Aunque lo hubiera intentado, no podía siquiera moverme de la cama.

—Parece que está estable. No te preocupes, se pondrá bien. Déjala descansar un poco más y luego volvemos.

Las voces cesaron y poco a poco me fui dejando llevar, hasta perder de nuevo la conciencia.

* * *

Me encontré en un lugar extraño. Estaba en un campo carmesí. Un campo de amapolas. Frente a este había una gran montaña, tan alta que no lograba ver la cima, pues estaba escondida detrás de la capa de nubes doradas por el atardecer del sol. A pesar de estar en el exterior, sentía como si estuviera atrapada en una habitación. Miré a mi alrededor y más allá del campo de amapolas estaba rodeada por un campo de trigo dorado. No se veía nada más que trigo por todas partes. Me dirigí a la montaña con la intención de ver desde más arriba, pues el trigo me dificultaba la visión y no podía encontrar ningún camino. Estaba completamente perdida.

Mientras andaba, miré detrás de mí, cómo quedaba un surco tras mis pasos. Continué caminando y llegué a la montaña. Era bastante empinada, así que sólo pude subir unas cuantas piedras, desde donde podría ver más allá.

No había nada. Sólo una enorme mancha roja rodeada por el cereal dorado.

Miré hacia la parte alta de la montaña y vi a Dareh, que me animaba a seguir subiendo. Yo estaba cansada. No podía seguir subiendo.

¡¡Vamos, ven!!— decía—. ¡Desde arriba verás el camino!

¿Desde arriba?

Mis ganas de saber qué hacer fueron más fuertes que mi cansancio, y traté de seguir subiendo, pero no podía. Miré hacia atrás y June me tenía sujeta por los pies.

No me dejes, Ada. No quiero quedarme sola. Quédate abajo conmigo.

Pero desde abajo nunca podré ver el camino.

No importa, mientras estés conmigo— dijo suplicante.

¡Ada, vamos!— Dareh insistió—. Tienes que venir conmigo.

Yo quería seguir a Dareh, pero June no me lo permitía. Tendí la mano a Dareh para que me ayudase a subir, y él extendió la suya. Cuando estaba a punto de rozar sus dedos, sentí que algo tiraba de mí hacia abajo, acompañado de un terrible dolor.

Volví a mirar a June, pero ésta había desaparecido, dando paso a la bestia de ojos amarillos, que me sujetaba con sus grandes garras, clavándome sus uñas negras y puntiagudas, como las de un tigre, provocándome un dolor insoportable. Si aquello era un sueño ¿Cómo podía doler tanto sin llegar a despertarme?

Tiré de mis piernas, para escapar, pero cada vez que intentaba moverlas, aquellas uñas se clavaban más en mi piel. No podía soportarlo.

Saca fuerzas, Ada— susurró Dareh. Estaba lejos, pero podía oír su voz como si estuviese a mi lado—. Tú puedes hacerlo. Olvida el dolor y escapa...

Su voz me reconfortó y tomé fuerzas de donde no había. Me sacudí de aquel monstruo. Lo golpeé con una piedra, lo pateé con la pierna que tenía libre y tiré con todas mis fuerzas. Grité a causa del dolor, pero lo estaba consiguiendo. No podía parar.

Vamos, Ada... tú puedes....

Me levanté sobresaltada, como si hubiera estado durmiendo. Estaba acostada en una camilla del ya familiar hospital, en una habitación similar a la que había albergado anteriormente a June.

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