Capítulo 8

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Mientras Tristan se recuperaba del shock sentándose en una silla, yo observé al impasible Dareh. Parecía que su talento iba más allá de poder viajar en el tiempo. Era muy misterioso. Todo lo referente a él estaba lleno de dudas, secretos e intrigas. De repente sentí el deseo de saber más sobre él. De saberlo todo sobre él. Quería ser su cómplice, su amiga. Me sentía extraña. Había muchas cosas que no entendía, y una de ellas eran mis sentimientos por Dareh. Estaba desconcertada. Apenas sabía nada de él, pero eso no impedía a mi corazón palpitar tan fuerte que parecía que iba a salirse de mi pecho. Y lo que más me desquiciaba era que cada vez que me miraba sentía el desprecio que me tenía. ¿Por qué? ¿Por qué me despreciaba? Y ¿Por qué me sentía así cuando él estaba cerca? ¿Acaso me estaba volviendo loca?

Salimos a la calle en cuanto nos hubimos planificado bien. La luz me cegó unos instantes, pero me acostumbré rápidamente. El panorama que vislumbré nada tenía que ver con las oscuras y peligrosas calles que me habían acechado la noche anterior, aunque a pesar de la luz que cubría todo, seguía teniendo un aspecto triste y gris, y la nieve sucia esparcida por todos lados solo aportaba más miseria. Me pregunté si existiría algún lugar en todo el planeta que se pareciera a mi campo de mariposas.

Los Naewat llevaban una chaqueta que les cubría la cabeza para esconder sus rasgos característicos. Ya habían llamado la atención con anterioridad y preferíamos pasar desapercibidos. La hostilidad entre especies en esta época era demasiado intensa.

No había muchos transeúntes por la calle, de hecho, había menos de los que había imaginado. Siempre pensé que las calles estarían llenas de personas que disfrutaban del aire limpio y de los rayos del sol, que iban de aquí para allá en sus quehaceres, etc., pero en lugar de eso, había edificios viejos por todas partes, con gruesas puertas de hierro similares a la de Tristan, que les servían para protegerse de ladrones y bandidos, y pequeñas ventanas con rejas.

Las paredes estaban llenas de inscripciones y dibujos, cada cual más obsceno que el anterior. Intenté pasar por la calle mirando hacia el suelo para no sentirme ofendida.

Al hacerlo, me percaté que el asfalto estaba sucio y lleno de basura. Un perro vagabundo escarbaba en una esquina especialmente sucia buscando algo que llevarse a la boca. El olor era repugnante. Todo realmente diferente a lo que había soñado. Quizá había sobrevalorado a la Tierra.

—¿Sabes, Tristan?— dijo June de repente mientras observaba el cielo—. Siempre nos han enseñado a creer que tú eras un héroe que intentaba salvar la Tierra y murió por su causa.

—Siento decepcionaros, pero puede que no sea tan maravilloso como creen— contestó frunciendo el ceño.

—No, lo que quiero decir es, ¿Quién querría cambiar el pasado? ¿Quién estaría interesado en que no se supiese cómo ocurrió la historia en realidad y convertirte a ti en el héroe?

—Seguramente los mismos que nos la han enseñado— dijo Styan—. Pensad un poco, ¿cuáles son los auténticos efectos del Engel, antes de la mutación?

—Fortalece el sistema inmunitario y...— empecé a recitar de memoria, pero entonces caí en la cuenta — sana y rejuvenece las células enfermas... De algún modo proporciona la eterna juventud. ¿Será eso de lo que se trata todo esto? ¿Miedo a la vejez y a la muerte?

—Tiene sentido— June empezó a reflexionar en voz alta—. El hombre vive al borde de la auto extinción, creyéndose el ombligo del universo, cuando se encuentran con quienes son más perfectos que ellos y que, además, tienen lo que el ser humano, a lo largo de su historia, desde el principio de los tiempos, ha anhelado: la eterna juventud. Es decir, el Engel.

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