Capítulo 1

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Oeste de la Comunidad de Madrid, España.

Últimos días de junio 2008, 5 horas antes.

"Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, un príncipe muy especial. Cuenta la leyenda que allá por el año 357 a.C., un Faraón egipcio llamado Nectanebo visitó la corte de su padre, Filipo II Rey de Macedonia. Era un mago con muchos poderes, que sedujo en secreto a Olimpia, Princesa de Epiro y esposa del Rey. Luego resultó que en realidad el Faraón mago no era otro que el Dios de los dioses, que los egipcios llamaban Amón-Ra, los griegos Zeus y los sumerios Marduk.

El príncipe nació, y la reina le llamó Alejandro. Tenía la particularidad de poseer ojos de diferente color, uno pardo y el otro gris verde. La diferencia de color se veía poco, sólo cuando mostraba cambios de humor. -¡Igualito que tú! -Pasaron los años, Alejandro recibió una educación principesca en manos de su preceptor, el gran filósofo Aristóteles. Asesinaron a su padre cuando él tenía sólo veinte años y le nombraron rey. Entonces cogió su flamante caballo y se lanzó a la conquista del mundo."

-Zi, "su flamante caballo, Bu-cé-fa-lo" -dijo el niño insistiendo en las sílabas-. No vale saltarse partes del cuento para acabar antes.

Zi hizo una mueca. Su hermano Guido se sabía el cuento palabra por palabra desde pequeño. Lo podía recitar como si se tratase de una obra de teatro. La miraba con su carita risueña dulcemente enmarcada por una mata de bucles castaños y rebeldes, que apuntaban en todas direcciones. Estaba tumbado en su cama, último recinto de paz, en medio de una habitación de preadolescente, en la que parecían haberse librado los últimos combates de una revolución interestelar...

La habitación tendría unos diez metros cuadrados, con una sola ventana que daba a la parte de atrás, al trocito de jardín, y más allá a las partes comunes, con la piscina y lo que quedaba de las pistas de tenis. A la derecha de la cama estaba la mesilla de noche, donde descansaba un artefacto galáctico: un despertador desguazado del que salía un amasijo de cables conectado a las tripas de una vieja radio descuartizada. Más allá, la mesa de estudio, revuelta, con el ordenador portátil rodeado de más artilugios; una videoconsola incomprensiblemente impecable, y todos los accesorios requeridos para hacer feliz a un joven inventor. El suelo de parquet, con su alfombra de pelos despeluchada, desaparecía bajo los montones de ropa y de libros técnicos más propios de otra edad. A la izquierda el armario y las repisas sobre las que se supone que debería de estar todo guardado.

Zi suspiró con desesperación. Ni ella, ni Teresa la asistenta, se atrevían ya a entrar en este antro para poner orden.

-Zi, ¿me has oído?

-Oye enano, bastante es que te lo cuente, ¿no crees?

-Tienes razón. Bueno, seguimos mañana con la parte del tesoro de los persas, hoy tengo que dormirme pronto, tengo examen de mates a primera hora.

-¿Te lo sabes bien? No me ha dado tiempo a repasar contigo.

-No te preocupes. De todas maneras es mejor que no me ayudes, porque las mates y tú no hacéis buena pareja que se diga.

-Vale, tampoco hace falta refrotármelo. Lo que quería decir, es que últimamente no he tenido mucho tiempo para ti y estás pasando demasiado tiempo delante de la pantalla de tu ordenador.

-¡Ya! Le dedicas más tiempo a tus viejos mapas y a tus investigaciones. Y no es un reproche, sé que es importante y secreto.

-¿No le habrás contado nada a nadie de lo que estoy haciendo, verdad?

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