Capítulo 5

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            Zi se precipitó al salón y encendió las luces bajas y la televisión. Natalia que la había seguido asintió con la cabeza.

            —Así se supone que todavía estamos viendo la televisión o charlando. No se puede ver el interior de la casa desde la calle, pero sí se distinguen los cambios de luz de las imágenes de la televisión. Vamos a la cocina a organizarnos.

            Fueron a la cocina y se sentaron. Zi volvió a llenar las copas con el coñac de cocinar pero esta vez sólo hasta la mitad, tampoco era cuestión de emborracharse o de destrozarse el estómago.

            —¿Y bien? —empezó Natalia, antes de dar un sorbito de su vaso.

            —Creo que mejor será que te lo cuente todo, pero ahora no es el momento porque va para largo y tal vez sea mejor largarnos rápido de aquí. Conozco a los dos tíos que están fuera en el coche. Pero no veo qué hacen aquí, ni qué relación tienen con mi investigación personal.

            —¿Y de qué los conoces?

            —El del acento es un yankee de la embajada americana. Un tal Frank Bowell. Se le ha concedido un carné de investigador y lleva tres meses dando la lata en la Biblioteca Nacional.

            —¿Y el otro, al que le gustaría “meterle un viaje a la larguirucha”?

            —Es el nuevo guarda jurado de vigilancia de la entrada. El que está al lado de la máquina de rayos. Es un gordito asqueroso que está más pendiente del culo de las tías que de lo que pasa por la pantalla. Éste lleva sólo unas tres semanas allí y no tengo ni idea de cómo se llama.

            De pronto la bandeja de metal de la entrada empezó a vibrar cada vez más fuerte. Zi salió disparada de la cocina.

            —¡El móvil! —dijo al salir.

            Lo cogió y lo abrió para hablar mirando el nombre que aparecía en la pantalla.

            —Edgard. Qué oportuno. Tenemos un problema serio, y Abdel Aziz no ha vuelto.

            —Lo sé. Por eso te llamo. Me acaban de avisar. Tenéis que salir de allí ahora mismo, ya lo hemos hablado más de una vez. ¿Lo tienes todo preparado, verdad? —La voz grave con fuerte acento argentino era inconfundible.

            —Sí, claro —contestó Zi.

            —Entonces no pienses. Actúa. Coge a Guido, las maletas, y sal de allí cuanto antes. Sin que nadie te vea. Te llamaré en cuanto pueda, seguramente dentro de unos días. Ahora tengo que dejarte, a mí también me acosan. Buena suerte.

            Zi cerró el móvil, pensativa.

            —¿Cómo ha podido saber lo que pasa aquí estando en Buenos Aires? Como decían mis padres, éste tiene las manos muy largas.

            —¿Qué pasa? ¿Quién era?

            —Esto es otra historia muy larga. Resumiendo, se llama Edgard Rossi y es un amigo de carrera de mi padre. Es anticuario especializado en Historia Antigua y Egipcia del Imperio Antiguo. Está establecido en Argentina, en Buenos Aires. Me está ayudando en mi investigación desde que mis padres han desaparecido. De hecho ha sido él, el que me ha metido en esto. En casa lo hemos considerado siempre como alguien especial. Mis padres decían que si me hubiesen bautizado habría sido mi padrino. También decían que es una persona extremadamente paciente, inteligente y ambiciosa, que siempre consigue lo que se propone, aunque tenga que esperar mucho tiempo. Así que estamos en buenas manos.

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