—Te he dado tiempo de sobra para huir —dijo él, acercándose—. Sin embargo, sigues aquí.

«Salta por la ventana», grito mi Tigresa. «No estás preparada para enfrentarte a un Tigre tan poderoso».

«Pensaba que una auténtica Tigresa nunca rechazaba una pelea».

«¿Es que no sabes nada? Cuando están en celo, evita a los machos. ¡Corre!».

Si estar con él no fuera tan agradable. Si no tuviera las manos tan cálidas, tan Hermosas. ¿Trabajaría él mismo en los aviones? Imaginármelo vestido de mecánico, con grasa en los brazos y el rostro… Dios.

—¿Cuáles son las flores favoritas de tu madre? —pregunté, en un último y desesperado intento de impedir lo que iba a ocurrir. No tenía fuerza de voluntad para echar a correr. Las palabras eran mi única esperanza—. Puede que ponga pétalos en el suelo y las mesas. Perfumarían el ambiente.

—Utiliza orquídeas —su voz era un susurro ronco, grave y seductor—. Por fin he descubierto a qué hueles. A orquídeas y madreselva.

Me sentía drogada. Seducida. «Bésame» suplicaron mis ojos, aunque les ordené que no lo hicieran.

—Cada vez que estoy cerca de ti, me ahogo en tu perfume —masculló él—. Ya te lo había dicho, ¿no?

«Lámeme».

****.

—¿Te he dicho lo sexy que son tus labios? No puedo dejar de mirarlos. Los quiero en mi cuerpo.

«Muérdeme».

Al diablo con todo.

El rozó mi mejilla con la nariz. Mordisqueó suavemente. «Oh, sí. Justo… así».

Suspiré, derritiéndome. La lujuria me quemó, ardiente y salvaje. Mi cuerpo ganó la batalla a mi mente. Quería que Harry volviera a besarme.

Sabía cómo me afectaba y protegería mis sentimientos. Sí. Podía dejar que me besara otra vez.

Así me lo sacaría del sistema y saldría de allí siendo una mujer más fuerte, una Tigresa, mejor preparada para resistirme a él. ¿Correcto? Sí, correcto.

En el fondo, había esperado ese momento desde que entré al despacho, sin tener en cuenta las consecuencias. Él me atraía y tentaba.

—Aún no has huido —dijo él con voz suave.

Sus manos subieron por mis brazos y bajaron por mi espalda, hasta asentarse en mi cintura. Me dejé caer contra él, pecho contra pecho.

Su aliento me acarició la mejilla hasta que por fin su boca se posó en la mía. Sacó la lengua, lamiendo, probando, tentándome con mordisquitos y caricias, pero no era bastante. Necesitaba pasión pura y dura.

Le mordí el labio inferior; subí las manos por su espalda hasta agarrar su cabeza y obligarlo a bajarla más. Él comprendió y ladeó la boca sobre la mía, penetrándola con la lengua, con tanta fuerza como yo deseaba. Ronroneé y lo besé con anhelo. Mi lengua batalló con la suya, retirándose y volviendo una y otra vez. Su sabor a café me intoxicaba.

El ataque de Harry continuó hasta que me sentí mareada por falta de aire. Mis pezones eran pequeños bultos duros y el corazón me martilleaba en el pecho, errático e innegablemente acelerado.

Apartó la boca de la mía. Gruñí mi decepción. Aún no había acabado con él. Ese era el último beso que iba a permitir entre nosotros y, por Dios, iba a durar mucho, mucho rato. Apreté las manos en su cuerpo, aferrándolo, inmovilizándolo.

—¿Ves? —jadeó él—. Somos buenos juntos —entre cada palabra, besó mi mejilla, mi mandíbula y mi cuello—. Muy buenos.

—No —tuve que negar sus palabras. Por principios—. Somos un asco juntos.

—Que mentirosilla eres —rió él. Me dio otro beso devastador—. Te deseo, Miranda.

Sus palabras me marearon aún más que sus besos.

—Olvidemos al resto del mundo y vayamos a mi casa. Solos tú y yo.

—¿Y tu reunión?

—La cancelaré.

—Yo… —mi mente estaba envuelta en tal niebla de seducción que no podía contestar.

Con movimientos rígidos, Harry me apartó y vi en la profundidad de sus ojos un sentimiento que no pude descifrar. Esperó. Simplemente esperó. No haría más, no volvería a tocarme hasta que no capitulara.

Abrí la boca pero no pude decir nada. ¿Por qué no podía decir sí? ¿Por qué no podía decir no?

Él siguió mirándome. Sabía exactamente qué conseguía con su silencio. Me daba tiempo a imaginar las cosas que podríamos estar haciéndonos el uno al otro. Desnudarnos. Acariciarnos, saborearnos. Estremecernos en el paraíso.

Un escalofrío recorrió mi columna y tuve que luchar contra el deseo de agarrar su barbilla y volver a atraerlo para otro beso. «Será mejor que te vayas ahora… ya estas demasiado cerca del abismo».

—Necesito ir a casa —susurré por fin—. A mi casa. Sola.

—Señor Styles, Donovan está aquí —se oyó por el intercomunicador. Harry fue a la mesa y pulso un botón.

—Necesito unos minutos más —soltó el botón—. Me deseas. Veo el deseo en tus ojos.

—¿Y?

—¿Y? —repitió él, incrédulo. Volvió a acercarse—. ¿Y quieres rechazar eso? ¿Simular que no hay nada entre nosotros? No lo permitiré —con un movimiento rápido volvió a capturarme entre sus brazos.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!