La chica de Jalisco

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Recuerdo perfectamente que era una calurosa noche de febrero. Yo iba con mi moto, de pueblo en pueblo, visitando los lugares más emblemáticos de todo México, con la única compañía que ella me daba: mi Vespa. De mi cuello colgaba una pequeña cámara de fotos, no era gran cosa, pero había gastado todos mis ahorros en ella y cada noche, como aquella, buscaba un lugar donde descansar hasta la mañana siguiente.

Había viajado desde Sinaloa y ahora tocaba hacer una parada en Jalisco. Pasé por unas calles sin iluminación hasta llegar al edificio cuyo cartel había llamado mi atención: Posada del Mar. Entré a la Posada del Mar y busqué con la mirada a alguien que me ayudara, pero la sala estaba vacía.

Acogedora, con una luz tenue que venía de unas lámparas situadas a los lados de un sofá granate. Olía a comida recién hecha, como a sopa, me abrió el apetito. Entonces, detrás de una cortina apareció una mujer de unos treinta años, con vestido de flores hasta las rodillas, piel tostada y melena negra hasta la cintura. Iba descalza, cargaba una caja de cartón que parecía pesar demasiado y mi primer instinto fue ir a ayudarla antes de que aquella caja cayera al suelo.

Sus ojos se clavaron en los míos, ella todavía no me había visto. Creo que la asusté, pero en seguida sonrió y yo le devolví la sonrisa. Dejamos la caja sobre una mesa llena de papeles y cosas importantes, supuse. Entonces le dije mi nombre:

—Soy David, venía a buscar un lugar donde dormir.

—Lo siento mucho, David. Ahora mismo no hay habitaciones disponibles.

—¿En serio? Es que he viajado mucho y estoy cansado... ¿dónde podría encontrar otra posada?

—Bueno, somos la única posada de todo el pueblo, pero en la ciudad hay hoteles muy baratos, seguro que allí encuentra algo.

—De aquí a Guadalajara hay muchos kilómetros y ya es de noche, ¿en serio no hay nada?

—Bueno, en realidad en mi casa —señaló al techo con su dedo índice— hay una habitación libre que era de mi hermano.

—¿Me dejarías quedarme en tu casa?

—Es lo mínimo que puedo hacer —sonrió y mostró sus dientes blancos y perfectos—. Por cierto, me llamo Aymar.

—Me gusta tu nombre —yo también sonreí, aunque debí parecer idiota porque enseguida apartó la mirada.

Subimos a su casa, los muebles eran antiguos, el papel de las paredes era de flores y la televisión tendría unos treinta años. En seguida noté que todo eso había sido heredado, y que, o ganaba poco con la posada o lo invertía en otra cosa que, a leguas, se veía que no era la decoración. Aún así, el aire antiguo de la casa me transmitió paz y me trasladó a la casa sureña que tenía mi abuela en California.

No recuerdo el nombre del hermano de Aymar, solo sé que estaba cumpliendo el servicio militar en la Ciudad de México. Bueno, eso y que le gustaba tanto AC/DC como para llenar las estanterías de discos suyos.

Dejé mi maleta sobre la cama y me asomé por la ventana para comprobar que mi Vespa seguía allí. Luego fui al baño y me di una ducha. La disfruté, necesitaba el agua caliente corriendo por mi piel para quitarme el cansancio. Salí del baño con una toalla atada a la cadera, y al salir, me encontré con Aymar saliendo de su habitación.

Ella miró al suelo avergonzada y yo me quedé quieto, sin saber qué hacer. Entonces ella volvió a mirarme, a los ojos.

—¿Tienes hambre? Iba a preparar la cena y un poco de sopa que sobró de la cocina de la posada.

—Sí, gracias —sonreí y entré en la habitación para vestirme.

Normalmente duermo en ropa interior, pero esta vez usé unos pantalones de chándal y una camiseta de manga corta que no debía de oler tan bien como me hubiese gustado.

Nos sentamos a la mesa y devoramos la comida con ansiedad. Yo comía deprisa porque tenía hambre, ella, seguramente, porque así tendría una excusa para no hablar conmigo.

La situación era tensa, lo noté desde que salí del baño, algo había pasado por la mente de Aymar que la hacía estar así conmigo. Pensé que se había arrepentido de invitarme e intentando ser amable, me levanté de la mesa y recogí mi plato. Mientras lo llevaba al fregadero, o como ella lo llamaba, el escurreplatos, la escuché levantarse de la mesa. Entonces me giré y me la encontré de frente con su plato vacío entre las manos. Lo cogí, me giré y lo dejé sobre el mío. Pero cuando volví a girarme ella seguía ahí, mirándome con aquellos ojos negros y vivos.

No supe qué hacer, de nuevo me sentía idiota delante de ella, como un inútil, o algo parecido. Me sentía cohibido y eso era raro en mí tratándose de una mujer tan bella. En otras ocasiones, y con otras muchas mujeres, he sido el hombre más tierno y cariñoso del mundo. Podría decirse que, desde los diecinueve años, soy un mujeriego sin cura ni solución. Pero Aymar me dejaba anulado, mi mente estaba en blanco y mi cuerpo no respondía a las órdenes de mi cerebro. Quería besarla, hacerla mía y sentirla bajo mi piel, pero no me atrevía. De nuevo, estaba paralizado.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada. Solo me fijaba en tus ojos. ¿Llevas lentillas? —lo preguntó mientras se subía a la encimera de la cocina y apoyaba su espalda en la ventana que tenía detrás.

—Sí, necesito gafas desde los veinticinco. Resulta que estar delante del ordenador tantas horas, daña la vista. Así que uso lentillas para que no me moleste el casco.

—¿Qué casco?

—El de mi moto. Está fuera, es una Vespa azul.

—Pues creo que antes vi a unos chicos robando una Vespa azul por la ventana... 

Me asusté y miré por la ventana que estaba justo detrás de ella.

—Era broma, lo siento —dijo riéndose.

Efectivamente, mi moto seguía en su sitio y ella seguía riendo. Me contagió la risa y aproveché que estábamos tan cerca para oler su pelo. Olía a flores, probablemente se hubiera duchado hacía poco, porque aún olía a champú y su piel a perfume.

Entonces Aymar cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia mí. Mi nariz rozaba la suya y estábamos a unos centímetros de distancia. El miedo y la inseguridad volvieron con más ganas y se apoderaron de mí, pero Aymar no se apartó. Abrió los ojos, sonrió sin despegar los labios, puso su mano en mi mejilla y me besó. Un pequeño beso en los labios, tierno y dulce, como ella. No me aparté, mojé mis labios y esta vez fui yo quien la besó. Ella seguía sentada en la encimera de la cocina, así que me abrazó con las piernas y yo la agarré por la cintura.

En un segundo estaba sin camiseta, ella recorría mi espalda con sus manos mientras seguía besándome y disfrutaba con mi lengua o jugaba con mi pelo. Yo comencé a meter la mano entre su piel y su vestido, llegando hasta su cadera y perdiéndome en la suavidad de su piel.

Con la mano que me quedaba libre, la agarré fuertemente y la apreté contra mi cuerpo para levantarla de la encimera y llevarla hasta su habitación. Sin dejar de besarnos, abrí la puerta y la tumbé sobre la cama. La única luz era la que entraba por la puerta y que venía desde el pasillo. Suficiente para verle la cara mientras le quitaba el vestido.

Esa noche nos amamos hasta la madrugada, saboreé su piel, olí de cerca su perfume, conocí los lugares secretos de su cuerpo y sacié mi apetito en él. Ambos disfrutamos aquella noche del cuerpo desconocido del otro, ambos acabamos extasiados y, abrazados, dormimos toda la noche.

Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, me levanté de la cama intentando no moverme demasiado para no despertarla. Recogí mis cosas, entre ellas, mi cámara de fotos. Entonces volví a la habitación donde dormía Aymar, le saqué una foto y salí de allí.

Me subí a la Vespa y nunca más volví a Jalisco. Nunca más supe de aquella increíble mujer a la que amé con pasión y locura una noche de un 14 de febrero de un año ya muy lejano. A mi chica de Jalisco.


FIN

La chica de JaliscoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora