CAPITULO 11: MIKAELA

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¿No te lo parece?

¿Qué estás viviendo a la mitad?

¿Qué tienes algo pero no puede salir?

¿O que debe salir algo pero no lo tienes?

¿No te duele?

Incompleto. 

Se siente como vivir en automático, como sentir al dejarse llevar pero no estar completo en eso. Como pasarla bien en el momento, pero no estar tranquilo. Como dormir para reponer horas para que estar listo al día siguiente, pero sin poder descansar.

¿No te falta algo?

¿No escuchas el hueco que hace el vacío?

Y buscar razones para llorar, porque te endureciste y te enfriaste lo suficiente para que no volvieras a hacerlo. Poner un horario para poder sacar todo lo que se acumula, pero... ni las más tristes películas lo logran. Ni la frustración de no poder hacerlo lo logra. 

¿Qué sigue entonces?

¿Qué buscas para sentir calidez?

¿Por qué se siente así? ¿Y como lo cambio?

Y piensas que es estúpido sentirse así porque... porque es inmaduro, porque hasta pasado por cosas peores.

¿Y que haces ahora? 

¿Qué prosigue para poder continuar?






Cuando Mika despertó, encontró a Krul sobre él.

―Volviste a lloriquear dormido

La pelirosa bajó de su cama y se quedó sentada en el borde, mirando a Mikaela que lentamente se incorporaba.

―Lo siento― Murmuró el rubio con voz ronca, tallando sus ojos para despabilarse.

La pelirosa llevaba su cabello suelto el cual le llegaba por debajo de su cadera. Su flequillo cubría sus bonitas facciones cansadas. No era la primera vez que intercambiaban las mismas palabras, y para esas alturas, era casi su manera de saludarse por las mañanas.

―Me dijiste que te levantara en una hora, ya han pasado cincuenta minutos. Arriba, Mikaela― Krul se levantó y caminó descalza hacia afuera de la habitación del rubio para darle la privacidad mientras se vestía.

Ocurría por temporadas; meses de pesadillas contra semanas de descanso. El único remedio que le funcionaba era agotarse hasta desfallecer. Si cansaba su cuerpo y mente al limite, podía pasar una noche sin soñar.

Los sueños eran libres de su consciencia. No podía controlar lo que pasaba o lo que se mostrarían en ellos, no podía evitarlos. Y aunque no pensara en ellos durante el día, la noche se los recordaba continuamente.

Sofocado, Mikaela apartó las sábanas que lo cubrían y se levantó de la cama para vestirse. El inicio de su vida universitaria lo llevó a un mundo completamente diferente e independiente que el de toda la sociedad; su horario podía comenzar levantándose a las tres de la mañana y podía dormir a las cinco de la tarde, podía dormir quince minutos durante el día o podía tener el lujo de dormir cuatro horas, podía levantarse a las siete de la mañana y seguir así hasta dormir a las cuatro de la mañana. Era un completo caos.

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