Capítulo XXII

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Mi padre, Miguel Javier Vela


Isabel Acuña, madre de Fernando


Abrí los ojos y estaba en el suelo.

Esos dos muchachos y mi bebé me hablaban, mi Fer me tocaba la frente. Después el muchacho más alto, el del tatuaje, me levantó en brazos y me llevó a mi cama.

Me dejaron un rato a solas, para descansar. Yo me sentía aturdida, no sólo el buen golpe que me di en la cabeza, sino todo. ¡Jamás pensé que mi niño estuviera en peligro! Imaginaba que había encontrado un hombre bueno que lo había ayudado a salir de esa enfermiza obsesión que ha tenido por años, con alguien que no lo mereció nunca.

Mi hijo... ¡Sí! ¡Ya sé que soy su madre y que solo en él veo cualidades magnificadas! Sí. Así vemos las madres a nuestros pequeños. Incluso cuando ya son hombres.

Pensé que ese hombre moreno era mi nuevo yerno. La manera como se miran. Esas cosas no pasan desapercibidas ni para una mujer ni para una madre.
"¡Vaya que sería un cambio!" Pensé.

No sabes lo mucho que mi Fer hizo para ajustarse al "tal" Josué. Mi niño siempre fue mucho más sencillo y por causa de ese otro muchacho, hijo de ricos, Fernando comenzó a portarse más pretencioso. No de corazón, mi hijo es noble. Pero si de actitudes. Comenzó a usar cosas caras y a hablar más... Elegante.

Educación tiene. Yo lo crie para que fuera un hombre de bien, pero todo ese "popof", esos modos de clase alta, pues no se los pude dar.

¡Cristo Bendito! ¡Jamás pensé que todo volvería! ¡Qué nos encontrarían! Cuando Miguel, mi esposo murió en ese accidente tan misterioso, yo tomé a mi hijo y nos fuimos, dejando todo atrás. Dejamos familia y amigos. Dejamos la casa de mis padres que está abandonada en Martínez de la Torre. No quise saber nada más.

¡Pero nos encontraron!

Después de un rato, trajeron a Jessi, es una muchachita vecina nuestra de toda la vida que es enfermera. ¡Afortunadamente estaba! Me revisó los ojos y me tomó la presión y ahí le dijo muchas cosas a Fer. Que si me mareaba o vomitaba o hablaba raro me llevarán al médico y que no me dejara dormir. ¡Que dormir ni que ocho cuartos! ¡Con el problema que teníamos encima!

La buena de Jessi se fue. Fernando se quedó a mi lado y pues... Estaba esperando algunas explicaciones que no esperaba tener que darle jamás.

— ¿Cómo te sientes mamá? —me preguntó, muy atento. Una como madre, cuando echa para delante a un hijo a solas, sin pareja, siempre tiene una relación más cercana. Es más íntimo. Veo como otras mujeres con sus esposos y sus hijos, no logran comprenderlos de la misma manera. Al final de todo, sus hijos se van y a veces ni les hacen caso a sus viejos y mi Fer no. ¡Siempre ha sido muy atento!

—Estoy bien, mijito. La pastilla ya me está haciendo efecto.

— ¡No te puedes dormir y ni lo intentes que te haré cosas innombrables!

— ¡Ay! ¿Qué cosas terribles?

—Cosquillas en los pies. Conseguiré un ratón y te lo pondré en tu panza.

— ¡Chamaco travieso! ¡Me muero del susto! ¡Como cuando eras chiquito y jugabas en mi cama con esa cosa!

—No era cosa, era mi ratón blanco y tú lo mataste. De todos modos, si te sientes mejor y como no te puedes dormir en al menos dos horas, más vale que comiences a hablar—. Cambio su sonrisa a una mucho menos alegre cuando me dijo eso. Se puso serio. Ya es un hombre. Hace muchos años que me lo recuerdo a menudo— Quiero saber de dónde conoces a Heeka.

Ba ' Wa¡Lee esta historia GRATIS!