CAPÍTULO ÚNICO.

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Una orquídea por allí, otra por allá y varias más por encima de su coronilla formando una delicada cruz que sostenía a la tiara de plumas doradas.

Labios rosados, rostro maquillado e iluminado, pestañas arqueadas, cejas perfeccionadas y sus ojos...sus ojos avellanas brillantemente delineados.

Su flequillo castaño estaba deslizado hacia un costado contra su frente y su peinado era un recogido con un perfecto jopo por detrás de la tiara. Sus bucles caían por encima de sus hombros desnudos de forma prolija.

A pesar del maquillaje, estaba pálida, y no sabía si era por los nervios.

Alma, a sus veintiún años, se miraba al espejo de cuerpo completo junto a su madre, que yacía su lado con un vestido morado y muy bien arreglada, con las manos apoyadas en sus hombros y contemplaban a aquella novia, que Alma no reconocía en absoluto.

Su vestido blanco le quedaba a la medida: el corset corazón hacia resaltar su cintura y las perlas plateadas y bordadas, le daban vida como si fuesen ramas de arboles por todo su estomago hasta llegar a su pecho.

Su largo vestido era como el de una princesa y verse así, reflejaba sus mayores sueños que tenía en la adolescencia: casarse con el hombre de sus sueños.

Ella siempre tuvo una gran facinacion por los vestidos blancos, y nunca supo por qué. Y ahora que llevaba uno precioso puesto, los amaba aun más.

Cuando iba a la secundaria, toda su vida pensaba que Lucas sería la persona con la que se casaría y vivirían felices por siempre, pero en cuanto conoció a Tom en aquella guerra contra Bartons, algo le hizo "click" a su corazón.

Era increíble cómo la vida de uno pudiese cambiar con tan sólo conocer a alguien.

Ahora Alma sí sabía con claridad, que después del primer amor, está el verdadero amor, y este es muchísimo mejor.

—Cuando te vea tu padre, se emocionará—se conmovió su madre, con la voz temblorosa.

Alma sonrió, conteniéndose para no llorar.

Sus sentimientos y emociones estaban mezcladas. Si le preguntaran cómo se sentía, sería algo muy difícil de responder.

Se abrió la puerta de la habitación e ingresó Phaedra, hermana de su futuro esposo y novia de Jordan, su hermanastro.

Ella estaba increíblemente guapa con su melena rubia corta y su vestido azul tubo. Sus ojos oscuros resplandecieron cuando la vieron y chilló de felicidad, alzó las manos, y corrió hacía ella y la abrazó con tanta fuerza que le faltó el aire.

—¡Dios mio, estás preciosa!—exclamó—¡Cielos, en serio, estás perfecta!

Alma sintió sus mejillas ruborizadas ante su alago.

Phaedra y ella eran muy pero muuuy amigas, desde que se conocieron se mantuvieron inseparables.

—Vengo a decirte que ya está todo listo. La gente ya está esperando afuera, sentados y ansiosos por verte. Está demás decir que Tom está más que nervioso, no para de moverse de un lado a otro.

Se lo imaginaba completamente inquieto, de aquí para allá, y eso provocó que sonriera como una tonta.

—Estoy preparada— anunció Alma, tragando con fuerza y con la barbilla en alto.

Phaedra volvió a abrazarla una vez más, y salió corriendo a llamar al padre de Alma, quien no tardó en presentarse en el vestíbulo y quedarse boca abierta cuando la vio.

Los ojos de Marcos se quedaron tiesos al ver a su pequeña, vestida de blanco y tan angelical. De pronto, estos se llenaron de lágrimas.

Aquel hombre gigante y calvo, que parecía un matón sin piedad, se conmovió y se petrificó, sin saber que decir.

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