Capítulo 6

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                                                            6

            El coche con los cuatro hombres aparcó delante de la puerta del garaje de Natalia. Todo llevaba más de media hora apagado y no se observaba ningún movimiento en ninguna de las dos casas. En las de alrededor tampoco.

           Frank Bowell abrió su mochila y sacó dos cajitas negras. Le dio una a su compañero de asiento y otra a uno de los hombres que acababan de llegar.

            —Esto es una especie de granada incendiaria. Destroza y abrasa todo lo que se encuentra a diez metros a la redonda. Para armarla hay que meter el código 1-3-4-2 y luego se pulsa el botón azul. Está programado en sesenta segundos. Una vez disparado no hay vuelta atrás, recordadlo bien, así que no lo conectéis sin estar seguros de que os da tiempo a salir. Ah, y otra cosa, están conectadas la una con la otra por radio frecuencia. Cuando se activa una, la otra se pone en marcha con noventa segundos, lo cual representa treinta segundos más.

            Todos miraron las granadas y el pequeño codificador a base de switchs en una trampilla.

            —De acuerdo —dijo Don mirando de reojo la otra granada, pero como antiguo marine que era, no discutía órdenes, sólo obedecía.

            —Bueno, os recuerdo el plan. Tú, Don y yo entramos en casa de los Zenatti. Don, tú vas por la parte de detrás, tú Alberto, dijo hablando al guarda jurado, entras por la ventana de la cocina, parece que está abierta, y yo por la puerta principal.

            —¿Y cómo vais a entrar? —preguntó Alberto.

            —Con esto —Frank sacó de su chaqueta un pequeño aparato cilíndrico—, lo último en cerrajería. Treinta segundos para abrir una cerradura de seguridad complicada, cuatro para una cerradura normal.

            Alberto se quedó impresionado. No sabía quienes eran estos tíos, ni lo que querían hacer con la chica y su hermano. Pero pagaban bien, pero que muy bien.

            —Bueno —prosiguió Frank—, Walter irá a casa de la larguirucha. Cuando los localicéis, utilizad el spray. ¿Lo tenéis todos? —Todos se llevaron la mano al bolsillo y asintieron.—Recordad, es eficaz a menos de dos metros y es direccional. Dejad de respirar durante al menos quince segundos, si no corréis el riesgo de caer también. Si uno de ellos no duerme, o se despierta o se resiste, pensad que el efecto sorpresa es primordial. Os abalanzáis sobre él y pulsáis el spray sin respirar. El efecto es casi inmediato. A partir de ese momento disponéis de diez minutos de anestesia total. De todas maneras, debemos de estar de vuelta al coche en menos de quince minutos. Al salir dejáis una granada arriba en una habitación y la otra debajo del calentador-caldera de la cocina para que parezca un fallo del gas y tenga ocupada a la policía unos cuantos días, y sobre todo borramos las huellas que hayan podido quedar. Don y Walter se llevan los bultos en el asiento trasero, tú y yo volvemos a nuestro coche y los seguimos hasta la furgoneta. Si se espabilan les dais un poco de tratamiento spray, ¿OK?

            Todo el mundo asintió, y bajaron del coche. Alberto no quería quedar mal. No veía ni tres en un burro, así que el codificador se le antojaba pequeño y complicado. Mientras los demás salían del coche y se preparaban, se puso rápidamente las gafas, y con la punta de su boli puso el código en el artefacto. Así sólo tendría que pulsar el botón azul.

            —Alberto, ¿qué haces? —preguntó Frank un poco alterado.

            —Ya voy, ya voy. —Frank no le gustaba nada, era una persona fría con un toque de algo parecido a locura y cinismo, tal vez incluso sadismo. Estaba deseando que todo esto acabase para cobrar y desaparecer del mapa.

            Don y Walter saltaron la valla y se dirigieron a la parte de atrás por el borde de la casa mientras Alberto y Frank entraron como Pedro por su casa por la puertezuela delantera. No habían dado ni dos pasos cuando un montón de aspersores se dispararon con una fuerza tremenda y los dejaron empapados de los pies a la cabeza en pocos segundos.

            Mientras Frank se dirigía a la entrada de la casa sin parecer afectado por los chorros, Alberto se fue blasfemando entre dientes hacia la ventana de la cocina y empezó a trepar como buenamente podía con sus noventa y ocho kilos y su metro sesenta y siete. Juró que se pondría a régimen a partir del día siguiente. Por fin consiguió alzarse hasta el borde de la ventana. Puso la mano sobre la fría encimera y jadeando del esfuerzo metió medio cuerpo dentro.

            A partir de ahí todo fue muy rápido y confuso. Le vino de fuera el sonido de un grito ahogado. Quiso darse la vuelta para ver qué era, pero en este instante sonó un “plac” en el lado derecho de la cocina, hacia la puerta y todas las luces de stand by de los electrodomésticos se apagaron. Se volvió bruscamente hacia el interior de la cocina y su mano derecha mojada se resbaló sobre la encimera a la vez que algo se le venía encima. Cayó al suelo de la cocina con muy mala postura y sonó a hueso roto. Cuando consiguió recobrarse del pánico se dio cuenta de que una red, como las de pescar, le envolvía parte del cuerpo y que su hombro derecho estaba tocado. Las punzadas iban creciendo por momentos. Intentó moverse para liberarse, la red parecía pequeña, pero el dolor se lo impedía. Empezaba a sentirse verdaderamente mal, un sudor frío le empapaba el cuerpo, la frente, la cara…

            De pronto se oyó ruido en otra parte de la casa. Algo se había caído y se movía con furia. Pensó con razón que Don habría tropezado también con una red. Entonces empezó a llamar bajito.

            —¿Frank, Frank me oyes?

            Pero Frank no contestaba. No era normal, Frank debería de estar ya en la casa. Entonces intentó rodar sobre sí mismo para ver si se podía liberar suficientemente de la red y terminar de quitársela con la otra mano. Después de un gran esfuerzo y de mucho dolor se encontró boca abajo, con la cara contra el suelo medio sofocado por la red que ahora le apretaba el cuello. Se quedó así unos segundos para recuperarse y en este momento lo oyó. Era un bip, repetido, muy leve y venía de su izquierda, más precisamente del bolsillo izquierdo de su chaqueta. La sangre se le congeló en las venas. Al darse la vuelta con el peso de su cuerpo había pulsado el botón azul. Empezó a gritar, presa del pánico.

            —¡Frank, Don, Walter, sacadme de aquí!, ¡sacadme de aquí! ¡Frank!…

            La casa tenía eco, pero con traducción simultanea.

            —¡Frank, Walter, Help, help me!…

            Era Don, que intentaba librarse del diabólico invento que minutos antes le parecía tan bonito y divertido, pero que ahora se había puesto en marcha solo. El pánico le impedía pensar y librarse de la pequeña red bordeada de bolitas de plomo que le envolvía.

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