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—Quédate quieta o te va a doler más.

—Pero me duele mucho... no creo que pueda doler más de lo que estoy sintiendo ahorita.

Con el labio tembloroso, Lilly hizo para atrás la cabeza e intento pensar en lo que fuera, preguntándose por qué demonios la enfermera no se daba prisa y la curaba más rápido.

Cada que pasaba la gasa con agua oxigenada sobre su rodilla, la chica sentía que la piel en esa zona estaba a nada de un incendio.

—Ya casi estas. Nada más déjame te pongo una bandita en esa herida y te puedes ir.

Al principio Lilly no le puso mucha atención a sus palabras, pero cuando su cerebro proceso la información se reclinó a una velocidad impresionante y, tomando el dobladillo de la falda se tapó la herida.

—No, gracias. Así estoy bien señorita Sánchez.

— ¿Cómo que bien? Si no te cubro, ese raspón se te puede infectar.

—De verdad. Estoy bien así.

—Claro que no. Haber dime, ¿Por qué razón no quieres que te ponga una bandita? —, la mujer se cruzó de brazos y espero por la respuesta de la muchacha. Esta llegó con el volumen del vuelo de una mosca.

—Es que... Tengo que mantener mi reputación. No puedo aparecerme con una cosa pegada en la pierna; me voy a ver horrible.

La señorita no pudo evitar la carcajada que salió de su boca. Sin perder tiempo, tomó la bandita de su escritorio y se la puso a Lilly.

—Lo siento por tu reputación, pero no puedo dejar que andes por la escuela así. Es mi última palabra.



—Demonios, ¿No podía haberme puesto una gasa más pequeña? Esta cosa cubre casi toda mi rodilla—, la joven se pasó una mano por esta, rascando el material con ganas—. Además, esta cosa hace que me pique la piel... Este día ha sido de lo más out; solo espero que ya se haya cumplido mi cuota de accidentes.

Sin prestar atención a los demás compañeros, la chica se sentó en una de las jardineras de la escuela y desenvolvió el sándwich que se había ido a comprar a la cooperativa. Apenas y tenía tiempo para comer, antes de que comenzara la siguiente clase.

Matemáticas.

Con solo pensar en esa simple palabra, su corazón se aceleraba y las manos iniciaban una temblorosa danza. Si había una materia en la que nunca había sido buena, esa era Matemáticas.

Los profesores siempre intentaban ayudarla, ya fuera con asesorías o trabajos extra, pero ella parecía haber nacido con un repelente a prueba de números. Lógico, como nada se le quedaba en la cabeza ellos terminaban por desistir a sus intentos de ayudarla, y casi siempre se veía en la necesidad de presentar trabajos o exámenes extraordinarios.

—Mugrosos jueves. Los odio.

Lilly le dio una buena mordida a su comida y sacó su celular. Se había quedado en una parte interesante del libro que estaba leyendo, y a falta de compañía, todo lo que se le ocurrió hacer fue retomar la lectura.

Ya estaba abriendo el archivo para adentrarse una vez más a las aventuras de los protagonistas, cuando una ronca voz la sacó de sus intensiones.

—¿Cómo está tu pierna? ¿Te sigue doliendo?

Lilly no esperaba hablar tan pronto con Antonio, pero al ver que este había tomado la iniciativa se quitó el complejo de culpa que sentía cada vez que lo veía y le respondió con una gran sonrisa.

—Ya está mejor, gracias—, la muchacha paseo los ojos por el chico, descubriendo aquel grueso tomo con imágenes que, sin que se lo propusiera, llamo su atención por completo e hizo que olvidara por unos momentos su fachada de perfección y seriedad.

—¡No inventes! ¿Es el libro especial de La torre oscura? ¿El que tiene un montón de ilustraciones?

Sorprendido, el muchacho asintió al tiempo que le tendía en libro para que lo pudiera ver con mayor detenimiento. Lilly no se espero y lo abrió con los ojos como canicas. Había escuchado de aquel extraño tomo del que, sabía, solo habían unos cuantos.

Pasó los dedos por una de las páginas en donde se mostraba a Roland con pistola en mano y, con una media sonrisa, agregó.

—Nunca creí que podría ver uno de estos en persona. Son casi una leyenda urbana.

—Lo sé. Me costó un ojo de la cara, pero mientras más lo leo más me doy cuenta de que valió la pena.

Lilly le dedicó una amplia sonrisa al muchacho y lanzó un suspiro, devolviéndole el tomo.

—Bueno, te agradezco que me dejaras ver el libro. La verdad, no esperaba que me dejaras ojearlo.

—¿Por qué? Solo es un libro, y los libros debemos leerlos... Si no, ¿para que los compramos?

La jovencita asintió sin dejar de ver a su acompañante.

Iba a decirle algo, pero una tercera voz se dejo escuchar cerca de ellos, baja pero lo suficientemente clara como para que la oyeran.

—Antonio, vamos al salón de dibujo técnico, ¿Vienes?

El chico asintió a su amiga y, con una ceja en alto, le hizo una seña a Lilly para que fuera con él. De inmediato, la muchacha alzó las palmas y negó, diciendo.

—No te preocupes. Estoy bien aquí, además, yo no he comido y no creo que me dejen entrar al salón con el sándwich en la bocota—, a lo último, la chica le dio una gran mordida a su comida y sonrió a medias.

El chico parecía estar dispuesto a insistir en el tema, cuando la primera campanada desde la dirección les anuncio que faltaban cinco minutos para que terminara el receso.

Aquello fue suficiente para que la amiga de Antonio lo tomara de la mano y lo arrastrara al salón casi corriendo; dejando a Lilly con una mueca falsa en la cara, y una extraña sensación de soledad en sus hombros.


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