Capítulo 2

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            —¿Ya está? —preguntó Natalia.
            —Sí, tiene un examen mañana al llegar al cole.
            —No te preocupes, conociéndolo, seguro que lo tiene más que estudiado. Qué rollo lo del cuento de Alejandro. Debe de sabérselo de memoria, se lo cuentas todos los días, y encima por capítulos.
            —Sí, desde siempre. Papá empezó a contárselo cuando era pequeño. Era muy puntilloso con los detalles. Siempre igual, con las mismas palabras. Como si se tratase de una obra de teatro que Guido tuviese que saber de memoria. A mí me ponía de los nervios, pero a Guido le gusta. Es como un ritual. Y ahora que ya no están, es como tenerlos aquí con nosotros. Se lo sabe mejor que yo, y cuando me desvío una sola palabra, me corrige. —Estuvo callada un instante y cambió de tema—. Vamos a la cocina a ver qué encontramos para cenar.

            Natalia era la vecina del adosado. Dormían pared con pared, lo cual dejaba pocos secretos a sus respectivas vidas amorosas, que comentaban entre risas y burlas simpáticas. Era una chica alta y desgarbada, con un pelo pajizo en todos los sentidos de la palabra. Solía ir con unas mallas y una camiseta. Todo lo contrario de Zi, que era menuda, de estatura mediana, con una melena morena y brillante cuyos rizos le bajaban hasta media espalda, y que solía ir siempre con “falditas o vestiditos” llamados así por su amiga, debido el escaso metraje de tela utilizado en su confección. Las formas de las que carecía Natalia, Zi las tenía con creces y en su sitio.
            Habían hecho buenas migas nada más llegar al barrio. Natalia les dio la bienvenida con una pizza el mismo día en que se instalaron. Era una de estas separadas treintañera, sin hijos, que se comen la vida a grandes mordiscos. Justo lo que Zi, con sus veintiocho años, necesitaba en estos momentos: alegría y buen humor. Salían a bailar y a divertirse una o dos veces al mes cuando podía dejar a Guido a buen cuidado. El resto del tiempo, se veían varias veces a la semana en casa de Zi, lo que era más cómodo para el muchacho.
            Natalia era jefa del departamento de compras de una importante empresa de regalos promocionales, cuyo principal accionista era su padre. Con lo cual viajaba mucho al resto de Europa y a China, mientras que Zi tenía un puesto de poca importancia en la Biblioteca Nacional, que le dejaba mucha libertad.

            —¿Qué tal te va en la Biblioteca Nacional?
            —Bien. Como siempre. La rutina y el aburrimiento del trabajo bien hecho.
            —¿Tienes noticias de Abdel Aziz? Lleva casi un mes fuera, ¿no? A ver si vuelve pronto para que se pueda quedar con Guido y podamos salir de marcha.
            —La verdad es que me tiene un poco preocupada. No suele estar tanto tiempo fuera y menos sin dar noticias.

            Abdel Aziz era el mayordomo, hombre de confianza, amigo… en fin, resultaba difícil definir cuál era el papel que desempeñaba en la familia. Tendría unos cincuenta años, era cuidadoso, meticuloso y a la vez podía ser un verdadero bruto testarudo. Mediría un metro setenta y cinco más o menos, piel mate color aceituna, extremadamente delgado pero con una fuerza que nadie sospecharía, llevaba al pelo muy corto y una perilla. De nacionalidad egipcia, aunque alguna vez comentó que, en realidad, su familia era de origen persa. Llevaba con sus padres desde que ella tenía recuerdos. No era muy hablador pero cuidaba de la familia Zenatti como si de su vida dependiera. Sobre todo desde la desaparición de sus padres. Era como tener a un ángel de la guarda siempre presente. Incluso a veces resultaba pesado tener esa sombra pegada al cuerpo. Pero se llevaba muy bien con Guido, cuidaba del muchacho con veneración y con un cariño poco común, sin por ello pasarle sus caprichos por alto. Incluso le había confesado una vez al niño que su familia estaba al servicio de la suya desde hacía generaciones y generaciones. Era como una tradición. El primogénito varón de su familia se llamaba siempre Abdel Aziz y pasaba al servicio de la familia cuando el que estaba en funciones ya no podía asumir el puesto. Cuando Guido se lo contó a Zi, ésta sonrió viendo cómo el muchacho se había tomado al pie de la letra otro de los relatos del Egipcio. Últimamente se ausentaba con más frecuencia, pero nunca más de unos días, a lo sumo una semana. A Zi le preocupaba que llevara tanto tiempo fuera. Se sentía como desprotegida.

            Se oyó un estruendo en la entrada seguido de un ladrido. Las dos chicas se asomaron al unísono a la puerta de la cocina justo a tiempo para ver cómo Lennon se abría camino desde su trampilla de entrada, a través de unas cajas de cartón con cacharros de plástico y la bolsa de la basura.
            —Lennon, lo siento, se me olvidó dejar tu trampilla libre. Ven aquí golfo, ¿dónde te habías metido?
            Zi se agachó para acoger al perrito que venía trotando hacia ella con la lengua fuera y los ojos chispeando de alegría traviesa. Era un “siete leches”, como decía Zi, una mezcla de madre Jack Russel y padre desconocido, blanco con manchas marrones colocadas como por un estilista. Una de ellas alrededor del ojo izquierdo que le daba un aire de golfo pendenciero. Tenía barbita y pelitos en la cola pero dominaban los genes de la madre.
            Cuando se lo ofrecieron a Guido, hacía ya cuatro años, y lo tuvo que elegir de una camada de cinco, no hubo dudas por parte de ninguno de los dos. El cachorro vino directamente a ver a Guido, éste lo cogió en brazos y se lo llevó diciendo: “te llamaré Lennon”.

            Lennon se deshizo de las caricias de su ama y se dirigió directamente a su cazuela. Se quedó parado admirando la profundidad de su vacío y emitió un ladrido mirando fijamente a Zi, ladeando la cabeza.
            —A éste sólo le falta hablar, —dijo Natalia.
            —Sólo me faltaba esto. Bastante tengo ya con uno que habla en casa. Y tú, golfo, ¿crees que puedes desaparecer tres días y luego venir exigiendo?
            Lennon se sentó en su trasero moviendo rápidamente su pequeña cola que batía el suelo con sonido rítmico y sordo, mientras enseñaba los dientes como sonriendo, y emitía un gemido agudo y quejumbroso.
            Zi suspiró, se dirigió a uno de los armarios de la cocina, al lado del frigorífico, lo abrió bajo la atenta mirada de Lennon cuyo rabo atacaba ya el redoble final, sacó una caja de comida para perro y volcó un puñado en la cazuela. Lennon emitió un suspiro de placer y empezó a devorar lo que le habían puesto, olvidándose del resto de la humanidad.
            —Seguro que lleva tres días sin comer.
            —Eso parece. Bueno, a ver qué comemos nosotras, —dijo Zi abriendo el frigorífico.
            —¡Qué tonta soy! —exclamó Natalia—, si he comprado rollitos de primavera, arroz, fideos chinos, y pato Pekín en el chino del centro comercial al venir esta tarde. Mañana después del trabajo me voy de fin de semana con Eduardo al Parador[1] de Aiguablava, en Girona, y no pensaba cocinar. Ya tengo hecha hasta la maleta.
            —¡Tú sí que no pierdes el tiempo! ¿Eduardo el del club de vela de este verano?
            —Sí.
            —Pero, ¿no estaba casado con la rubia esa del pelo corto que no lo dejaba solo ni un segundo? ¿La que nos ponía malas caras cuando nos tocaba en su embarcación y nos reíamos con él?
            —Me ha llamado el lunes diciéndome que su mujer tiene que irse con los niños unos días al pueblo porque su padre tiene que vender unas tierras y necesitan su firma.
            —Ya me contarás cómo se lo monta, —le dijo Zi con malicia.
            Las dos juntas eran un terremoto, no paraban de reírse, siempre había un motivo para estar alegres y disfrutar de las situaciones. No pasaban desapercibidas, atraían por su sensualidad y su naturalidad, sobre todo al género masculino. Pero bajo este aspecto exterior frívolo, había dos mujeres con una inteligencia más que probada.

            —Bueno, voy a buscar la cena a casa. Saca los palillos y la cerveza china que estoy de vuelta en dos minutos.
            —Yo no tengo cerveza china.
            —Pues saca un vinito.
            —Eso sí.
            Natalia salió riéndose y dando un portazo, seguida por Lennon que se apuntaba a todas, sin haberse olvidado antes de dar al botón verde que inhabilitaba la célula de los aspersores de Guido, el tiempo suficiente para llegar a la calle.
            Tres minutos después llamaba a la puerta del jardín y se quedó esperando en la calle a que Zi abriese la puerta de la casa y apretase el botón verde, ya que ella no tenía la llave del pulsador de fuera. Esto era ya cosa habitual. Incluso los vecinos lo sabían. El único que no tenía problemas era Lennon, porque Guido había puesto la célula por encima de su altura, cola incluida. El sistema quedaba inhabilitado hasta que se cerrase de nuevo la puerta de la casa, momento en el cual se producía el rearme del mecanismo, en sesenta segundos.
            —He puesto la mesa en el salón, ¿te parece?, así podremos ver una película.
            —¡Vale!, pongo la comida a calentar en el microondas.

[1] Paradores de España. Cadena hostelera española.

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