Capítulo 2: Las plumas del ganso morado

16 1 0



Capítulo 2:

Las plumas del ganso morado

Era una tibia mañana de abril cuando divisé tierra firme, y concluí que debía tratarse de la isla sobre la cual habían estado hablando la noche anterior los marineros del Holandés Arraigado. A pesar de lo poco fiable de la información que me proporcionaron (me pareció que estaban algo borrachos), no iba a perderme la oportunidad de comprobar si era cierto que en aquel lugar había un tesoro custodiado, no por un monstruo de ocho cabezas, sino por un niño. ¡Un niño!

Tengo que decir que pocas veces viví, en mis largos años como pirata, algo tan ridículo como lo que les voy a contar ahora.

Eché el ancla y subí al bote para ir hacia la orilla. Ni bien pisé la arena, el silencio que dominaba el lugar me llamó bastante la atención: no se oían voces de humanos ni de animales ni cantos de pájaros. Ni siquiera el viento o las olas producían algún sonido. Nada. Era como si me hubieran metido dentro de una bolsa y cerrado al vacío. O como si me estuvieran tapando los oídos con una almohada. Quizás podría analizar un poco más el porqué de ese efecto tan extraño, pero no quiero perderme ahora en mi relato: les estaba contando que empecé a caminar y que sabía que tenía que ir hacia el centro de la isla, porque allí era el lugar en el que supuestamente se encontraba el tesoro.

Durante el recorrido no logré divisar ningún ser vivo, excepto los del reino vegetal. ¡Qué cantidad de flores había! Lo que más me llamó la atención fue que crecían en la tierra de los colores ordenados como en un arco iris: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta, y otra vez rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta, y así seguí diciendo en voz alta (es un decir, claro, porque recuerden que no me salía la voz) los colores que se repetían y repetían hasta que de pronto llegué a una cabaña de madera, con lianas que hacían las veces de una puerta. Al no encontrar un timbre o una campana, la única opción para hacer saber de mi llegada era golpeando mis palmas. Pero obviamente no iba a hacerlo por dos razones: la primera, porque sería en vano al estar bajo el "efecto invernadero de silencio", por llamarlo de algún modo; segundo, y más importante, porque yo era un pirata que iba a robar un tesoro... y lo más lógico sería que llegara de improviso, ¿no creen?

Y así fue que entré. Sigilosamente. Y vi a un niño leyendo un libro que me pareció que trataba sobre una ballena. Lo supongo porque había un dibujo de una en la tapa.

–Buenos días –me dijo, y misteriosamente mis oídos volvieron a sentir las vibraciones del sonido–. Bienvenido al Cabo de los Sueños. Yo soy el Pequeño Sam, ¿y usted quién es?

–Soy el Pi... el Capitán Willy Zapata, de La Granadina y vengo de ... –dudé un instante hasta que recordé cuál era la bandera que había izado después de descolgar la negra con la calavera blanca– vengo de Trinidad y Tobago... para comerciar... eh... eh... garbanzos.

–¡Pero qué magnífica coincidencia! –exclamó el Pequeño Sam, que no hablaba como un niño de su edad sino como un hombre hecho y derecho– ¡Parece mentira! Justamente esta mañana en la Asamblea se trató el tema de la falta de garbanzos y la imperiosa necesidad de conseguir un proveedor.

Sin embargo fui yo quien se vio en la imperiosa necesidad pero de cambiar abruptamente de tema, porque la verdad es que no tenía la más mínima idea sobre garbanzos y se daría cuenta que estaba actuando a ser un comerciante. Además, no nos olvidemos, yo había ido a buscar un tesoro y no lo veía por ningún lado. Pero justo cuando estaba pensando en eso (o sea, "vine a buscar un tesoro y no lo encuentro"), sentí en mis ojos una luz que me encandiló: un rayo del sol se coló por la ventana y se estrelló en el candado de un cofre. Ahí me di cuenta de que no había estado prestando la debida atención, porque el cofre estaba ubicado a simple vista, debajo de aquel niño que seguía hablando sin parar sobre especies de legumbres.

El pirata Willy Zapata¡Lee esta historia GRATIS!