Monett Mubarak




Puzle cuarenta y tres. Nueve cuadrados, y cada uno compuesto por nueve más. Cada cuadrado contiene algunos números, el resto... tengo que adivinarlos. Mi libro de Sudoku me fue de utilidad para este largo viaje hasta Luxor. ¿Qué mejor que ejercitar tu cabeza con este rompecabezas numérico? La idea, es que ningún número se deba repetir en ninguna columna ni fila, así que empecemos. Primer cuadrado, primera fila: dos, cuatro, siete. Segunda fila: ocho, tres y seis. Tercera y última fila: cinco, nueve y uno. Primer cuadrado terminado, me quedan ocho.

Abrí una botella de agua y bebí. Observé a mi atractivo compañero, socio y ayudante, Isaac, quien observaba por la ventana del barco el desolado paisaje que había alrededor de los ríos.

Antiguamente, los ríos eran importantes para las cosechas en los imperios. Entre estos cultivos se encontraban: garbanzos, cebada, cereales, higos, lino y más, todos cultivados en la orilla. Ahora, sólo son plantas silvestres y desierto.

La expresión del muchacho se encuentra sumergida en una tranquilidad que alguna vez tuve en mi vida. Un alma llena de paz, agregando también la alegría y el entusiasmo; ambas son integrantes significativos en el ser que lo conforma. Incluso, su mirar muestra un brillo singular que la gente de hoy en día carece. Es especial, auténtica y llena de esperanza. Verlo ahí sentado, me recordaba mi primera aventura como practicante en este mismo lugar, teniendo la misma actitud de encerrarme en mi burbuja tal como él suele hacerlo en cada momento cuando algo llamativo cruza por sus ojos. La única diminuta diferencia entre mi momento y el de este chico, fue la siguiente: a mí no me entregaron a una persona demente como suelen decir que soy; sólo querían sacarlo del lugar para que dejara de hincharle las pelotas al decrépito del director. Estaba tan desesperado para que lo aceptaran en este círculo de amargados y ególatras, sólo para cumplir una de las mejores aventuras que un arqueólogo pudiera desear; hasta yo hubiese hecho lo mismo que él. Nadie es capaz de conminar al cacique de los arqueólogos, muchos menos un novato como él. Él sólo quería una oportunidad, y tomó una sabia y arriesgada decisión al enfrentarse al Director.

Suspiré para ver si se fijaba en mí por unos instantes. Nada. No logré captar su atención así que lo hice de nuevo. No hubo señal alguna. Lo admito, es difícil lidiar con alguien tímido como él, sobre todo si uno trata de buscar algún tema de conversación. Es entendible en cierta forma, teniendo un paisaje único, diferente a su país y al mío al cual estábamos acostumbrados, esto era realmente majestuoso y requería todo el tiempo necesario para analizarlo y grabarlo en la memoria.

―Es realmente hermoso ―comenté mientras retomaba mi partida de Sudoku. Cuadrado dos.

―Sí ―Fue la única palabra que cruzó la barrera de labios rosados.

Lo miré de nuevo, había cambiado su posición. Su cuerpo se encuentra apoyado en la pared, la cabeza inclinada en la ventana, brazos y manos entre sus piernas, demostrando una posición de relajo.

Sí, me recuerda mucho en mis primeros días. Sumergida en mi mundo de fantasía y magia del antiguo Egipto. Aquel mundo que se me iba destruyendo lentamente cada vez que conocía más de este espacio. Ver como la tecnología y la civilización se aprovechaba de este hermoso y desértico lugar, transformándolo en otra ciudad banal como las otras ciudades del mundo. Sin embargo, amé que hayan conservado estos monumentos gloriosos, brindándole a la ciudad un segundo mundo dentro de otro.

El Misterio de Smenjkara (FDLA #1) [EDITANDO] ©¡Lee esta historia GRATIS!