Prólogo

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            La primera explosión sacudió el silencio de la noche cuando salían del descampado y se metían por el camino de tierra, a unos quinientos metros detrás de la urbanización.

            —¡Guido, te has pasado! ¿Qué has hecho?

            Zi había parado el coche, Natalia y ella miraban al niño con una expresión extraña.

            —Nada, te lo juro. Sólo he puesto mis redes.

            —¿Y lo de la corriente en la puerta?

            —Como mucho un calambrazo fuerte. El diferencial es de treinta miliamperios, como obliga la ley. Esto corta la corriente enseguida y no hay riesgo mayor que un buen susto.

            Una segunda explosión los volvió a sorprender haciendo temblar la noche.

            —¡Joder! ¿Qué está pasando?, larguémonos de aquí, —dijo Zi. Metió una marcha, y el coche se alejó por el camino de tierra a velocidad prudente y sin otras luces que la luna, hasta que llegaron a la carretera principal.

            El Audi salió del camino y se incorporó al asfalto. Zi puso las luces. Todo el mundo estaba en silencio. El reloj digital del salpicadero indicaba ya las dos y cuarto de la madrugada. A la derecha de la carretera, se podía percibir a lo lejos la luminosidad de un incendio. Las llamas debían de tener varios metros de altura para que se viesen a esa distancia.

            De pronto, al salir de una curva, se cruzaron con tres coches de policía y dos camiones de bomberos con las sirenas a todo meter, que se dirigían al lugar del siniestro. 

            —Han tardado poco en avisar —observó Zi. 

            Nadie contestó. 

            Las últimas horas habían sido bastante intensas. Quién se podía imaginar esa misma tarde que todo iba a desquiciarse de esta manera

          ¿Querían ir a por ellos?, ¡pues bien!, no se lo iban a poner fácil.

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