Capítulo 22 -Buscando contactos-

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Boston (Massachusetts)

Intranquilo por lo que en la lluviosa tarde del día anterior le había contado su hija adoptiva, Elías comenzó a meditar: «Me extraña que Kat haya venido a pedirme ayuda. Hacía mucho tiempo que no lo hacía». En su rostro percibió cierta inquietud aquella tarde, y él no soportaba verla preocupada. Para Elías era aún su niña pequeña.

Esa misma mañana, llamó por teléfono a Irving Weiss, ex agente de los servicios de inteligencia del gobierno de los EEUU de Norte América, y amigo íntimo desde el día en que decidió trabajar para el FBI. Irving ya se encontraba jubilado, no obstante seguía teniendo importantes influencias en el ámbito laboral. Lo hizo como ambos acostumbraban, y como éste le había enseñado: de manera codificada.

—¡Hola Irving, viejo zorro!

—¡Elías! ¡Cuánto tiempo sin saber nada de ti!

—Bueno, ya sabes que sigo siendo un hombre muy ocupado —dijo con sarcasmo.

—¿Pero cuando lo vas a dejar? Ya estás para que te ayuden a bajar la bragueta del pantalón —bromeó Irving.

—Al menos a mí no me tienen que dar la sopa con una cañita, viejo baboso.

Ambos reían el intercambio de golpes.

—Cuando no pueda moverme por mí mismo —continuaba Elías—, entonces lo dejaré. Mientras tanto seguiré plantando mis propios tomates.

—Veo que sigues siendo un cabezota duro de pelar. ¡Te advertí que trabajar la tierra no da para mucho!

—Bueno, me conoces bien.

—¿A qué tengo que agradecer tu llamada? —preguntó Irving.

—Ya sabes. Hace tiempo que no jugamos juntos. La última vez me venciste a los bolos, ¡bribón! Quiero la revancha cuanto antes —sugirió Elías de forma codificada.

—No creas que te lo pondré fácil.

—Lo sé. Por eso me gusta jugar contra ti.

—Sabes perfectamente que los bolos son mi pasión. Pero dime, ¿dónde prefieres batir tus fuerzas esta vez, en mi bolera o en la tuya? —continuó hablando en clave Irving.

—No quiero que tus achacosas piernas se molesten, así que iré a la tuya.

—De acuerdo, te esperaré impaciente hasta este fin de semana, a la misma hora de siempre. Para entonces, no olvides ponerte en forma viejo carcamal.

—Allí estaré. Te daré tal paliza que no lo olvidarás jamás. Además, quiero que sepas que esta vez voy a llevar un juez para que no hagas trampas —concluyó riendo Elías, y siempre hablando en clave.

—Será un placer conocerle. Auf wiedersehen.

Ciao.

Sin más, ambos colgaron el teléfono.

Después de haber cumplido toda su carrera profesional en los servicios de inteligencia, Irving siempre sugería que en situaciones comprometidas había que actuar de forma prudente, incluso cuando tenía que hablar por teléfono con un amigo. Ya que debido a su dilatada experiencia y por consiguiente a la enorme información confidencial, de la cual era conocedor, sería muy probable que su línea de teléfono estuviese intervenida. Siempre comentaba a Elías que nunca se sabía cuántos oídos y con qué pretensiones podían estar escuchando una conversación privada. Si bien, esto se lo transmitió a su amigo poco después de jubilarse, desde entonces, lo practicaban cada vez que se llamaban por teléfono.

Elías terminó de conversar con Irving e inmediatamente después llamó a su querida Kat invitándola a visitar el parque al día siguiente por la mañana, en un punto y hora determinados; por supuesto no coincidía con el fin de semana, tal y como en clave ambos amigos habían hablado. Ella se mostró algo desconcertada, aunque no quiso preguntar nada al respecto, limitándose a aceptar la invitación. «Elías no es un hombre de ir al parque», pensó. «Seguramente quiere contarme algo». «Pero... ¿por qué en el parque?», se preguntaba confusa y al mismo tiempo expectante.

EL SECRETO DE TIAMAT¡Lee esta historia GRATIS!