Capítulo 6

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—¿Tienes computadora en tu casa? —pregunta Rafael. Niego. Asiente y va hacia un cuarto cerrado con llave, unos minutos después, regresa con una caja—. Este es el portátil que se compró para Ramiro, pero lastimosamente se fue antes de acomodarse aquí. Tómalo, tiene todo lo que hay en este —Señala el aparato en el escritorio—. Cuando alguno de los chicos te llame para confirmar algo o por algún correo, puedes enviarlo desde casa y no tener que venir hasta aquí.

—Oh. Gracias.

—No es problema, es parte de tus herramientas de trabajo. ¿Queda claro todo?

—Como el agua.

Sonríe y niega con la cabeza. —Bien. Si necesitas algo mi extensión es la 104.

—Claro. —Asiente y regresa a su oficina.

Hace dos horas que regresé, no me tomó mucho abrir mi cuenta, por lo que sólo tome un desayuno y regrese a la oficina. Rafael, fiel a su palabra me ha afiliado a la seguridad social, me ha presentado a todo el personal y me ha instruido en cuanto a mis funciones, también me ha registrado en recepción del edificio y ha hecho mi carnet, es una suerte que aun tuviera las fotos que me tomé hace unos días. Me siento en mi nuevo puesto y repaso todo lo que me ha dicho.

Me percato de que no es tan complicado, requiere más bien de orden y concentración organizar todo. Tomo un cuaderno y anoto las cosas que deben hacer en el día, jerarquizando lo prioritario y lo que se puede hacer a lo último. Organizo el calendario que estaba mal guardado y reprogramo las visitas que quedaron en el aire. Les escribo a los clientes ofreciendo disculpas por las molestias y enviándoles la información correcta.

Faltando media hora para las cuatro, actualizo nuevamente el cuadro de visitas y reviso el buzón de la página y correo por si hay algún cambio de última hora. Sergio, otro de los ingenieros, sale de su oficina junto a José y Fabricio; tienen que visitar la planta de jugos en una hora.

—Ten una buena tarde, hermosa Lily —dice. Me sonrojo profusamente.

—Igualmente, Sergio. José, Fabricio.

—Adiós. —Me guiña José. Fabricio me mira unos segundos, sonríe y se despide. Es igual de tímido o incluso más que yo.

—Divina, ¿a qué hora piensas irte? —Alfonso viene con una rosquilla hacia mí—. ¿Quieres? —Extiende la rosquilla y mi boca empieza a salivar. No sé qué demonios me pasa, cada vez que veo algo de comer me transformo—. Tómala, pareces a punto de querer arrancarme la mano.

—Oh. Discúlpame.

—No te preocupes, en tu estado es comprensible. —Ya todos saben sobre mi estado, y todo gracias a que estás paredes son demasiado finas así que...—. Aunque mi hermana era peor que tú.

—Gracias. —Recibo la dona y no espero para comerla. Termino de contestar los últimos dos correos, me ha tomado un poco de tiempo leerlos, pero gracias a mis últimas leídas intensivas, voy mejorando. Incluso, tengo cuatro palabras más para buscar en el diccionario y aprenderlas.

—De nada. Bueno me voy, tengo una cita a las ocho y quiero verme hermoso. —Sonríe y menea las cejas—. Bueno, más hermoso de lo que ya soy. —Resoplo una risa y ruedo los ojos. Alfonso finge lucir ofendido—. Oye, no te atrevas, acabo de darle de comer a tu hijo. Además, no dejes que la envidia contamine tu alma, también eres hermosa.

—Uh. —Mi sonrojo crece a niveles épicos. Esa palabra la aprendí hoy.

—Deja de avergonzarla —reprende Rafael, llegando hasta nosotros—. ¿Estás lista para irte?

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