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A veces, para acechar a su presa y conocer sus hábitos, una Tigresa debe acercarse despacio, observar y medir antes de lanzarse velozmente al ataque. Con maniobras bien calculadas, puede dar el golpe mortal sin que su presa se percate de su presencia.

¿Qué te parece éste?

Alcé la vista de la hilera de trajes de vestir, negros, marrones y azul marino. Todos llegaban hasta el tobillo, eran sencillos y ocultarían cada centímetro de piel de la mirada traviesa de un hombre.

Al ver la selección de mi prima, fruncí el ceño.

—No voy a ponerme esa… esa… servilleta porno.

—¿Qué tiene de malo? —Lucre echó un vistazo al minivestido verde que sostenía.

—No cubrirá el bajo de mis bragas y el escote llega casi al ombligo. No tengo intención de ganarme unos dólares extra mientras este fuera.

Era miércoles por la noche y estábamos visitando las rebajas de un gran almacén, en aras de mi viaje a Colorado con Harry. El día anterior había llegado una partida de ropa verde; Lucre y Clara, al enterarse, habían exigido que fuéramos de compras. Siendo la mujer débil y manipulable que soy, acepté. Y no porque quisiera estar guapa para Harry. Lo juro.

¿Funciona aún el viejo truco de cruzar los dedos?

—Pruébatelo, por lo menos —persistió Lucre, justo cuando el PDA que llevaba en el bolso emitía una serie de pitidos—. Y apaga eso, por Dios.

—No puedo —harta, rebusqué en el bolso y golpeé el *beep* aparato. Pitaba cada hora, recordándome el viaje. Harry, diabólico hijo de Satán, lo había programado de modo que no podía apagarlo ni bajar el sonido. Además, la pantalla destellaba mensajes tipo «Disfrutarás del viaje, te lo prometo». Cuando calló por fin, miré de nuevo la elección de Lucre.

—Me sentiría más cubierta con el cuerpo pintado.

—Eso no es mala idea —sonrió con astucia.

—Aunque estuviera dispuesta a pasear por ahí como si fuera un anuncio porno, no quiero nada verde. Parecería sopa de guisantes. O, peor aún, un pañuelo usado. Me da igual cuánto le guste el color a Harry.

—¿Qué te parece éste? —Clara alzó un conservador traje pantalón verde menta—. Está a mitad de precio.

—Y sigue siendo verde —dije, exasperada—. No voy a ponérmelo. ¿Por qué no me escucháis?

—Hermana, querida —apuntó Lucre—, va a Colorado con Harry Styles, no a una cumbre de bibliotecarias sexualmente reprimidas.

—Tienes razón —rió Clara.

—Algo sexy —dijo Lucre—. Salvaje. Desinhibido.

—No intento seducirlo —protesté yo.

—Oh, por favor —clamaron al unísono.

—Lo digo en serio —¿Cuántas mentiras podían decirse en un día antes de que Dios negara su perdón? Cuando era niña, mi madre solía decirme que eran 490 al día. Me estaba acercando peligrosamente.

—Puede que no te permitas intentarlo —dijo Lucre malévola y sabihonda—, pero quieres. Mucho.

No intenté negarlo, pero tampoco acepté sus palabras. Se tomó mi silencio como negativa.

—Pensé que tenías cerebro dentro de ese cráneo —farfulló—. Si no quieres seducirlo, tenemos que buscarte una receta de Viagra femenina. Con urgencia.

—Quizá deberíamos llevarla al médico a que le hagan pruebas —sugirió Clara.

—Chicas, soy una arpía con cicatrices emocionales. No hay más —acaricié las solapas de una chaqueta de lana—. Ni medicamentos ni pruebas cambiaran eso.

—Verdad —dijo Lucre.

—Tienes razón —dijo Clara.

¿No se suponía que tenían que defender mi carácter? ¿No se suponía que debían asegurarme que una olimpiada sexual me haría mucho bien?

—Aún así —añadió Lucre—, creo que el látigo y las plumas que te regalamos te ayudarían a superar tu mala uva.

La imagen de Harry atado desnudo en mi cama llenó mi mente. Yo le daba latigazos y luego calmaba su dolor con las plumas, o la lengua. Mis pezones se endurecieron y sentí un pálpito entre los muslos.

—Bueno, vaya —Lucre se rió—. Algo de lo que he dicho ha despertado tus hormonas —lanzó una mirada descarada a mis pechos.

Sonrojándome, me tapé con las manos. Debería haberme puesto un sujetador acolchado; tenía uno y no me avergonzaba. Las mujeres de poco pecho tenían que hacer lo que podían para llenar bien sus blusas. Eso habría ocultado a mis traicioneros pezones.

—Así que no eres tan inmune a él como pretendes hacernos creer —Clara alzó un vestido verde de flores—. ¿Por que ibas a besarlo si no? Dos veces.

—Cállate —ordené.

—No somos el Tattler. No tienes que mentirnos.

—Es obvio que os deseáis —intervino Clara.

Giró en redondo, sujetando el vestido contra su cuerpo—. ¿Qué problema hay? Sedúcelo y sácatelo del sistema. El sexo no tiene por qué implicar un compromiso.

Sabía que no creía sus palabras, y también lo que intentaba hacer. Clara pensaba que si me acostaba con Harry, me enamoraría de él y querría casarme.

¿Y si tenía razón? Eso era lo que me asustaba.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!