Progolo

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La puerta se abre y mi cuerpo tiembla. Él ya está aquí. Tengo tanto miedo que trato de fingir, cortar las cebollas es lo más interesante del mundo. Sólo espero que su día haya sido bueno, de lo contrario lo pagaré, con creces.

El cuchillo tiembla en mi mano, pero continúo cortando sin mirar a ningún otro lugar, que no sea la tabla y los pequeños cuadritos que van quedando. Lo escucho descargar sus cosas en la sala y suspirar. Detengo el cuchillo y cierro los ojos, recordando el estado de la habitación donde se encuentra y de la casa en general. Hice el aseo con detalle, sin olvidar ninguna superficie o rincón que él pudiera encontrar sucio y luego hacerme pagar por ello. Ruego a Dios que no haya olvidado ninguno, no quiero que me golpee hoy, no después de hace tres noches. Aún me duele todo y si vuelve a poner una mano sobre mí, probablemente no podré levantarme de la cama.

No puedo quedarme en mi cama.

No puedo permitirle que vuelva a golpearme, no ahora, no en mi estado. No después de lo que el doctor dijo:

—Debes tener cuidado con las escaleras, Liliana. Esta vez hubo suerte, pero un golpe o cualquier otra situación como estas... —Me mira atentamente. Sé que él no cree mi historia de que me caí por las escaleras. Mi ojo morado no es un golpe por caerme al suelo—: Y puedes perder al bebé.

—Lo sé. Doc. Tendré más cuidado —susurro. Sus ojos me miran con pesar y me siento todavía más incómoda que cuando expliqué la causa de mis golpes.

—¿Sabes que puedes contar con ayuda? Podemos acudir y socorrerte en cualquier situación que presentes —dice. Asiento, sus ojos llenos de sabiduría por los años, me observan atentamente—. No estás sola. Podemos ser de ayuda.

Volví a asentir y tomé los medicamentos que me recetaron y no harían daño al bebé. El doctor se equivocaba. Nadie puede ayudarme, la primeras y últimas veces que pedí ayuda, que acudí a una estación de policía u hospital y denunciaba... él lo sabía. Y en casa era yo quien pagaba.

Y como no iba a saberlo. Siendo el jefe de la estación de policía del pueblo, y la máxima autoridad. Nadie lo cuestionaba, nadie se atrevía a señalar sus crímenes, especialmente conmigo, su esposa; a quien tomó para sí mismo, siendo una chiquilla de quince años, vendida a él por sus padres. Él es la ley aquí y nadie ni nada puede hacer algo por nosotros, sus víctimas.

—Liliana, ven aquí —gruñe desde la sala. Mi cuerpo empieza a temblar nuevamente lleno del más profundo terror. Mi estómago se tuerce y le pido a Dios que por favor tenga piedad de mí esta vez.

—¿Qu... qué sucede Gustavo? —No me acerco totalmente hacia él, incluso cuando su mano está extendida hacia mí.

—He dicho, ven aquí. —Señala el lugar a su lado. Asiento y con paso apresurado me ubico a su lado. Su mano inmediatamente me toma de la cintura, vuelvo a estremecerme—. Quisiera saber, por qué razón Aura me ha dicho que debo tener más cuidado con mi esposa, ¿acaso has ido nuevamente a contar esos historias sobre mí?

—¡¿Qué?! ¡No!, no por supuesto que no. —Niego con mi cabeza efusivamente. Las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos y me cubro el vientre instintivamente—. Seguro me vio en el medico el jueves. Fui por el dolor de cabeza que tenía, sólo eso. Juro que no hablé con nadie, lo juro Gustavo.

El temblor de mi cuerpo se hace cada vez más fuerte. Sus ojos se estrechan y me analizan, buscando tal vez la mentira detrás de mi terror o simplemente porque disfruta verme así, aterrada y hecha nada. Por fin, una sonrisa satisfecha se dibuja en sus labios y decide dejarme en paz por el momento.

—Está bien muñeca, te creo. Ve y sigue haciendo la cena, muero de hambre.

—Sí, señor. —Me volteo para regresar a la cocina pero vuelve a llamarme—. ¿Sí? —pregunto con miedo.

¿Amor y Amistad? Siguiente Puerta a la DerechaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora