Reto 31

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Consigna: Imagina que eres incapaz de salir de un piso durante una semana. Cuenta cronológicamente cada día y por qué no puedes salir.


ENCERRADA


Jueves

Desperté y miré a la ventana. Allí estaba él. Mirando disimuladamente a todas partes, como todos los días. El pánico me invadió, la ansiedad comenzó a recorrerme la piel en forma de comezón y me rasqué la nuca con despacio. Si quería no perder la cordura debía tomarme las cosas con calma.

«Debería llamarlo» pensé y lo descarté inmediatamente. Esto bien podría ser mi paranoia pero, como solo era una posibilidad que esto fuera parte de mi neurosis persecutoria, mejor era tomar precauciones. O eso creía.

Al final llamé a alguien. No podía ausentarme de mi trabajo, no sin avisar al menos. Así que llamé a la directora del colegio para reportarme enferma. De locura no, obviamente. Fingí un malestar estomacal.

Durante todo el día, de vez en vez, miré a la ventana logrando quitarme el hambre. Ese sujeto duró todo el día de pie en la esquina, mirando la entrada a mi edificio. Después de nueve horas estaba casi segura de que me estaba esperando. Pero al final se fue, logrando que yo ni siquiera soñara con salir de mi casa.


Viernes

Dormí demasiado poco. Si se le puede llamar dormir a cabecear sentada en el sofá y abrir los ojos sobresaltada cada que un ruido sonaba.

Era cerca de las seis de la mañana cuando me asomé de nuevo a la ventana. Él estaba allí. Maldije internamente. No podía creer que este tipo de cosas le pasaran a alguien tan aburrida y sosa como yo. Digo, quién querría secuestrar a una maestra de preescolar. Solo un chiflado.

Aunque chiflada estaba yo. No estaba segura de que ese tipo quisiera secuestrarme. Lo único que sabía era que llevaba un par de semanas siguiéndome los pasos y hoy era su segundo día esperando a que yo saliera de mi casa. O eso es lo que había concluido después de topármelo en algunos lugares procurando esconderse de mí y vigilando la entrada de mi casa.

En todo el día no me vio. Pero yo lo vi cada minuto que pasó durante el viernes. Se veía un poco impaciente. Y recé porque, cuando cruzó la calle esa noche, se dirigiera a su casa y no a mi piso. Sucedió lo primero. Creo.


Sábado

«¿Quién necesita hacer la despensa para pasar la semana?» me pregunté mientras veía al hombre de nuevo parado en contra esquina de mi edificio. Esto se estaba poniendo peliagudo, pero los fines de semana solía pasarlos encerrada igual, solo salía el sábado a hacer la despensa y el domingo a misa.

—¿Por qué no te largas? —pregunté en voz alta. Me estaba volviendo loca. Pasaba el día pegada a la ventana, incluso no prendía la tele o la radio, ni siquiera las luces. Estaba procurando que ese sujeto pensara que me mudé y se fuera para siempre. Pero no se iba. Duraba todo el día mirando en mi dirección, sin percatarse que yo estaba detrás de la cortina. O al menos eso quería.

»No vas a volver a verme —farfullé con los dientes apretados. Aunque él no podía oírme, esto debía ser cosa de mi locura. Estaba convencida de que él no me haría daño si yo no salía de mi piso, así que no lo haría ni aunque este se estuviera incendiando... Bueno, si se llegara a incendiar el edificio si saldría corriendo.


Domingo

—Ah, maldita sea —el insulto se salió de mi boca. Ese sujeto estaba allí. Se iba de noche y volvía al amanecer. Eso me daba una oportunidad de salir corriendo. «Sí tan solo no fuera tan cobarde». O tan imaginativa. Mi cabeza tenía mil teorías, todas locas. Una de ellas era que al anochecer el hombre se volvía invisible.

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