CAPÍTULO DOCE

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HAUNTED CAPÍTULO CUATRO ; PARTE TRES

Abrió los ojos aturdida por la mañana. La televisión seguía encendida delante de ella con el listado de capítulos abierto. Giró el rostro y se encontró al ángel dormido con el rostro en dirección a ella. Su boca estaba abierta permitiendo salir los pequeños ronquidos. Castiel estaba con un brazo rodeando su cabeza y el otro sobre su abdomen. Parecía adorable en aquella posición, la tensión de su rostro había desaparecido por completo su ceño estaba relajado con las cejas alzadas. Una de sus alas estaban atrapadas bajo el cuerpo de Savannah, rodeándola al igual que lo habían hecho la noche anterior al abrazarla, mientras la otra se extendía saliéndose por el extremo del colchón. No pudo evitar sonreír al verlo de aquella manera, aquel ángel raruno se hacía querer.

Tenía entendido que los ángeles no necesitaban dormir, pero estaba claro que a Castiel le habían pasado factura los últimos acontecimientos y había decidido saltarse aquella regla. Probablemente ni si quiera lo hubiese decidido él mismo y el sueño habría podido con él igual que lo había hecho con ella.

Intentó levantarse sin despertarlo, pero en cuanto se movió un ápice, Castiel comenzó a hacer sonidos con la boca, señal de que se estaba despertando. Un gruñido le hizo mirarlo mientras apoyaba su peso sobre ambos codos, aún bocarriba, mientras las alas de Castiel comenzaban a removerse.

—Y, señor ángel del señor, a eso se le llama pastosismo por dormir con la boca abierta— se burló de él mientras terminaba de incorporarse—. Buenos días.

—Buenos días. ¿Has descansado?— saludó el ángel, educado como siempre haciendo que una sonrisa asomase en la cara de Savannah.

Su rostro cambió rápidamente al darse cuenta de algo. No había tenido pesadillas. Por primera vez desde que había llegado al búnker había pasado una noche tranquila y hasta se había despertado de buen humor, y eso era mucho viniendo de ella.

—¿Savannah?— la llamó Castiel, preocupado al ver su gesto.

—¿Qué? Ah, sí, muy bien de hecho. Estaba pensando en eso— se explicó señalándose la cabeza mientras colocaba la almohada de Sam y Castiel se incorporaba de la cama—. Es la primera noche que no tengo pesadillas desde hace bastante tiempo.

—Me alegro— dijo Castiel cogiendo la gabardina que había dejado sobre la silla y poniéndosela encima.

—¿Es necesario que te la pongas?— le preguntó señalándole—. La gabardina, digo.

—¿Por qué dices eso?— contestó el ángel confuso mirándose a sí mismo de arriba abajo.

—No sé. A ver, no tengo ni idea de si estará lloviendo fuera— se explicó saliendo de la habitación en dirección a la cocina a por un buen café. Casi notaba como babeaba del hambre—. Pero ahora mismo no tienes intenciones de salir, creo— sabía que Castiel iba detrás de ella al oír sus zapatos por el pasillo—. Además te queda bien el look de empresario desaliñado— explicó refiriéndose al nudo desatado de la corbata que llevaba con el pelo revuelto.

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