Capítulo 2

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Debo comprar una nueva cama. Debo comprar de todo.

Cuando hui de casa, de la casa de Gustavo, sólo tome algunas ropas y todo el dinero de la caja fuerte —mucho dinero, de extorsiones y robos. Él no era un policía correcto— y escapé. He estado viviendo en un hotel donde me proporcionaron una cama y todo lo demás.

Pero ahora, entre las desnudas paredes y el enorme espacio de este apartamento. Me doy cuenta que no tengo ni siquiera un cartón sobre que dormir. Y ni loca me acostaré sobre esa alfombra, debo cambiarla inmediatamente.

Me ducho y uso ropa cómoda pero decente para salir de compras. Abordo un taxi y le pido que me lleve a una tienda de muebles de segunda mano. Sí, tengo mucho dinero, pero no sé cuánto tiempo estaré sin empleo y debo ahorrar lo posible para vivir por el tiempo que sea necesario. Veinte minutos después, estoy en "El rincón de Anita" y lo primero que descubren mis ojos, es una base cama con colchón que se ve realmente cómoda. El precio es justo y para mí felicidad, también hay un armario y un cajón a buen precio.

Una mesa de comedor pequeña, una mesa de centro, una estantería y un sofá grande después; y he terminado por ahora. Pago sólo un poco más para que todo me sea llevado a mi casa en una camioneta del esposo de Anita, el señor Gabriel. Para mi asombro, me ayudan sin cobrarme de más, a ubicar los escasos muebles en el lugar; les agradezco casi llorando y con un poco de vergüenza les pregunto dónde puedo comprar cortinas y cobijas para mí. Amablemente, el señor Gabriel se ofrece a llevarme él mismo a un lugar donde dice, encontrare todo lo que necesito.

—Ésta es una ciudad muy grande. Debes tener cuidado en donde compras tus cosas. Existen muchos lugares con personas que esperan a criaturas inocentes como tú, para estafarlas. —dice, después de que casi le comprara unas cortinas al doble de precio de lo normal, según Gabriel, a una señora apenas y llegamos al centro de la ciudad—. Tienes una cara inocente y además tu actitud...

—¿Mi actitud? —pregunto confundida y un poco molesta.

—Sí, hija. Te ves como un ratoncito, todo pequeñito y asustadizo. —Si no fuera porque lo dice con ternura y una dulce sonrisa, para un hombre de sesenta y cuatro años como él me lo dijo, me molestaría—. Hay demasiados depredadores en esta ciudad, dispuestos a lanzarse sobre ti.

Frunzo el ceño y camino cerca de él. Las personas pasan apresuradamente y no se percatan de mi existencia. Ya perdí de la cuenta de cuantas veces me han estrujado, empujado, pisado y golpeado. El señor Gabriel me ha arropado bajo su ala, para evitar que salga herida, lo dejo, temo por un golpe sobre mi estómago.

—Nunca compres en el primer lugar que visitas, debes ver varios y comparar los precios. —Asiento, guardando la información en mi mente—. Si el vendedor te dice que vale tanto, tú has un puchero y diles que tienes menos, así no sea verdad.

—Pero eso es engañar —protesto.

—Créeme pequeña. Ellos desde que llegas a su puesto ya están engañándote a ti —dice. Entramos al tercer local y de inmediato dos vendedoras nos abordan—. Necesitamos unas buenas cortinas, que sean de buena calidad y bonitas.

—Por supuesto —responden sonrientes. Nos llevan a la parte de atrás y nos enseñan algunas que sinceramente no me gustan. Y como soy tan clara y transparente, mi rostro debe reflejar lo que pienso y siento—. No se preocupe, tenemos estas otras —dice y me llevan a la parte del frente. Unas hermosas cortinas de color naranja, que me recuerdan las hojas secas en el patio de mi abuela, me enamoran.

—Esas. —Las señalo. Los ojos de la vendedora se abren con entusiasmo.

—Oh, esas son de seda. Y cada una de ellas viene con el velo respectivo.

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