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Reto 33

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Consigna: Piensa en una palabra que no suelas utilizar y búscala en Google imágenes. Escribe una historia sobre la tercera imagen. 


Impío: 1. Que no tiene o no siente compasión o piedad/ 2. Que no demuestra ninguna devoción religiosa o ningún respeto por las cuestiones religiosas.


EL CRISTIANO Y EL IMPÍO

Ambos mirábamos la misma cosa, pero él no estaba viendo nada. Tal vez por eso no hizo nada. Pero yo, yo que veía la injusticia y la crueldad lucirse en todo su esplendor, no podía hacer menos que abogar por la pobre alma dueña de esos que clamaban compasión.

—¡Ya basta! —rezongué deteniendo la mano que azotaba el fuete contra la piel desnuda del chico tirado en el piso—, esto no está bien. —Y me gané la incrédula mirada del verdugo mientras que el amo de la casa dibujaba una escalofriante sonrisa en su rostro.

—¿Qué es lo que no está bien? —preguntó el amo y señor de la casa que se levantó de la silla desde la que miraba tan deplorable espectáculo y, dirigiéndose a mí, logró que mi cuerpo se tensara de una manera desagradable.

—Jesús dijo: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Estoy seguro que no te mandarías azotar de esta manera por tan insignificante error —dije logrando una estruendosa carcajada del que minutos antes me había cuestionado.

Él rió como si le hubiese contado el chascarrillo más popular del mundo, rió tanto que terminó con ambas manos en el estómago mientras tomaba tremendas bocanadas de aire.

Cuando al fin se calmó preguntó: —¿Eres religioso? —y, mostrando mi clara molestia por su actitud, expliqué: —Soy cristiano —obteniendo de él otra fuerte risotada.

Yo no entendía que era lo gracioso, pero al parecer su humor de perros se había esfumado. Llevaba todo el día molesto porque las cosas no le habían ido bien y yo, que lo conocía desde niños, sabía que su forma de desquitar el enojo era haciendo sufrir a los demás.

Él y yo éramos amigos de infancia. Nuestros padres fueron socios en los negocios desde antes que nosotros pudiéramos recordar, pero nuestros estilos de crianza no eran nada parecidos. Mi madre era una mujer piadosa que me enseñó la felicidad que da amar a los otros. De ella heredé no solo una cálida sonrisa, sino las enseñanzas que la religión —que ahora profeso por propia convicción— le habían dado.

Él en cambio no tuvo una madre, fue criado por tantas mujeres como pasaron por manos de su padre. Lo más cercano que tenía a una madre era la anciana cocinera a la que, al ganar años y renombre en nuestra sociedad clasista, vio como otra simple criada.

Él era cruel y arrogante. Era el señor de la casa y no tenía piedad por nadie. Pero habitualmente no se molestaba por cosas pequeñas, a menos que estuviera molesto, entonces el primero que se la hacía era quien se las pagaba todas.

Y a decir verdad nunca estuve de acuerdo con su forma de actuar, pero nunca sentí la necesidad de meter las manos al fuego por nadie. Quizá porque cuando adolescente era bastante egoísta como para lastimarme defendiendo una causa noble.

Pero ahora tenía la sensación de que era mi deber pelear por las causas justas, y mi amigo estaba siendo demasiado malo con quien no le había hecho ningún daño.

El criado que servía las bebidas tropezó cuando se dirigía hasta mí, dejándome empapado de simple agua. Yo dije que no había ningún problema, pero para él era abominable humillarlo de tal manera frente a un importante invitado.

Y aquí voy a mencionar que de "importante" en realidad no tenía mucho. Yo no era su socio ni mucho menos, los negocios de mi padre los había heredado mi hermano mayor y, aunque no podía quejarme por mi posición económica, yo no tenía nada que ofrecerle a mi amigo en el ámbito de los negocios.

A pesar de estar molesto no me enfurruñé en pelear con en insensato de mi amigo. "Perdonar a los que nos ofenden" era otra de las enseñanzas que me gustaba practicar. Con eso en mente me dirigí al chico en el suelo y le ayudé a ponerse de pie. Una vez con el chico levantado, casi ordené: —Anda vete —pero no se movió. El chico miró aterrado al hombre a mi lado, e hice lo mismo también, encontrando a un furibundo comiéndolo con la mirada.

—No ordené que te levantaras —soltó con rudeza. A pesar de lo terrorífica que era su expresión justo ahora, dije: —Vamos, tuviste suficiente ¿no?. Casi está sangrando de tanto azote —señalé.

—Yo decido lo que es suficiente —anunció para mí—. Perdí la cuenta—dijo para el que mantenía el fuete entre sus manos—, inicia de nuevo. —Mirándome a los ojos, con esa extraña sorna cubriéndole el rostro, preguntó: —¿Eran cincuenta no?. —Negué en repetidas ocasiones con la cabeza. Desaprobaba totalmente la actitud de mi amigo.

—No tienes perdón —dije furioso y, furioso, empuñó el cuello de mi saco preguntando: —¿Crees que necesito un perdón?, ¿de tu Dios?, ¿de ese infeliz? O... ¿de ti?. —Quité sus manos de mi solapa y repetí para el chico que temblaba tras de nosotros: —Vete —pero mi amigo no lo permitiría, esto parecía ya más cuestión de orgullo que de desquite.

—No te muevas —ordenó—, ¡al suelo! —y el condenado se arrodilló mientras se mordía los labios.

—Por favor, no continúes con esto —pedí al que no entendía razones, pero mi amigo alegó: —Él se equivocó.

—Se tropezó —señalé—, nos pasa a todos. ¿Acaso no te ha pasado también? —pregunté queriendo que lo entendiera y ganándome la gélida e iracunda mirada del hombre al que se dirigían mis palabras.

—Esta es mi casa, son mis criados y mis reglas —escupió cada palabra mientras golpeaba la yema de su dedo índice en mi pecho. Quise discutirlo con él, pero no me lo permitió. Más, al ver que yo no desistiría de mis postura, preguntó: —¿O será que vas a recibir los azotes por él?.

Me estremecí por su pregunta. Es cierto que yo era cristiano y quería hacer el bien a los demás pero, de ahí a sufrir por los otros, puede que hubiera un tremendo tramo que no estaba muy dispuesto a andar.

Sopesé las opciones y encaré a mis posturas peleando en el interior de mí. Después de algunos segundos le miré a la cara al que esperaba mi respuesta y se la di.

* * * * * * * * * *

—¡Santo Cristo!, ¿qué te pasó muchacho? —preguntó la criada que servía el té a mi madre en las sala de nuestra casa. Sonreí con pocas ganas de hacerlo en realidad.

—Unos azotes —anuncié recargando mi hombro al pórtico de la entrada.

—Pues ¿Qué hiciste? —preguntó ella y dije: —Nada que no hubiera hecho Cristo por mí.




Y bien, no estoy cien por ciento segura de que esto esté en la linea correcta. Yo no soy cristiana ( o tal vez sí), sé que soy católica. Aunque, según lo que investigué en Internet (vaya fuente más confiable) solo diferimos en las creencias, pero ambos profesamos lo mismo, el amor al prójimo y nuestro deseo de serle fiel a Dios por medio de nuestras buenas obras. Si estoy mal siéntanse libres de corregirme.

Sobre la palabra, creo que la había escuchado, pero no tenía idea de qué era lo que significaba, así que, para no caer en la vergonzosa situación de hablar de lo que no sé, no la había utilizado jamás.

Y hoy, por fin, no sufrí por el título de la historia. La tercer imagen de google, como resultado a la búsqueda de "Impío", lo traía consigo. 

Bien, deseo les guste este relato. Saluditos hermosuras que me leen.

52 RETOS DE ESCRITURA 2016¡Lee esta historia GRATIS!