La Moneda de la Dama

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Muchos milenios llevaba Ella en aquella isla de arena rodeada de infinito océano. Había paseado por su isla, se había sentado a su orilla circular, había jugado con la arena incontables veces, había dormido y había llorado, pero nunca jamás soltaba esa cuerda. Ahora estaba de pie, desnuda sin ningún temor de ser observada, pues jamás había visto a nadie. Su esbelto cuerpo, su figura perfecta y bronceada, irradiaba algo que nadie más tenía, y estaba ahí de pie, sujetando esa cuerda y mirando a su alrededor, como si nada. Llevaba muchísimo tiempo allí, había visto al sol, a la luna y a las estrellas surcar el cielo demasiadas veces, se sabía el nombre de todas ellas, pero Ella jamás había cesado en su empeño. La cuerda se perdía hacia el cielo, elevándose y elevándose sobre su cabeza y su isla, hasta alcanzar una nube allá en lo alto que quería irse con el viento y no podía. Ella la sujetaba cual cometa espumosa, y en todo el tiempo que la nube había estado ahí, jamás se había podido ir con el viento. Ella tardó mucho en darse cuenta, pero poco a poco la isla se había ido sumergiendo, y su costa la había ido encerrando. Primero no le importó, pensó que serían variaciones normales de las mareas, pero después supo que aquello no era normal. En los últimos siglos la isla se había estado sumergiendo. La situación había sido crítica varios años atrás, pero Ella no pudo hacer nada. En ese momento temblaba de miedo, viendo que su isla había terminado sumergiéndose. El agua corría empapando la arena, hundiendo la última superficie de la isla, hasta que por fin sus pies se mojaron. La marea continuó creciendo, engullendo a la isla, y cuando le cubría los tobillos rompió en un llanto desconsolado… Ella ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí, tantísimo, tantísimo tiempo atrás. Sólo sabía lo que le había dicho Otomeo, y por eso no pensaba soltar esa cuerda. Él era el culpable de todo, el causante de aquella situación desesperada. No entendía cómo, ni por qué estaba allí, pero sabía que había sido por su capricho.

Otomeo había sido una vez un elfo de la Alta Estirpe de Gelidén, los amantes de las estrellas, una de las Doce Altas Estirpes de los Elfos. Vivía en la ciudad de Driin, al norte de las Tierras Orientales de Catai, muy lejos del Viejo Mundo. Pero Otomeo no era un elfo cualquiera, era gran conocedor de los saberes ancestrales, y un fiel servidor de Tepeu, Dios del Cielo. Cuando ya tenía gran poder, cruzó hacia el norte las Montañas del Caos, internándose en los Páramos de las Estrellas, donde siempre es de noche. Aquel basto desierto maravilló a Otomeo, que comenzó a estudiar las estrellas con detenimiento. Trazó diferentes planos del cielo nocturno, anotó coordenadas de sucesos celestes que observó, y fue capaz de predecir ciertos eventos extraordinarios. Otomeo, que fue un gran siervo de Tepeu, siguiendo su credo pudo descifrar algunas cosas futuras, prediciendo pequeños y grandiosos acontecimientos, lo que l ehizo ganarse el sobrenombre de el vate. Aquella época la pasó malviviendo como un ermitaño, vagando por aquella tierra yerma nocturna, hasta que su nombre llegó a oídos de alguien. Después de aquello muchos acudieron a él a que predijera el porvenir, pero él, además de ayudar a quien le diera cobijo y comida, supo utilizar sus conocimientos para labrarse un camino. Su fe en Tepeu, su sabiduría élfica o la suerte de los acontecimientos predichos le hicieron ganar renombre. Hubo una época que un gran grupo de admiradores o aprendices lo siguieron, que terminó siendo una muchedumbre. Vagaban todos juntos, siguiendo a Otomeo, el Sacerdote de Tepeu, y todos creían en los milagros que hacía el Dios del Cielo a través de él. Los llamaron los Himitas, y la secta creció tanto, que las tribus de bárbaros comenzaron a alterarse, y trataron de evitar el credo de Tepeu, en favor de Vesores, el Dios de la Noche. Así, Otomeo y los suyos debieron esconderse, huyendo hacia el occidente, alcanzando las Montañas del Anochecer. Fueron a parar a lo que se conoce hoy como el Paso de los Abismos, una gran grieta que divide la cordillera, formando un desfiladero espantoso. Refugiados allí, los bárbaros no dieron con ellos, pero tampoco podían continuar al este, pues al otro lado de las Montañas del Anochecer terminaba la noche. Así que decidieron establecerse ahí, y juntos pusieron los primeros cimientos de la ciudad de Qerzol, donde daba comienzo el Paso de los Abismos. Primero fue un fuerte, que tras algunos embistes de los bárbaros y otras bestias de la noche, reforzaron el asentamiento hasta levantar un fuerte castillo. Éste se encontraba justo en la entrada del desfiladero, y sus puertas daban a ambos lados, comunicando así el Viejo Mundo y los Páramos de las Estrellas. Esa estratégica puerta le dio a Otomeo mucho poder, y pronto se enriqueció con el comercio, aunque los pielesverdes del desfiladero siempre lo estuvieron atosigando.

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