Reto 32

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Consigna: Escribe un relato sobre las marcas que deja la vida en la piel.


LA VIDA EN LA PIEL

Había vivido, de eso no cabía duda. Su piel había guardado registro de cada situación vivida que jamás olvidaría. Y aunque algunas de las marcas se habían borrado con el tiempo, habían permanecido lo suficiente como para memorizar el relato que respondía a la constante: ¿Qué te pasó?, que el mundo le pedía.

Algunas marcas se habían ido, pero había algunas más que persistentes. Por ejemplo esa marquita en su brazo derecho de una vacuna que no recordaba en realidad, pero que su madre le había contado la razón de pertenecer a su piel.

Los mejores días de su vida probablemente habían sido aquellos que dejaron marcas en su piel. Más de una vez lloró por tener las rodillas raspadas, pero mirando el trasfondo todo había sido divertido hasta que perdió el equilibrio.

No podía olvidar aquella tarde en que su abuela le enseñó a bordar, ni tampoco olvidaría como terminó con las yemas de sus dedos adoloridas y enrojecidas de tanto pinchazo. Y, aunque se fueron en poco tiempo, pudo sentirse complacida por tal dolor. Aunque no podía decir lo mismo del bordado realizado.

Ya ni hablar de aquella vez que terminó con las palmas de las manos ampolladas de tanto limpiar en el trabajo de su mamá. Una experiencia dolorosamente satisfactoria. A pesar de las burbujillas en sus palmas que ardían como si tuvieran el demonio dentro, podía saborear la satisfacción que ayudar le daba, aunque tal vez había exagerado esa vez.

Pero no siempre las experiencias detrás de esas marcas eran buenas. El solo recordar la paliza que le dio su padre al descubrirle esa marca de beso en el cuello le hacía estremecer. Esa vez las marcas del cinturón quedaron más marcadas que el chupetón que le hizo su novio.

Y hablando de golpes hubo uno que no le dolió tanto, el que le dio la chica loca con la que peleó por defender a su hermana. Ese moretón horrible que pasó por tantos cambios que hasta resultaba divertido. Esa marca en su piel pasó de roja a verde, de verde a morada —casi negra—, y finalmente a un café que fue degradándose hasta retomar el color moreno de su piel.

Cabe decir que hubo muchos más moretones, prueba fiel de lo descuidada y distraída que era. Cada que descubría otro moretón se daba cuenta que había chocado fuerte con algo y, aunque hacía memoria, nunca supo con qué fue.

Otra prueba de lo distraída que era, eran esas marcas en su antebrazo de aquella vez que, cocinando, se tiró el aceite caliente encima. Esta fue una de las marcas más perdurables, pasó más de un año para que las manchas cafés, dejadas por las ampollas, desaparecieran.

Pero nada comparado con la enorme marca en su pantorrilla de la vez que se le pegó el escape caliente de una motocicleta justo allí. No era raro que en cinco años solo hubiese perdido algunos tonos, no después de ser residuo de una herida que tardó cuatro meses en sanar. Más esa marca no era nada molesta, cuando usaba pantalón largo ni quien se enterara de ella.

Las marcas molestas eran las que, en sus diarios andares, dejaba el sol en su piel. Esas que señalaban el inicio y el fin de las prendas que vestía cuando caminaba a pleno rayo de sol. Recuperar su tono de piel era bastante tardado, aunque nada complicado, pues su piel lo hacía por si misma cuando pasaba tiempo sin que los rayos UV la tocaran directamente.

Y de pronto su piel hacía más que registrar los daños, comenzaba a registrar también años. Podía notarlo en las pequeñas arrugas que se formaban en el contorno de sus ojos, en su frente y junto a los labios. Aunque esas bien podrían ser de tanto sonreír más que de los años pasados, pues ella era aún bastante joven, o eso le gustaba pensar.

Su piel también le recordaba cuan sensible era al frío, o a los productos químicos que intentaba no usar mucho, pues era más molesto tener la piel quemada que grasosa. Pero esto último era algo que no disfrutaba.

Y otra cosa que tampoco disfrutaba eran los reclamos de su piel cuando abusaba de comer grasas y azúcares. Cuando eso pasaba horribles y tremendos granos aparecían en su tez. Su hermana siempre dijo "Eres una exagerada, esos puntos solo son malos en tu imaginación" pues al parecer los granos que a ella le salían podían pasar desapercibidos por cualquiera que no fuera ella.

Pero, de todas las marcas que la vida había dejado en su piel, las más entrañables y de las que más se enorgullecía —aunque no podía amarlas y aún luchaba por borrarlas— eran las estrías rodeando su abdomen. Esas marcas que le decían como la vida le había llenado de vez en cuando. 



¿Está lindo el relato no?, yo lo creo así. 

Gracias por leer. Besototes hermosuras. 

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