Hay una cualidad que no has mencionado, que te elimina del concurso.

—¿Y cuál es? —cruzó los brazos sobre el pecho y la chaqueta se tensó sobre sus bíceps.

—Tienes pene —dije, removiéndome en la silla.

Sólo decir esa palabra ante él me ponía a cien.

—¿Pene? Nena, eso es algo que deberías agradecer.

Típica respuesta masculina.

—¿Ésa es tu manera de deshacerte de mí? —preguntó, rascándose la mejilla con dos dedos.

—No intento deshacerme de ti para irme con Louis, si es lo que insinúas. Si me sintiera atraída por él, podría haberle pedido que saliera conmigo hace meses, en la recepción de boda de su hermana —aunque no recordaba haberlo visto—. Tú también asististe a esa fiesta, por cierto.

Su expresión pasó de irritada a cautelosa.

—No te preocupes si no recuerdas haberme visto allí —«bastardo»—. Estabas ocupado ayudando a tu… —«****»—, acompañante a volver a meter el relleno en su sujetador.

Él se atragantó al oír eso.

—Te recuerdo —dijo, cuando dejó de toser.

—No hace falta que simules. No me importa que no lo hagas —insistí yo, sorprendida.

—¡Ja! Aprende a mentir mejor. Se te da fatal. Te recuerdo, ¿vale?

—Demuéstralo —lo reté yo, mirándolo fijamente.

—Muy bien —su expresión se oscureció—. Tenías los ojos más tristes que he visto nunca y ojeras. No hacías más que mirar la puerta, como si estuvieras deseando escapar. Llevabas un vestido verde claro que caía justo por debajo de las rodillas y el pelo recogido como hoy. Pasaste más de una hora comprobando que los niños se divertían y te aseguraste de que todas las mujeres tuvieran pareja de baile. Todas menos tu.

Me quedé boquiabierta y posiblemente mi corazón se saltó un latido. Sí se acordaba. Era surrealista, casi más de lo que podía asimilar. Y tan maravilloso que me costó recuperar el aliento.

—Casi me acerqué a ti ese día —dijo con suavidad.

Abrí los ojos de par en par.

—¿Querías hablarme de… la fiesta de tu madre?

—Por favor —cruzó las piernas por los tobillos, pero el brillo de sus ojos era todo menos sereno—. Quería hablar contigo para oír tu voz. Incluso di un paso hacia ti, pero me viste y huiste.

—No huí —protesté yo.

—Sí lo hiciste —soltó una risa profunda y sonora—. He rememorado la escena mil veces.

Esas palabras me sonaron familiares. Ya me las había dicho antes, cuando me besó… también había imaginado mis labios mil veces. Tragué saliva.

La conversación estaba alterando mi equilibrio. Si hubiera estado de pie, me habría derrumbado en el suelo.

Si no tenía cuidado, le ofrecería a ese hombre mi vida, corazón y alma en bandeja de plata, con servicio de habitaciones veinticuatro horas, siete días a la semana. Él y sus confesiones eran un peligro.

—¿Tenías miedo de mi? —preguntó—. ¿Por eso saliste corriendo?

—Ya te he dicho que no huí.

—Lo que tú digas —canturreó él, dejando claro que no creía una palabra.

Di una patada en el suelo, utilizando la frustración y la ira para distanciarme. «Richard el Bastardo también fue dulce al principio, decía todas las cosas correctas. No olvides eso».

—¿Quieres ahora esa bebida? —Harry esbozó una sonrisa lenta y prepotente.

—Es obvio que sufres un grave problema cerebral, porque tu memoria no funciona. No huí de ti.

—Miranda Jones, con miedo de mí. Entonces. Y ahora —pensativo, se dio un golpecito en la barbilla con el dedo—. Me pregunto por qué. ¿Atracción intensa? ¿Deseo incontrolable?

Si él supiera cuánta razón tenía. Claro que había huido de él esa noche. Lo admito. Al verlo caminar hacia mí, todo lo que había creído muerto gracias a Richard el Bastardo, volvió a la vida de repente. Atracción, sí. Deseo, sin duda. Con más intensidad que nunca en mi vida. Se me había secado la boca y mis piernas habían empezado a temblar.

Había huido. Tan rápido como pude.

Entonces no había sido capaz de manejarlo. Diablos, a duras penas conseguía hacerlo ahora. Pero no quería que me considerara una cobarde, así que nunca, nunca admitiría que había escapado. Quería que me viera como una mujer fuerte que afrontaba los retos.

Algún día, esa descripción tal vez sería verdad.

—Bueno, ¿por qué querías verme hoy? —«bien hecho. Vuelve al tema profesional».

Él alzó la barbilla, aceptando el abrupto cambio de tema. Se dio media vuelta y agarro un pequeño objeto cuadrado. Me lo dio.

—Toma. Esto es tuyo.

—¿Qué es? —lo miré, confusa.

—Un PDA de última tecnología. Podré llamarte y enviarte correos electrónicos. Además, me he tomado la libertad de programar nuestras citas, y esto te enviara recordatorios periódicos —sus ojos brillaron—. No volverás a olvidar una reunión.

—Qué… amable de tu parte —sin echarle otro vistazo, guardé el *beep* objeto en mi maletín, donde seguramente pasaría varios meses—. ¿Es eso lo único que tenemos que tratar hoy?

—No —Harry rebuscó en su mesa y alzo una hoja solitaria. Me pregunté si podría mirar de reojo algunas de sus solicitudes porno. No sabía bien por qué quería verlas… , bueno sí, para incinerarlas con la mirada. Me incliné hacia un lado… casi podía ver…

—Esto —dijo él, volviéndose y mostrándome la hoja—, es una lista de posibles locales para la fiesta.

Me enderecé rápidamente e intenté parecer inocente. No había podido ver ni una foto, maldición.

Él sonrió y se pasó la mano por la mandíbula.

No pude evitar ver que estaba perfectamente afeitado.

—Sé cuánto te gustan las listas —dijo.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!