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—Gracias —acepté la hoja y recordé que yo también tenía una para él. Con la manolibre, revolví en el maletín y la saqué—. Ésta es mi lista de locales, tal y como prometí. Puede que algunas de nuestras opciones coincidan —eché un vistazo a la suya y dejé escapar un gemido de asombro.

—¿Una cabaña en Colorado? —lo miré con los ojos como platos—. ¿Un complejo hotelero en Maine? ¿Una casa en Connecticut? Pero yo sólo trabajo en la zona de Dallas.

—Mi madre solo cumplirá los cuarenta una vez, y quiero celebrarlo bien —dijo él con aire inocente.

—Seguro que podemos encontrar un sitio aquí. ¿Qué me dices de tu casa? ¿O la de Anne? —pregunté con cierta desesperación.

—Consideraré lo de mi casa si los sitios que sugiero no sirven. Tenemos que comprobarlo cuanto antes.

—Bien, de acuerdo. Haré unas cuantas llamadas, buscaré en Internet, y…

—No, yo creo en el toque personal. Los visitaremos. Empezando por la cabaña en Colorado.

—¿Y cómo piensas que vayamos hasta allí? —«no digas que volaremos. No digas que volaremos».

—Te llevaré volando, por supuesto.

—Por supuesto —mis dedos aferraron el brazo de la silla. Me puse pálida—. ¿Y en qué piensas que volemos? —«no digas en avión. No digas en avión».

—En un Cessna Turbo 210 —contesto él con orgullo—. Es el Ferrari de los aviones pequeños.

—Qué… encantador —tuve que tragarme la bilis.

Revulsión. Pánico. Horror. Me asaltaron las tres cosas. Odiaba los aviones con pasión. Desde siempre.

—¿Hay algún problema, Miranda? —preguntó él, captando mi alarma.

Un grito de miedo se atravesó en mi garganta, pero de alguna manera conseguí silenciarlo.

—¿No puedes conformarte con alguno de los hoteles que he sugerido? —dije con voz débil, temblorosa.

—No pongas esa cara de miedo —me apretó el hombro con una mano fuerte, cálida y cargada de ternura—. Hace años que tengo licencia de piloto. Te llevaré y traeré de vuelta con toda seguridad.

—¿Por qué no visitas la cabaña solo? Puedes sacar fotos, y quizá medir las dimensiones. Revisaré tus notas y te haré saber si funcionaria.

No añadí que tendría que estar muerta para dar el visto bueno a cualquiera de los lugares que había en su lista. Solo aprobaría un local en Dallas.

—No —fue detrás del escritorio y se sentó, sus ojos mostraban un brillo satisfecho. Parecía tan tranquilo y relajado como un hombre que acabara de hacer el amor vigorosamente. Destrozar y mi seguridad debía resultarle orgásmico—. Tienes que venir conmigo, cariño. ¿Y si me olvidara de algo?

—Te haré una lista de lo que tienes que hacer —me enderecé esperanzada—. Así no olvidarás nada.

—No hace falta una lista. No cuando te tengo a ti.

—Entiendo.

—No, no lo entiendes, pero no voy a explicártelo ahora.

—¿Estás dispuesto a arriesgar mi vida sólo para que vea una *beep* cabaña?

—Sí. Saldremos el sábado. A las seis en punto. Espero que estés preparada.

—¿Cuánto tiempo estaremos fuera? —pregunté. Los Triples C deberían pudrirse en el infierno.

—Una noche —sonrió, y su sonrisa rezumó sensualidad—. Dos si insistes.

Una noche.

Con Harry.

En una cabaña.

Me estremecí. Si sobrevivía al accidente de avión que estaba por llegar, no sería capaz de resistirme a él. Intentaría besarme, a juzgar por el brillo travieso de sus ojos; yo le ofrecería mis labios sobre una cama de seda, a juzgar por lo que ya empezaba a sentir entre las piernas; luego nos arrancaríamos la ropa y nos haríamos todo tipo de cosas guarras el uno al otro. Seguro que era capaz de llevar unas cadenas para atarme a la pared y poner en práctica sus extraños juegos.

¿Qué mujer podía negarse a eso?

—¿Por qué sigues estando pálida? ¿Vas a vomitar?

Inspiré profundamente y solté el aire despacio. Necesitaba encontrar mi centro de calma, mi prado de felicidad. No, necesitaba a mi Tigresa interior. ¿Dónde diablos estaba? La situación podría resolverse con unos arañazos, rugidos y gritos. ¿Estaría echándose la siesta, la muy zorra?

—Necesitaré mi propia habitación en la cabaña.

—Por supuesto —se frotó la mandíbula—. Pero eso no es lo que te tiene preocupada. Nunca te he visto tan pálida. Además de tener miedo de lo que te hago sentir, ¿no tendrás miedo de volar?

—No tengo miedo de nada —mi cuerpo se tensó.

—Vale, tienes miedo de volar —encogió los hombros—, ¿Por qué?

—No tengo miedo —insistí—. Pero volar es para pájaros, ángeles y drogadictos.

—Nunca permitiría que te ocurriera nada. Si pensara que es peligroso, no dejaría que pusieras un pie en un avión. Son más seguros que los coches, cielo.

—Preferiría conducir.

—No. Voy a demostrarte lo seguros que son los aviones.

«Imbécil».

—Antes de que lo olvide, aquí tienes los nombres y direcciones de los invitados, como pediste —me entregó un montón de papeles.

«Cincuenta a doscientos invitados» se habían convertido en trescientos setenta y cinco.

—¿Realmente quieres llevar a tantas personas a otro estado? —alcé la lista como si fuera una prueba de la defensa—. Necesitas replantearte el viaje.

—No, no lo necesito, y sí, trasladaré a esas personas a otro estado, si quiero —dijo, silenciando mi protesta—. No quiero oír más al respecto. Te recogeré a las seis y estarás preparada como una niña buena. Ya he programado el vuelo en tu agenda electrónica.

Rabiosa, guardé la *beep* lista en mi maletín.

—Mi tarifa se incrementa cada vez que subo a un avión. ¿Había olvidado mencionarlo?

—Sí —sus labios se curvaron con una sonrisa torcida—. Pero no es problema.

—¿Hay algo que sea un problema para ti? —gruñó.

—De hecho, sí. No cumplir mis órdenes es un problema grave.

Típico de un Triple C.

Moví la cabeza exasperada y saqué un libro del maletín. Tenía que cambiar de tema antes de vomitar.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!