Una tigresa es una depredadora y por definición una depredadora hace presa y destruye, alimentándose de otros para ostentar su fuerza. No te limites a dar un mordisco a tu oponente. Devóralo entero.

La tarde siguiente fui a Catering Cenicienta.

Clara estaba tras el mostrador, fresca y bonita como un ramo de flores, comentando con una clienta los canapés adecuados para una fiesta de aniversario.

Le hice un gesto indicando que esperaría. Ella asintió y me sentó en el sofá. Miré por la ventana y vi a la gente pasar. Eran sobre todo ejecutivos, mujeres y alguna pareja de la mano. Mi corazón no se encogió de celos, ni imagine a Harry dándome la mano.

Unos minutos después, Clara se reunió conmigo.

—¿No se suponía que hoy comías con Don Fantástico? —preguntó ella.

—Se llama Don Inaceptable, y hubo un cambio de planes —contesté, tan vagamente como pude.

Aún no les había dicho a mis primas que había visto a Harry el día anterior. Tras la fiesta de no-cumpleaños y de comer suficiente tarta de pene para tener pesadillas durante un año, las despedí y me acosté, dispuesta a olvidar todos mis problemas.

No lo hice, claro. Soñé con Harry. Soñé con su coso, un coso de carne, no de azúcar y vainilla, y con todas las cosas que quería hacer con él. Y que quería que me hiciera.

A veces soy una chica muy mala.

Cuando me duchaba por la mañana, me imaginé a Harry enjabonándome. Mientras me vestía, imaginé a Harry quitándome cada prenda, con los dientes. Mientras desayunaba un helado de chocolate me imaginé lamiéndolo de su pecho. Mientras iba hacia la tienda, me lo imagine arrastrándome a un rincón oscuro y besándome hasta dejarme sin aliento.

¿Por que dejaba que ese hombre diabólico y vilmente sexual me afectara tanto? No era como si nunca me hubieran besado antes, ni como si nunca hubiera visto a un hombre guapo. Había visto todas las películas de Brad Pitt, varias veces. Además, ¿quién diablos creía Harry que era, entrando a mi casa, jugando con mi boca y marchándose tras soltar un retador y delicioso «volveré a besarte»?

—Dios, cuanta envidia te tengo —dijo Clara, con añoranza. Alzó las rodillas hasta el pecho, apoyó los codos en ellas y la mejilla en la palma de una mano.

—¿Tú? ¿Envidia de mí? ¿Por qué?

—¿Por qué? —repitió mi prima con incredulidad—. Estás trabajando para el hombre más bello del mundo, un hombre que pretende casarse en un futuro cercano. Tú tienes acceso a él y eso te da ventaja. Mujeres de todo el país te arrancarían la carne y comerían tu cadáver por una oportunidad como ésa.

—Uno: eso es asqueroso. Dos: no hay ninguna ventaja en ser la planificadora de la fiesta. Soy una asalariada. Y tres: no voy a aburrirte repitiendo mis razones para no querer estar con él. Siguen en pie.

—Como quieras. Pero nunca te he visto tan afectada por un hombre. Te sonrojas cada vez que se menciona su nombre, y tus ojos brillan. Resplandecen. Creo que Harry podría ser el hombre. Tu hombre.

—No digas eso —luché contra el deseo de taparme las orejas—. Nunca jamás.

—Apuesto a que cumple todos los requisitos de la lista. Es el Don Perfecto de la lista que supuestamente tiene cada mujer —añadió—, no de la lista de Don Intocable que hicimos nosotras.

Cambié de tema para librarme del pánico.

—Hablando de Don Perfecto, ¿sigues buscando al futuro Don Clara Gellis?

—Por supuesto —aceptó el cambio de tema sin protestar—. Incluso tengo a un candidato en mente.

—¿Quién? —fruncí el ceño. Si decía Harry, iba a pegarle—. Hasta ayer no estabas saliendo con nadie.

—Y sigo así. Pero George Silben ha captado mi interés —era el vecino de al lado de Clara y en mi opinión no la mejor opción para ella. Ella era una mariposa social y George nunca podría seguirle el ritmo—. Se atrevió a tocarme esta mañana.

—¿El qué?

—El trasero —los grandes ojos azules de Clara chispearon traviesos.

—¡No puede ser! —George parecía el prototipo de chiflado por los ordenadores. Gafas. Cuerpo alto y desgarbado. Pelo castaño alborotado que siempre le caía sobre los ojos. La única diferencia era que George no sabía nada de ordenadores. Era actor del teatro local de la comunidad.

—Te aseguro que sí —sonrió Clara—. Y además, apretó. Sabía que se rendiría y lo intentaría antes o después. He visto cómo me mira cada vez que paso.

—¿Estamos hablando del tipo que no se ha quitado el chaleco de lana desde la última ola de calor de hace cuatro años?

—Exactamente.

—¿Te apretó el trasero? ¿En serio? —seguía sin poder imaginármelo.

—Bueno, es posible que yo me diera la vuelta y le pidiera que lo hiciera —dijo Clara con una sonrisa.

—Eres incorregible, ¿lo sabías? —me reí.

—Desde luego —la sonrisa de Clara se amplió—. Debo estar aprendiendo de Lucre —suspiró—. Si George no me pide una cita pronto, se la pediré yo.

—¿Tan interesada estás?

—Bueno, sí. Me gusta cómo me mira. Más que eso, me he dado cuenta de que me gusta cómo me siento cuando él me mira.

La conocía bien y entendía lo que quería decir.

Quería un hombre que le hiciera sentirse adorada.

Se lo merecía; igual que cualquier mujer. ¿Pero era posible eso? No lo creía. Nunca lo había visto.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!