—Sólo me conoces hace unas semanas, ¿quieres casarte conmigo? —subí la voz—. Ni siquiera hemos tenido una cita, ¿y quieres casarte conmigo?

—Sí —dijo con serenidad—. Llevo soñando contigo seis meses, Miranda. Después de la recepción de Felicite Tomlinson te llamé para pedirte que salieras conmigo. Nunca devolviste mis llamadas. Admito que, en un momento de desesperación, le pedí a mi madre que te encargara la planificación de su fiesta. Fue lo único que se me ocurrió para que entraras en mi vida.

Santo Dios. Me tapé el rostro con las manos. Sentía un zumbido en los oídos y espasmos en el estómago. Tenía la sensación de haber entrado en un mundo irreal y enfermizo.

—¿Me… me quieres? —pregunté, incapaz de mirarlo. Siguió una larga y pesada pausa.

—Sí, así es.

—Esto es una locura, Harry. Tienes que darte cuenta de hasta qué punto.

Él cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza, estudiándome, midiendo cuánto revelar.

—Esta empresa iba muy bien cuando la dirigía mi padre, pero dupliqué los beneficios siguiendo mis instintos. Nunca me han fallado y ahora mismo sé, sé, que eres la mujer para mí.

—Estás desesperado por casarte. Cualquier mujer serviría.

—¿Eso crees? —se pasó la lengua por los dientes—. ¿JY por qué no he elegido a una de las candidatas?

Parpadeé. Había sabido que me deseaba, su forma de besarme lo probaba sin duda. Diablos, su aún patente erección también. El día anterior, en mi casa, había sospechado que buscaba un compromiso. Pero oírlo… Era una insensatez. ¿Amor?

—Harry…

—No digas que no —me cortó—. Di que lo pensarás.

¿Pensarlo? No sería capaz de pensar en otra cosa durante el resto de mi vida. Tomaría la decisión equivocada y nunca dejaría de preguntarme qué habría ocurrido si hubiera elegido la otra opción.

—Te quiero en mi vida, Miranda, y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para convencerte de ello.

Su dulzura, su voluntad de luchar por mi golpeó mi resolución con más fuerza que nada. Pero… «¡No!», gritó mi mente. «Es peligroso. Sufrirás. Es un hombre. Te engañará». Tenía que combatirlo, seguir resistiéndome, y sólo había una manera. No podía pensar en él como Harry Styles, el hombre de mis sueños. Tenía que pensar en él como hombre sin más, un infiel y mentiroso bastardo.

—No. Quiero. Casarme. Nunca —grité—. Nunca, nunca, nunca —di una patada en el suelo—. ¡Nunca!

—No lo dices en serio —movió la cabeza.

—Ya lo creo que sí. No me casaría aunque los alienígenas invadieran el planeta y la única salvación fuera casarme con su líder. ¿Está claro?

—Exageras, intentas alejarme de ti por la razón que sea. Aún veo el miedo en tus ojos.

—¿Qué hace falta para que entiendas que la única manera de llevarme al altar será fría y en un ataúd?

—¿Estás diciéndome que no te interesa el amor? —preguntó él tras mirarme en silencio un momento—. ¿Ni un vestido blanco, un anillo de diamantes y una iglesia llena de familia y amigos emocionados?

Asentí con determinación. No tenía ninguna duda.

—Correcto —eso ya lo había hecho y casi me había matado en consecuencia.

—No te importará que me ría en tu cara, ¿verdad? Conozco a las mujeres, sé que sueñan con una boda espectacular, con un marido que las adore y con tener sus hijos —abrió los brazos hacia mí—. Aquí estoy, dispuesto a darte esas cosas. ¿Vas a decirme que no?

—Correcto —afirmé de nuevo, inflexible.

—Increíble —movió la cabeza exasperado.

—Esto ha sido muy interesante —dije, alisándome la falda—. Ahora te diré lo que pienso yo. Te prometo por todo lo sagrado que no busco una alianza. De hecho, ni siquiera deseo ser dama de honor.

—No te creo —movió la cabeza otra vez.

¿Cómo podía explicarlo para que lo entendiera?

—No quiero un hombre. Punto. Nada de hombres. Me enferman. Hombres malos. Puaj, puaj.

—Espera —él abrió los ojos de par en par—. ¿No te gustan los hombres?

—No —por fin lo había entendido.

—¿Por qué diablos no me lo dijiste antes?

—Trabajamos juntos, para empezar. No tenemos por qué hablar de asuntos personales.

—No me había dado cuenta —moviendo la cabeza, se dejó caer en la silla—. Lo siento.

—Sí, bueno, ahora sabes la verdad.

—¿Siempre te has sentido así?

—No —repuse, optando por la verdad—. Sólo durante los últimos seis meses.

—No había ningún indicio. Quiero decir… —se pasó una mano por el pelo y me miró acusador—. Me besaste. Dos veces. Pensé que te gustaba. Son las rubias, ¿verdad?, las gemelas de las fotos que hay en tu mesita de café. Debería haberío adivinado. ¿Pero cómo podía saberlo?

—¿De qué diablos estás hablando? —parecía que se hubiera transportado a otro planeta.

—Prefieres las mujeres a los hombres —dijo—. No es nada de lo que haya que avergonzarse, simplemente no me di cuenta. Parecía gustarte… Oh, ****.

«Ahhhhh». Era demasiado.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!