Obligué a Lucre y a Clara a acompañarme a la sesión de «terapia de relaciones» esa noche. Cuando acabara su charla, ellas lo entretendrían mientras yo rebuscaba por la casa. Por suerte mi furia había disminuido y creía tener suficiente control para no atacar al bastardo traidor con un látigo y un soplete.

Quería a ese hombre, pero aún así iba a castrarlo.

Tal vez no me habría afectado tanto si no hubiera visto la foto de Harry con Caroline Tetas Grandes.

Pero creo que sí. Un engaño era un engaño.

Mi madre abrió y se animó al ver a sus sobrinas.

—¡Lucre, Clara! Me alegra mucho que hayan venido. Hace demasiado que no las veo. ¿Cómo les va, chicas?

—Bien, tía Gloria. Muy bien —contestaron al unísono. La abrazaron.

—Entren, entren —yo seguí a Lucre y a Clara, pero cuando intenté adelantar a mi madre, ella me agarró el brazo y me apartó a un lado—. Pareces lista para la batalla —susurró—. ¿Qué estás planeando?

—Es mejor que no lo sepas —la besé en la mejilla, captando su perfume de azucenas—. ¿Dónde está el doctor Jonatito?

—Sabes que odia que lo llames así —mi madre señaló la parte trasera de la casa—. Te espera en la salita de estar.

La salita era amplia y luminosa, y estaba llena de elegantes estatuillas de pájaros de todos los colores y razas. Jonathan los coleccionaba. Si yo tuviera que analizarlo a él, diría que los colecciona porque es un bastardo traidor a quien le parece bien pisotear la autoestima de una mujer y arruinar su capacidad de volver a confiar en nadie.

Eso y que quizá le gustaría salir volando.

Mi padrastro estaba sentado en una mullida mecedora, fumando una pipa y leyendo un libro. Tenía una buena mata de pelo castaño y barba bien recortada.

A lo largo de los años ese hombre me había hecho terapia sobre todo, desde desórdenes alimentarios a compulsiones consumistas. Había pasado toda mi infancia excavando en mi interior, descubriendo por qué me comportaba como lo hacía.

Tal vez por eso estaba tan desequilibrada.

Una bonita mujer de veintitantos años ocupaba la otra mecedora. Ella también estaba leyendo y no notó nuestra llegada. Rizos rojos enmarcaban su rostro redondo y agradable. Sus cejas eran oblicuas y tenía labios pequeños y con la forma de los de Betty Boop. Llevaba una camiseta rosa ajustada y pantalones de rayas rojas.

¿Podía ser ella el nuevo interés amoroso de Jonathan? ¿Estaba acostándose con una mujer a la que doblaba en edad? Mi ceño se convirtió en una mueca. ¿Cómo se atrevía a llevarla a casa de mi madre? ¡Indignante! Seguramente intentaría convencernos de que la pelirroja era una «amiga». Yo había conocido a un montón de amigas de Richard, es decir, *beep*, desvergonzadas y guarras.

—Hola, Jonathan —saludé, controlando mi voz. Bastardo traidor. ¡Púdrete en el infierno!

Él levantó la vista del libro y sonrió, sin consciencia de que planificaba su muerte mentalmente.

—Miranda. Has sido muy buena al venir —dejó la pipa en el cenicero y el humo lo rodeó como una nube—. Te alegrará saber que he estado estudiando rituales de apareamiento de primates, con la esperanza de ayudarte con tu problema.

Lucre resopló y tuve que pellizcarle el brazo para evitar que dijese cualquier barbaridad.

—¿Qué problema? —pregunté. Él no contestó.

—Veo que has traído a las gemelas —dijo, animándose—. Excelente. Excelente. Estoy seguro de que esto será beneficioso para todos.

—¿Quién es tu amiga? —señalé a la pelirroja con la barbilla. No pretendía sonar tan grosera, pero mi tensión sanguínea iba en alza.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!