotos tenía en brazos a un bebé de pelo negro.

¿Tenía Jonathan una hija de su amante? Claro. Si no, no habría escondido la foto. ¡Era un sinvergüenza!

También encontré la factura de su móvil. Había demasiados números para apuntarlos, así que doblé las hojas y las guardé en mi bolsillo. Con suerte, pensaría que las había perdido.

Colérica, pero encantada con mi triunfo, cerré los cajones, devolví la llave y volví a la salita. Suspiró con alivio cuando parecieron no fijarse en mi llegada. Lucre y Jonathan estaban a un lado, discutiendo sobre el divorcio. Clara, Jennifer y mi madre estaban sentadas en el sofá, hablando de las virtudes de una buena crema limpiadora facial.

Fue casi surrealista pasar de espiar y encontrar fotos delatoras a una feliz escena doméstica en menos de siete minutos. Casi deseé estar soñando.

—Es hora de irnos —dije, con voz tensa.

Todos me miraron.

—¿Te encuentras mejor, cariño? —mi madre se levantó con expresión preocupada—. Lucre ha dicho que te sentías mal.

—No, no me siento mejor. Estoy enferma —tosí para dar más realismo a mi afirmación.

—Vomitar seguramente le irritó la garganta —apuntó Lucre para ayudarme.

—Sí, eso es —me froté el estómago y tosí de nuevo—. Siento no quedarme más, pero estoy deseando irme a casa.

Lucre y Clara me miraron con alivio y corrieron a mi lado. Agarraron mis brazos y simularon sujetarme.

—Vamos a llevarte a casa y meterte a la cama —dijo Lucre—. Tienes un aspecto horrible. Horrible.

Dejé que me condujeran hasta la puerta.

—¿Has encontrado algo? —susurró Clara.

—Registros telefónicos.

—Te llamaré mañana para ver cómo te sientes —dijo mi madre desde la salita, confiriendo un significado especial a sus palabras.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!