Capítulo 3

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                                                            3

            Habían terminado de cenar hacía tiempo. La mesita del salón estaba abarrotada de restos de comida china.
            La película era entretenida pero Natalia estaba pensando en sus cosas. Contemplaba el espacio agradable del salón comedor. Las paredes pintadas de amarillo limón pálido, casi blanco. Los muebles de madera, claritos, el sofá verde pastel y la única butaca de orejas blanco crudo, dominio conquistado e intransferible de Lennon con su mantita favorita, roja pelotillosa. Las paredes con cuadros y reproducciones de pinturas importantes. Todo muy bonito y confortable, pero podría ser la casa de cualquiera. Una casa de desconocidos en una revista.
            Natalia se acababa de percatar: no había nada en toda la casa que recordase alguna vida pasada, algo que tuviese relación con una familia, algo de más de cuatro años. ¿Por qué? Sabía que los padres de Zi eran historiadores y arqueólogos y que la llamaron Zi porque su madre, Isabel, junto a su padre Massimo, llevó su embarazo durante una excavación en la orilla del río Zi, en la provincia china de Huan a pocos kilómetros de su desembocadura en el lago Donting.
            También sabía que sus padres habían desaparecido en Irak, cerca de Bagdad en 2004, en plena guerra. Pero nadie parecía saber qué hacían allí.
            Miró a Zi. Toda una belleza, con un cociente intelectual fuera de lo normal, igual que su hermano. Se notaba su ascendencia italiana y egipcia. Tenía la piel dorada todo el año, esas pieles aterciopeladas que apetece acariciar, ojos verde oscuro con largas pestañas, coronadas por unas cejas pobladas, aunque bien definidas, que le daban un aspecto salvaje, y una nariz recta, tal vez un poco larga, que definía perfectamente su carácter fuerte y temperamental. El pelo largo y brillante, le caía en bucles y tirabuzones hasta media espalda. Su cuerpo, menudo y nervioso, con todas las formas que una mujer pueda desear, parecía esculpido por un artista escrupuloso en respetar los arquetipos femeninos. Zi siempre iba vestida ligerita, no soportaba llevar capas de ropa, con lo cual era muy común que los hombres se quedasen mirándola más tiempo de lo normal. No se daba cuenta, ni se daba por aludida, era una actitud normal en ella, sin malicia. Y si en algún momento se podía entrever algo debajo de su vestido, qué más daba, ¿no la veían en bikini en la playa?
            Esta noche, mientras Zi acostaba a Guido, Natalia había subido al cuarto de baño, puesto que el de abajo estaba reservado al pulguero de Lennon, y al salir no había podido evitar oír a Guido hablar del mapamundi y las maletas. Ahora intentaba atar cabos. Desde hacía dos o tres días había un coche aparcado en la calle con dos personas a bordo. Había pensado que eran guardaespaldas del guardia civil o del concejal que vivía en la urbanización. Pero ahora tenía dudas. ¿Y si estaban allí por otra razón?
            —Natalia. ¿Qué te pasa? ¿Dónde estás?
            —¿Ya ha terminado?
            —No, es el intermedio.
            —Pues vamos a aprovechar para recoger todo.
            —¿Natalia, te pasa algo?
            —Nada déjalo, se me pasará.
            Recogieron todo en silencio. Natalia evitaba la mirada de Zi. Y cuando la situación ya se puso incómoda Zi la cogió por la mano, la sentó en una silla de la cocina, se sentó frente a ella, y mirándola a los ojos, dijo:
            —Natalia, hace ya cuatro años que nos conocemos. Sé que te pasa algo. Haz el favor de soltarlo ya.
            —Vale, no es nada que me incumba y no quiero meterme en tu vida, pero antes, cuando estabas con Guido en la habitación, subí al cuarto de baño y oí parte de vuestra conversación. Lo siento, no es que escuchara detrás de la puerta, sólo pasaba por allí.
            —Bueno, no pasa nada. No hay nada especial en que oigas lo que cuento a Guido.
            —Yo me refería a lo que Guido te decía a ti.
            —Pues no sé a qué te refieres, —dijo Zi intentando eludir el tema.
            —A lo de los mapamundis de la Biblioteca Nacional.
            —¡Ah!, a eso.
            —Sí, a eso.
            —Bueno, fantasías de niño, no hagas caso.
            —Mira Zi, tú me has preguntado. Te aprecio mucho, y os considero parte de mi familia, incluido Lennon. Así que si tú me dices que no pasa nada, pues no pasa nada. Pero entonces no me preguntes qué me pasa a mí. ¿Vale? Porque la verdad es que estoy un poco inquieta, tal vez me estoy volviendo un poco paranoica, y cuando veo gente rara sentada en un coche horas y horas vigilando nuestra calle…
            —¿Qué dices de gente rara en un coche vigilando nuestra calle? Yo no he visto nada —dijo Zi con voz alarmada.
            —Pues están al principio de la calle, donde las pistas de tenis.
            —¡Joder! No los he visto.
            —Pues llevan allí tres noches y dos días.
            —¿Los mismos?
            —No lo sé, No me he acercado a verles la cara. Además ya sabes que no soporto las lentillas y que las gafas de ver no me favorecen. Lo que sí sé, es que el coche es el mismo y que no se mueve del sitio en el que está aparcado. Y es una matrícula reciente. Yo pensaba que eran escoltas de algún político amenazado, como tenemos a un concejal aquí al lado... Además están en una posición estratégica, no se puede salir a la calle sin que lo vean.
            —¡Joder! —repitió Zi. Tenía aspecto medio cabreada, medio asustada.
            —¿Qué pasa Zi?
            —Nada.
            —Ahora me toca a mí. Acabas de soltar dos tacos seguidos. Si estás en un aprieto, dímelo. Piensa que no estás sola. Está Guido. Y Lennon, añadió con una sonrisa cariñosa.
            Zi le devolvió la sonrisa y se relajó un poco. Abdel Aziz no estaba aquí. No podía permitirse poner a Guido en peligro, y Natalia era cien por cien de fiar. De hecho ahora la había involucrado también a ella.
            —No sé si estoy en un lío. No tiene porqué. Lo del mapamundi fue el año pasado y nadie puede relacionarme. Si te cuento algo te hago cómplice. Cuanto menos sepas, mejor. Y no me parece honesto por mi parte comprometerte.
            —Eso lo tengo que decidir yo. Y siempre me han gustado las películas de ladrones de guante blanco.
            —Voy a echarle un ojo a ese coche. ¿Te vienes conmigo?
            —Vamos.

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