—Esto es genial —Clara dio unas palmadas y unos saltitos—. Estoy emocionada por ustedes  dos. Vamos chicas —dijo cuando se tranquilizó—. Hemos venido a comprar y eso vamos a hacer. Ahora que las hormonas de Miranda han decidido salir a jugar necesitamos más cosas para su arsenal de seducción. A trabajar.

Esa noche, tumbada en la cama, hice recuento de las prendas que había comprado, un vestido de verano verde; Clara había insistido, una minifalda azul frío con una blusa sin mangas a juego, un traje pantalón color rojo sangre y un camisón de encaje negro. Y los pantalones negros, claro.

¿Qué pensaría Harry cuando me viera? ¿Llamearían sus ojos como cuando deseaba besarme?

¿Se volvería loco de ganas de arrancarme la ropa?

La imagen me excitó. Me puse de costado y miré por la ventana del dormitorio. Era una noche negra y aterciopelada, tachonada de estrellas. A veces odiaba esas noches sola, sin nada que hacer excepto pensar.

Quería hablar con Harry, oír su voz seductora y sexy, pero eso era un comportamiento tan de relación que fulminé el concepto. Acostarme con él, sí. Incluirlo en mi vida y confiar en él, no. Aún así, anhelaba tanto oír su voz que empecé a temblar.

Decidí llamar a mi madre. Sí, a mi madre. Si había algo que pudiera hacerme dejar de pensar en cuerpos desnudos y sexo telefónico era ella. Marqué su número en el inalámbrico que había en la mesilla.

—¿Hola? —mi madre sonó gruñona, adormilada y maravillosa al mismo tiempo.

—Hola a ti también —sonreí, ya más tranquila.

—¿Miranda? —hubo una pausa y me la imaginé sentándose de un bote—. ¿Algo va mal? ¿Qué va mal? Sé que ha pasado algo.

—Nada va mal, te lo juro. Sólo quería oír tu voz.

—Gloria, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado? —oí decir a mi padrastro.

—Es Miranda. Dice que llama para charlar.

—¿Charlar? ¿A esta hora? Algo va mal. ¿Qué es lo que va mal?

—No lo sé —mi madre suspiró—. Dame un minuto para descubrirlo.

—Vale, pero quiero hablar con ella cuando acabes.

Puse los ojos en blanco. Esa loca pareja siempre me devolvía a la realidad.

—¿Por qué no me dices qué te preocupa, cariño? —me dijo mi madre—. Nunca llamas a esta hora.

—Necesito tu consejo —las palabras se me escaparon sin que pudiera detenerlas—. ¿Cómo puede saber una chica si un hombre la tratará bien? ¿Si será fiel?

—¿Estás pensando en casarte otra vez? —dijo, emocionada.

—No, nada de eso —refuté—. Sólo siento curiosidad por cómo supiste que Jonathan no sería como papá —que no la golpearía, engañaría, ni insultaría. ¿Cómo podía haber vuelto a confiar en otro hombre?

—No lo sabía —dijo mi madre—. No podía saberlo. Sólo podía tener esa esperanza.

—Mamá, esperaba que me animaras —gemí yo—. Que me dijeras que hay un hombre ahí fuera que me tratará bien y no me engañará con otras.

—No me has dejado acabar. Sí que hay un hombre para ti. ¿Te tratará bien? No siempre. ¿Te engañará? Eso lo dirá el tiempo. Ocurren cosas y la gente cambia —el tono de su voz se alzó con amargura—. Hasta Jonathan y yo tenemos nuestros problemas.

Todo mi cuerpo se tensó al captar la implicación de sus palabras. ¿Estaría intentando decirme algo? Jonathan y ella apenas discutían. Mi madre debía referirse a desacuerdos con los turnos de fregar los platos, o algo así de inocente. A lo largo de los años, Jonathan había demostrado ser un buen tipo. Yo lo había acusado durante mucho tiempo de estar simulando; temía que un día se convirtiera en una bestia, pero no había ocurrido. Me relajé lentamente.

—Gloria, Miranda no necesita oír nuestros problemas —se oyó un sonido de estática mientras mi padrastro le quitaba el aparato—. Miranda, soy Jonathan. El matrimonio es maravilloso. Sabes que no creo en el divorcio y desaconsejo esa salida a mis pacientes.

Si, había oído su opinión al respecto mil veces en los últimos meses. Él creía que debía darle a Richard el Bastardo otra oportunidad. Tal vez debería haberle contado todo lo que Richard me había hecho, cuánto me había herido. Pero solo les había dado a mi madre y a él una leve idea de lo ocurrido, ocultando la cruda realidad. No había querido que la gente a la que más respetaba conociera mi estupidez.

—¿Estás pensando en volver con Richard? —preguntó.

—Mi respuesta es la misma que la última vez que lo preguntaste. Diablos, no.

—Oh —la decepción sonó patente en su voz.

—Insistes en que lo acepte de nuevo, pero tú no viviste con él —apreté el auricular con súbita ira. Decidí olvidar mi orgullo un momento y aclarar las cosas—. Tú no tuviste que sufrir una humillación total en sus manos. ¿Y si te dijera que Richard intentó matarme mientras estuvimos casados? —mi voz sonó dura e inflexible. Por primera vez en mi vida me sentí como una auténtica Tigresa.

—Diría que tenías todo el derecho de dejarlo. Pero no lo hizo. Richard no es un hombre violento.

—No intentó matarme físicamente, no. Sólo intentó matar mis sentimientos. Mi autoestima. Me engañaba, Jonathan. Una y otra vez. Me dejó en la ruina. Hizo que me sintiera despreciable. ¿No es eso igual de malo?

—Lo siento, Miranda —tartamudeó él—. No lo sabía.

Mi cólera se esfumó. Ese hombre me quería de verdad. Me había educado desde los nueve años y siempre me había tratado como a una hija. Quería lo mejor para mí. Se oyó otro chisporroteo de electricidad estática y mi madre agarró el teléfono.

—Miranda, cariño, te he oído. Hiciste bien dejando a Richard. Espero que se pudra en el infierno.

—Gracias, mamá. Eso significa mucho para mí.

—Entonces, ¿has encontrado a otro hombre? ¿Por eso llamas?

—No —mentí. Harry era otro hombre, otra tentación. Otro mundo.

—Siempre sé cuándo mientes. Tu voz suena más aguda. Nos veremos mañana en Holy Grounds a las ocho —sonó como un sargento que esperase el cumplimiento de sus órdenes—. Necesitamos tener una conversación madre-hija.

—De acuerdo —no se me ocurrió negarme.

Además, quería verla. Quería a mi madre y no pasaba suficiente tiempo con ella—. Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, cariño.

Colgué y me tumbé. Miré el techo. Bien. Había llegado el inicio oficial de una larga noche en vela.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!