Reto número 27

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- Escribe una escena de lucha y/o mucha acción.

Las paredes de la habitación están salpicadas de sangre, el cuerpo de mi amiga, yace inerte junto a la puerta; trato de mirarla lo menos posible, pero cada que lo hago, una nueva oleada de ira y adrenalina me recorren y hacen que golpee más fuerte. Ambos estamos cansados, el ambiente se sentía húmedo, pesado por el calor que emanaba de nuestros cuerpos. Las supersticiones de la anciana no estaban del todo correctas, la tierra santa solo detenía a la bestia, pero no al hombre. Él estaba en pleno frenesí después de arrancarle salvajemente el brazo a Vanessa con una mordida para después cortarle de un tajo la garganta con sus garras. No sabía de donde, pero al ver eso, había sacado la fuerza suficiente para romper la puerta, no para buscar refugio, sino porque buscaba un arma, mi vida no importaba, quería venganza, quería destrozar pedazo a pedazo a ese infeliz. La madera de la puerta astilló mis manos, pero aún así la sostuve fuertemente y atravesé al lobo por el costado. Aulló de dolor, pero no me importó, lo apuñalé tantas veces como pude, hasta que él me empujó dentro de la iglesia. Hubiese podido compadecer al hombre cuando lo vi atravesar el umbral, cuando el pelaje se evaporó como cenizas, cuando las heridas que le había causado fueron visibles y la sangre le pintaba varias partes de su cuerpo; pero él entró sonriendo, burlándose de la situación, sintiéndose superior; eso hizo hervir aún más mi sangre, y arremetí con más furia contra él y recibiendo un impacto fuerte en el pecho que me hizo volar por los aires y me estrelló contra el atrio de la Iglesia. Si algo dentro de mí se rompió, no lo sentí. Parecía que llevábamos peleando toda la vida, era sorprendente que mi cuerpo aún no cediera ante los golpes y los traumas, la sonrisa de ese hombre y el recuerdo de Vanessa, me hacían seguir adelante.No golpeamos, pateamos y apuñalamos; él incluso me mordió, regocijándose porque ahora yo también tenía su maldición.  Él estaba contando con que desistiera, él creyó que aún temía por mi vida, pero no era así. Yo quería matarlo e iba a dar mi vida por conseguirlo. Habíamos terminado por salir al camposanto de la iglesia, había unos barrotes rodeando la periferia. Él se recuperaba  fácilmente de mis golpes, necesitaba algo más contundente para terminar con él, así que en mí último desesperado intento, nos lancé a ambos con fuerza contra los barrotes, empalando nuestros cuerpos. El dolor era intenso pero use cada uno de los alientos que me quedaban para empujar con más fuerza su cuerpo dentro del barrote. Mi corazón no se detuvo, no hasta que vi la sonrisa de aquel hombre desaparecer de sus labios, cuando engarcé el rosario de plata dentro de su cuerpo y  su maltrecha alma dejó sus negros ojos.

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