Sueño ligero

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La primera vez que entré en el sueño de otra persona tenía seis años.

En ese momento no le di ninguna importancia. Creía que era simplemente un sueño más. Vi a mi madre haciendo la compra y hablando con una vecina, hasta que comenzó a discutir con ella sobre algo relacionado con mi padre. Yo intenté defenderla, claro, pero ninguna de las dos mujeres pareció escucharme, así que me dediqué a observar cómo se insultaban y se echaban cosas en cara, con una rabia que me pareció excesiva.

Cuando me desperté tuve una sensación muy extraña, casi como si no hubiera descansado mientras dormía. Durante el desayuno, le hablé a mi madre de ese sueño y le conté todo lo que había visto. Yo era un crío y no entendía muy bien la mayoría de las cosas, pero supe entender que si mi madre se había quedado pálida y casi pareció desmayarse, fue porque aquello no era precisamente normal.

Fueron muchas las noches a partir de entonces en las que me adentré en los sueños de mi madre. Por alguna razón, podía hacerlo casi sin ningún esfuerzo. Poco a poco empecé a controlarlo a voluntad y aprendí a salir de ellos cuando no me interesaban, además de a identificar y diferenciar los sueños propios de los ajenos. Los míos me daban una ligera sensación de realidad, me costaba saber que estaba dentro de un sueño, mientras que los de los demás eran más difusos, más... irreales.

Entrar en los sueños de mi padre me costó más, no sé si porque mi relación con él no era tan cercana como la que tenía con mi madre, porque pasábamos menos tiempo al día juntos o... No sé. Pero pasé un par de años practicando con mi madre hasta que al final pude ir también a los de él. Siempre en secreto, por supuesto. Ellos no parecían darse cuenta de mi presencia, nunca, así que no tenía que preocuparme más que de no mencionarlo con nadie. Cosa que tampoco era muy difícil, porque cuando se lo conté a uno de mis amigos del colegio, Noah, me dijo que estaba loco y que no le tomara el pelo; ganas de contarlo, precisamente, no me daban, con esas reacciones.

Poder alcanzar también los sueños de mi padre fue una especie de detonante. A partir de entonces, fue como si mi "poder" se incrementara, o como si su rango de acción aumentara o algo, porque fui capaz de entrar también en los sueños de los vecinos que vivían más cerca.

Eso fue como descubrir un mundo nuevo. Empecé a ser consciente de que, por muy diferentes que pareciéramos unos de otros a simple vista, al final todos teníamos las mismas inquietudes, y casi el mismo tipo de sueños. Durante esos años, pude comprobar como todos aquellos a los que podía tocar con mi habilidad, sin excepción, soñaron mínimo una vez que podían volar. También que alguien les perseguía, que se les caían los dientes o que llegaban tarde a un examen o al trabajo. Algunos con más frecuencia, otros con menos, pero ese tipo de imágenes siempre estaban ahí.

Lo que peor llevaba era cuando alguien soñaba que estaba desnudo en público. Siempre fui un niño muy inocente, y aunque con diez u once años ya empezaba a tener curiosidad por todo eso, tengo que admitir que casi me supuso un trauma ver a alguno de mis vecinos sin ropa.


Durante la época en la que estuve en el instituto abusé un poco de esta capacidad, lo reconozco.

Tenía doce años cuando mis padres se separaron, poco después de que mi hermana naciera. Creo que Lis tenía cinco meses por aquel entonces. El caso es que mi padre se fue un día, sin más. Ni siquiera recuerdo que discutieran. Un día estaba, y al siguiente ya no. De repente me vi solo, con mi madre y con una recién nacida que lo único que hacía era llorar y que me crispaba los nervios.

Admito que me porté como un capullo durante esa época. El instituto es difícil de superar, y no me refiero a los estudios. Si no tienes un apoyo sólido en casa que te respalde lo es aún más. El caso es que las cosas que me iban mal durante las seis horas de clase las pagaba por las tardes en casa; y las cosas que me callaba y aguantaba en casa las dejaba explotar por las mañanas en el instituto.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora