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―¿Qué tal tu día en la escuela? ―preguntó el chico con amabilidad.

Una niña de ojos claros y melena dorada iba tomada de la mano de su hermano mientras sonreía y escuchaba atentamente los sonidos de su alrededor. Ambos se dirigían hacia su casa, donde desafortunadamente podría estar esperándolos su padre.

―Tuve que ir con la directora por encajarle un lápiz a un niño en la mano. No fue tan profundo, sólo un poco...

―¿Qué fue lo que pasó? ―preguntó intrigado.

―Comenzó a burlarse por... mi problema ―respondió entre dientes lo último.

El mayor se detuvo, se arrodillo junto a su hermana y la agarró de sus pequeños y blanquecinos brazos sin dejar de mirarla, deseando que ella pudiera verlo. Liv era su todo, la amaba, era el único ser humano por quien sentía verdadero cariño y no deseos de asesinar.

De pronto, la niña sintió la mirada de su hermano en ella y comenzó a tratar de ubicar sus ojos tentando su rostro.

―No debes sentirte mal por eso —dijo finalmente tratando de sonar firme. Cada vez que estaba cerca de Livvy no podía dejar de sentirse fatal por su problema, y más aún porque ya no podía ser curada. Ella estaría siempre así, a oscuras.

―¿Por hacerle daño? Claro que no. Pero a veces... a veces quisiera...

―Liv ―la interrumpió con cariño cuando se dio cuenta que su hermana lloraría en cualquier momento―. Se burlan de ti porque ellos no pueden ver en la forma en que tú lo haces. ¿Sabes? Andre Chikatilo dijo una vez: "¡No me vuelen el cerebro! Los japoneses lo quieren comprar", antes de ser ejecutado. Estaba loco, sí, pero creía que era bastante inteligente como para que su cerebro fuera desperdiciado. Deberías también querer ese don.

―Es que... Siempre está oscuro, Adam. No importa si es de día. Nada de eso es bonito.

―Lo sé, pero créeme, las noches son más hermosas. Si me dieran a elegir si el mundo fuera de día o de noche por la eternidad, sin dudarlo mi respuesta sería la oscura y hermosa noche.

―¿En serio?

―Sí, Livvy. Ahora, lleguemos a casa para prepararte algo de comer. Y no llores, las personas no deben verte débil. Mejor sonríe, te ves más hermosa. Además a papá no le agradará verte así.

Adam limpió sus lágrimas con su pulgar, y a pesar de que ella no pudiera verlo, le sonrió para tranquilizarla. La niña asintió y rodeó a su hermano en un pequeño y acogedor abrazo. Nuevamente se tomaron de las manos y juntos siguieron su camino.

Minutos después se detuvieron bruscamente al escuchar unos gritos de ira que provenían de la casa de enfrente por la que estaban pasando.

―¡¿CON QUE ESTO ES LO HACES?! ¡¿ESCRIBIR ESTAS RIDICULECES?! ¡ESTÁS ENFERMA, REACHELL, EN-FER-MA! ¡TE TENDRÉ QUE LLEVAR CON UN MALDITO PSICÓLOGO!

Después de aquel grito que era, al parecer, de un hombre, se escuchó un fuerte portazo provocando que las ventanas vibraran un poco.

Antes de que su hermana le preguntara qué pasaba, Adam retomó su camino apresurándose por alejarse de ahí sin emitir algún comentario sobre lo sucedido. No quería que Liv le tomara tanta importancia a lo que había escuchado, pero fue demasiado tarde ya que en ése instante salió un hombre alto y canoso, vestido de traje, con el rostro enrojecido y una pequeña libreta en las manos.

Por un momento cruzaron miradas, el adulto les hizo una mueca de molestia mientras se acercaba al bote de basura que había justo enfrente.

—¿Necesitas algo, niño? —espetó tirando la libreta con brusquedad y sacando un encendedor.

El tono de voz le pareció irritante en cuanto lo escuchó, y Adam tuvo que controlar horrorosamente sus sentimientos.

Sin darse cuenta apretó sus manos con demasiada fuerza para calmarse, no se percató de ello hasta que Liv soltó un quejido de dolor. De inmediato el chico la soltó.

Su vista estaba fija en él lanzándole una mirada despreciativa como si el motivo no hubiese sido sólo por gritarle, sino por algo más. Tal vez por la forma tan arrogante con la que se acercó, como si fuera superior a todos... incluyéndolo a él. Y nadie era superior a él.

—Vámonos —dijo con rabia, no quería que su hermana viera el lado que difícilmente le había ocultado. Aquel lado del que no se sentía orgulloso por las terribles recuerdos que cada noche torturaban su mente y... alma.

Adam le echó una última mirada pero éste tenía puesta su atención en el bote de basura que ya estaba incendiándose.

Caminaron hasta alejarse unos metros de ahí, pero antes de llegar a su casa Liv se detuvo.

—¿Por qué gritaba? —preguntó con inocencia.

Adam dio un suspiro y clavó sus ojos en ella. Nunca le había agradado el hecho de que su hermana preguntara todo sobre todo, sabía que a esa edad los niños deseaban saber el "por qué" de miles de cosas. Aunque por ella, trataba de darle respuesta a todos los "por qué", ya que él nunca tuvo a nadie que se los diera.

—Estaba enojado.

—¿Cómo papá cuando lo interrumpimos?

—Sí, Liv.

—¿Él hace lo mismo que papá? ¿También golpea?

—Eso no lo sé, pero a ti no te ha vuelto a golpear, ¿cierto?

—No, Adam. Pero...

—Olvídalo. No es nuestro problema —interrumpió retomando el camino.

La niña no volvió a responder por el tono cortante y brusco con el que éste le respondió. Aun así, la duda siguió dando vueltas en su cabeza al mismo tiempo que inventaba sus propias respuestas.

Adam odiaba llegar a su hogar, ya que eso implicaba esforzarse por no clavarle un cuchillo en la garganta a su padre.

Y no es que no lo haya intentado, pero la primera y última vez que lo hizo su hermana lo escuchó diciéndole una última amenaza a su padre desde debajo de la mesa, donde por accidente movió la silla y Adam se percató de su presencia. Fue entonces cuando ella dijo apenas en una audible voz: «Necesito a un padre para tener una familia»

Lo que Livvy no sabía es que en su hogar su única familia era Adam.

Para suerte de ambos (más aún de Adam), su padre no estaba. Al menos, eso lo tranquilizaba un poco.

Él no lograba tranquilizarse del todo tomando una taza de té o contando hasta diez, más bien él tenía un modo más peculiar: Recordar frases de asesinos.

Harold Shipman, pensó, "yo puedo curar o puedo matar. Soy un médico y en mis manos está el poder de la vida y la muerte. No soy un instrumento de Dios; cuando estoy con un paciente, yo soy Dios. Soy un ser superior". 

AdamDonde viven las historias. Descúbrelo ahora