Road to Málaga

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Alberto se sentó en la parte trasera del autobús que lo llevaría a su ciudad natal, Málaga. La noche anterior había sido agotadora. Estaba cansado pero sabía que en cuanto comenzara el acto debía mostrar esa vitalidad que la gente esperaba de él.

A las doce había comenzado el acto de la noche anterior y cualquiera entendería que estuviera agotado como estaba. Sin embargo, lo que no habían grabado las cámaras era lo que más preocupaba al político. La mayor preocupación de Alberto tenía nombre y apellidos.

Tenía novia, una vida lo suficientemente estructurada como para querer encerrar sus sentimientos hasta que estos se enfriaran.

Alberto negó con la cabeza. No podía siquiera pensar que tenía "sentimientos" hacia Íñigo Errejón.

El joven siempre le había parecido atractivo e inteligente pero no se podía permitir a sí mismo más que eso. Antes de la campaña no había tenido mucho contacto con él más que en algunos eventos, coincidiendo aquí y allí o cuando organizó la mesa "a cuatro", por ejemplo. Habían tenido un par de debates también y siempre le había sorprendido su capacidad dialéctica a pesar de esa cara de niño.

Pero Alberto Garzón, el diputado más joven en el Congreso de los diputados, no podía precisamente juzgar a Íñigo por su apariencia. Alberto sonrió al recordar el día en que Pablo le dijo que era mayor que él, solo por dos años, pero jamás lo habría imaginado.

El problema era como reaccionaba su cuerpo ante la presencia de Íñigo. Le sudaban las manos, las palabras se trababan en su boca, sus pupilas se dilataban. Cuando la noche anterior había pasado por su lado, agarrándose a su cintura, su corazón se había saltado un latido. Por un simple roce. Alberto sabía que se estaba volviendo loco por ese chico pero simplemente no podía admitirlo. Además, a Alberto no le gustaban los hombres... nunca le habían gustado, no podía ser entonces, precisamente entonces, que estaba en su mejor momento con Anna, que empezase a sentirse atraído por uno. Pero las manos de Íñigo eran tan suaves y lo habían tocado con tanta delicadeza...

-Siento llegar tarde -dijo una voz junto a él, sacándolo de su ensoñación.

Y ahí estaba el objeto de sus mayores preocupaciones. Íñigo, ajeno a todos los sentimientos, a todos los pensamientos de Alberto, se sentó junto a él y lo saludó con una sonrisa. Alberto le dedicó una de sus sonrisas resplandecientes.

-Hola. Perdona, estaba distraído.

Íñigo sonrió sacando unas gafas de sol de su mochila y empezó a limpiarlas.

-Se te ve cansado. ¿Has dormido mal? ¿Nervioso por empezar la campaña?

Alberto sonrió negando con la cabeza.

-No estoy nervioso pero es verdad que no he descansado demasiado esta noche.

Íñigo se encogió de hombros.

-Bueno, siempre podemos dormir ahora; tenemos un viaje largo hasta Málaga.

Su compañero asintió, sonriendo nuevamente. "Dudo que vaya a poderme dormir" pensó.

En contra de lo que pensaba, Alberto se durmió a los diez minutos de viaje. El agotamiento había podido con él y se había rendido a los brazos de Morfeo. Estaba apoyado sobre el cristal del autobús hasta que este pilló una curva, cuando su cabeza se movió hacia el lado y se apoyó sobre el hombro de Íñigo.

Este se sobresaltó pues, absorto en su lectura como estaba (un libro de Gramsci), a penas se había dado cuenta de que el malagueño ya no estaba despierto. Íñigo miró a Alberto sonriendo, parecía un niño pequeño que no podía soportar los viajes en coche sin dormirse. Mientras lo miraba atentamente, Alberto se removió en sueños.

-Iñi...

El aludido sonrió más aún, pensando que el otro se estaba despertando.

-Sí, tranquilo, aún queda mucho viaje; sigue durmiendo.

Alberto se relamió los labios y se arrebujó sobre el hombro de Íñigo, sin ser consciente de lo que hacía.

-Como quieras -murmuró. Íñigo lo miró extrañado y divertido a partes iguales; "¿como quieras?" pensó con una sonrisa. El chico podría haberlo apartado de sí pero lo vio tan a gusto y tranquilo que fue incapaz de sacárselo de encima. De alguna forma, tuvo la sensación de que aunque hubiera estado despierto, no le habría pedido que se moviera.

A algún despistado rincón de su mente se le ocurrió que podría darle un beso en la frente y, seguramente, Garzón ni siquiera se enteraría. Íñigo se riñó mentalmente y se mordió el labio, preocupado por semejante ocurrencia. No podía ser que le estuviera pasando otra vez. Se había prometido a sí mismo que no volvería a enamorarse de un hombre cuando Pablo le había roto el corazón.

Él nunca lo había sabido porque Íñigo había sido incapaz de decírselo. Simplemente, no podía arruinar su amistad, trabajada durante años por las dudas del joven. A Pablo no le gustaban los hombres... o eso creía Íñigo.

Por otra parte, el chico no estaba en el mejor momento como para dejarse llevar por sus emociones o impulsos; hacía solo un mes que lo había dejado con Rita y no se lo había dicho a nadie más que a Pablo.

Íñigo frunció el ceño cuando sus dedos, ansiosos por introducirse en el pelo de su compañero, empezaron a cosquillear y decidió que si seguía mirándolo no iba a acabar haciendo nada sano por lo que volvió a su libro que, nuevamente, lo atrapó.

Alberto soñaba plácidamente sin saberlo, sin recordar dónde estaba ni con quién. En el mundo de los sueños, Garzón se hallaba en su cama. Estaba tendido y completamente vestido sobre esta, Íñigo junto a él, apoyado sobre un codo y mirándolo intensamente, riendo por algo que había dicho Alberto y este no recordaba. Paró de reír al momento y miró los labios de Alberto, mordiéndose los suyos propios. Alberto sonrió, haciendo el mismo gesto que el otro y dándose cuenta del repentino cambio de atmósfera.

Íñigo inclinó la cabeza y sus labios rozaron suavemente los de Alberto, que cerró los ojos sin moverse para disfrutar del contacto leve pero firme.

-Iñi... -Murmuró Alberto contra sus labios sin ser consciente de que, lejos de allí, en un autobús, lo susurraba igualmente. Alberto quería advertirle "no podemos hacer esto" o "si se enterase la prensa" o bien "piensa en Rita y en Anna" pero cuando Íñigo le pidió que le besara, Alberto arqueó la espalda para cumplir el deseo de su amado. Alzó las manos temblorosas y las colocó sobre su nuca, entrelazando los dedos tras el cuello del más mayor. La temperatura aumentaba notablemente en la habitación y los besos, al principio tímidos y suaves, daban paso a unos más atrevidos, fogosos, cargados de lascivia.

-Vamos a... -Dijo Íñigo rompiendo el beso y sacándose su camiseta, sentado a horcajadas sobre Alberto como estaba.

-Como quieras -dijo Alberto llevando sus manos hacia el cinturón de Íñigo mientras este recorría su torso con las manos y las uñas bajo la camiseta.

Cuando el autobús surcó un bache especialmente violento, fue cuando Alberto despertó de su profundo sueño. Parpadeó tres veces antes de despertarse por completo y preguntarse dónde estaba. Pero, cuando lo averiguó, pegó un salto hacia atrás sobre el asiento al percatarse de lo que había pasado: había tenido un sueño erótico con Íñigo mientras dormía sobre su hombro.

Si el más mayor vio extraña la reacción de su compañero, desde luego, no lo demostró.

-Buenos días -sonrió dejando a un lado su libro, una vez más.

Alberto le dirigió una sonrisa nerviosa que pretendía ser una sonrisa de saludo simplemente.

-¿Cuánto he dormido? -Preguntó Alberto.

-Como un par de horas. Te hubiera despertado para preparar el acto pero parecías muy a gusto.

-Lo estaba.


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Holiiis! Todos y todas sabéis quién soy pero quiero dedicar este fanfic a todo el fandom. Nunca antes de estos me había atrevido a escribir historias y publicarlas en wattpad pero con vuestro cariño es más fácil <33.

Y en especial, quiero dedicársela a Leire, (shipper_p en twitter) que me ha dejado la maravillosa portada. Gracias a todas y besis de fresis para todo el mundo

Garzíñigo on the road¡Lee esta historia GRATIS!