Parte I : Alec

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- ¡Alec! - El grito de su hermana le alertó, pero no a tiempo. El demonio arremetió contra él, derribando su cuerpo el cual salió disparado varios metros hacia el lado opuesto en el que se encontraban sus dos hermanos.
El silbido de una flecha rompió el silencio y atravesó el cuerpo del demonio que ahora de retorcía en el suelo con sus últimos estertores de muerte antes de plegarse sobre sí mismo y explotar.

El icor salió del demonio en todas direcciones alcanzando al más mayor del trío de cazadores que se encontraba tirado en el suelo tras el golpe que había recibido, un golpe lo suficientemente fuerte como para dejarle aturdido en el suelo; justo por lo que no se pudo cubrir cuando todo el flujo negro le empapó la cara, haciéndole aullar de dolor en cuanto él liquido espeso se coló en sus ojos, y partir de ese momento el dolor le golpeó con suficiente fuerza como para dejarle inconsciente.

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Todo era negro, todo era confuso. No recordaba mucho más aparte de la pelea que habían tenido en aquel criadero de demonios. No sabía donde estaba, y lo peor es que no podía ver nada.

De forma nerviosa se llevó la mano a la cara, intentando palpar lo que le impedía ver, pero no encontró nada sobre sus ojos, y sus sospechas se confirmaron.
Con un nudo en la garganta, el cazador se incorporó en lo que supuso que era una cama debido al tacto que le ofrecía, incluso el olor le resultaba familiar, le recordaba a Magnus.

Magnus. ¿Donde estaba? Seguramente no estaría muy lejos de él así que con la voz trémula y rota tras llevar tanto tiempo sin hablar, le llamó.

-¿Magnus?- . . . -¿Jace? ¿Izzy?-

El pulso del joven cazador se aceleró. No había nadie, nadie respondía a su llamada. No sabía donde estaba, no era capaz de ver nada excepto un inmenso océano negro decorado con algún que otro destello blanco que nunca estaba permanente.

Estaba ciego. Estaba ciego y sólo.

Se ahogó con su propia respiración. Podía oír el latir de su corazón como si estuviese en sus oídos y de repente sus mejillas estaban húmedas. Estaba llorando y ni siquiera sabía si podía parpadear para retirar sus saladas lágrimas.

Un primer sollozo escapó de su garganta, causado por el ataque de pánico que estaba sufriendo y sin confiar demasiado en su cuerpo levantó las rodillas para poder abrazarse a ellas y así sentirse protegido.

Las lágrimas comenzaban a escurrirse hasta su pantalón y podía notar la humedad a través de la tela, cayendo sobre sus rodillas. Era extraño. Nunca había sido tan consciente de su cuerpo hasta aquel momento. Pero a pesar de saber donde estaba cada extremidad, no sabía donde estaban los obstáculos del sitio en el que se encontraba y por ende prefirió quedarse encogido como un niño pequeño, sollozando y llamando de vez en cuando a su novio, el cual debería haber estado ahí para ayudarle.

Blind Alec (Malec)¡Lee esta historia GRATIS!