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Reto 36

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Consigna: Escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios.



HASTA LLANO

Salgo del hotel para encontrar apenas unas casitas en la falda del cerro. Al cruzar la calle empedrada me encuentro con el callejón que divide: esa casa a la que no me atrevo a pisarle la banqueta por los ruidosos perros y el campo de futbol construido por los mismos moradores del lugar.

Atravieso el callejón para llegar hasta la sinuosa carretera que me llevará a mi destino. Camino las húmedas y casi cálidas calles de Teocelo hasta la plaza principal, donde puedo tomar mi trasporte para ir a Llano Grande, mi lugar de trabajo.

Hay una hilera de casas a cada lado de la carretera. Todas no tan diferentes a las de mi ciudad, y aun así se siente que estoy tan lejos de casa por solo la vista.

Algunos negocios comienzan a abrirse, y la señora de la mitad de la empinada calle, que vende jugos naturales y fruta picada, me aguarda con una sonrisa.

Ese puesto me proporciona, además del desayuno que comeré en el autobús, un respiro. La empinada calle es bastante larga como para no robarme el aliento.

—A chambear —me dice mientras recibe el dinero que pago por sus productos. Asiento mientras alargo un suspiro. Digo: —No hay de otra —y sigo con mi camino.

Cuatro minutos andando después llego al fin a la placita. La fuente al centro, como siempre, se encuentra llena de agua y cubierta de hojas provenientes de los grandes árboles de alrededor.

Es en este lugar donde el calor se reciente mucho más pues, a las ocho de la mañana, con el sol saliendo, la humedad de la lluvia que cae cada noche se comienza a evaporar.

Me dirijo a la parada de autobús escuchando el molesto canto de sin fin de aves que viven en los árboles del lugar. En todo el día es lo mismo, canto de aves en esa plaza, como en todo el trayecto hasta el lugar donde trabajo.

El autobús al fin llega y, después de abordarlo, sigue su camino hasta Llano, como dicen los veracruzanos de ese pequeño poblado.

Conforme avanza el camino las casas se vuelven menos y, en la profundidad del paraje, todo se vuelve enormes árboles en distintas tonalidades de verde. Cada vez menos casas, cada vez menos personas, hasta que son solo montón de hermosos árboles enmarcando el camino.

El paisaje es ahora solo verde y café, hasta que los cafetales aparecen. Entonces se pueden vislumbrar destellos rojos, son los granos de café listos para cosecharse.

Si acaso fueron cinco minutos de camino cuando casitas estilo rustico aparecen de nuevo en el camino. Un templo pequeño, la entrada a la escuela primaria y algunas casas más contiguas marcan el inicio de Independencia.

Desde el autobús veo como el pequeño pueblo se extiende de un lado de la carretera, cerro arriba y entre más árboles.

No alcanza a pasar el minuto cuando todo es de nuevo árboles y solo árboles. Hasta que, quince minutos después, las casitas techadas con palma y con esas antojables hamacas colgando en sus fachadas dicen que hemos llegado a Tejerías.

La comunidad Tejerías es por mucho más grande que Independencia, o al menos es lo que alcanzo a ver, pues salir de ese pueblo toma más tiempo del que tomó cruzar la comunidad anterior. Pero el paisaje no es tan diferente. Tejerías e Independencia pueden contarse ya como pueblos, a diferencia de Llano, que es a donde me dirijo.

Cuando el pueblo se queda atrás todo vuelve a ser espeso follaje verde, característico de la región. Sus fuertes y constantes lluvias ayudan en mucho a que el paisaje sea lo que es, un incoherente verde refrescante y cálido.

De uno de los lados comienza a descender el terreno, terminando en ser una barranca de la que no veo el fondo. La espesa y blanca neblina solo permite ver las copas de lo que seguro son árboles enormes, tan grandes como los que hay por todas partes.

Las curvas del camino hacen que me arrepienta de haber comido algo, pero sé que no podría soportar mucho tiempo con el estómago vacío, no cuando también estaban las horas de sueño en que tampoco comí.

Dormito una parte del camino. Ver enormes árboles verdes por más de una hora, mientras el camión se mese por las curvas del camino y su ronroneante sonido me arrulla. Después de un mes de lo mismo el hermoso paisaje ha perdido su encanto, aunque nunca su hermosura, solo es que me acostumbré.

Entre mi suelo ligero siento como el autobús se detiene. Estamos en Loma Alta, ahora lo sé. Personas comienzan a abordar y descender, mientras veo casitas en terrenos amplios. Todas de un piso, la mayoría de materiales naturales, paredes de caña de bambú y techos de palmas.

El camino comienza a descender y de nuevo las casas se vuelven árboles en el paisaje. Pero no es por mucho tiempo ya. De Llano Grande a Loma Alta distan tan solo 12 minutos a pie, que son uno o dos minutos en auto o autobús.

Las casas de Llano parecen más pequeñas y más rústicas. La comunidad más pequeña del trayecto es justo en la que desembocamos.

El autobús entra en la comunidad, algunos metros adelante gira la glorieta que rodea el templo del Santo Patrón del lugar y está listo para abandonarlo después de dejarnos a algunos y tomar a otros cuantos para llevarse.

Dejo el autobús, cansada de más de una hora de camino. Camino por las calles empedradas mientras veo algunas casitas humear y percibo el olor a leña quemándose. El calor me abochorna. Casi puedo ver el vapor abandonar la húmeda tierra ahora que el sol está plantado un poco más alto en el cielo.

Atravieso la calle y el portón de la escuela, entonces escucho el sonido del arroyo detrás de la barda blanca que cerca la escuela. Miró a mi alrededor y pienso que no conozco ninguna otra escuela con tanta vegetación. En las escuelas que estudié cuando niña y adolescente no había ni macetas en los pasillos, menos tantos enormes y majestuosos árboles.

Paso el edificio de la cocina y el de cómputo de largo, bajo las escaleras admirando la huerta del módulo y me emociono de nuevo al ver el caballo en el campo vecino a la escuela. Ese tipo de cosas, —comunes en ese lugar— son completamente inusuales en mi lugar de origen.

Recorro la rampa, dos escalones abajo ignoro el lavabo, pero algunos pasos después me sonrió en el espejo mientras reviso mi cabello crispado por tanta humedad. Rodeo la mesa en que los de sexto grado siempre desayunan y llego a la puerta del Módulo Dondé 001 donde pasaré mis próximas nueve o diez horas.

—Hoy hace fresco, psicóloga —saluda una de las auxiliares que ya trabaja en sus múltiples tareas del día. Le miro fijo con los ojos bien abiertos y niego con la cabeza, ella ríe y prende el ventilador apuntándolo a la dirección donde pasaré una hora revisando papeles y organizando la planeación de los programas del día.

—Ya estás consintiéndola de nuevo Miriam —se queja el psicólogo encargado del lugar dirigiéndose a ese aparato que emite la frescura que me permite no desfallecer.

—Mario no —me quejo y me mira fijo. Entonces se ríe— Aya —dice burlón—, tan quejumbrosa la de zapatos —y me río de uno que no lleva precisamente huaraches. 



Bien, pues ese fue mi recorrido mientras trabajé en Veracruz. Soy Mexicana, y vivo en el estado de Jalisco, justo en el otro extremo del país. Todo es muy diferente, iniciando con el clima. Además soy chica de ciudad (por eso el malvado de Mario me decía "de Zapatos") y yo trabajaba en comunidades rurales y muy pequeñas, así que era mucha la diferencia, pero creo que me acostumbré un poco a eso.

Sobre la descripción, pues creo que describir es otro de mis puntos malos u.u, y en mi contra tengo que el camino era todo lo mismo, lo juro. Pero espero pudieran vislumbrar un poco de eso que yo veía todos los días. 

Besos hermosuras. 

52 RETOS DE ESCRITURA 2016¡Lee esta historia GRATIS!