Capítulo 6

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Todo era muy confuso. Empezando por el hecho de que aquel muchacho fuera Tristan Salazar, el ilustre doctor Tristan Salazar. Aquello era cronológicamente imposible. Él había muerto hacía más de cien años y el muchacho sólo era unos años mayor que yo. Tal vez se trataba de un descendiente. Por otra parte, también estaba la absurda afirmación de que el Engel había sido traído por los Naewat. ¿De dónde sacaba semejante teoría absurda? Se estaba mofando de mí y no pensaba consentirlo. Sería mejor que me fuera a buscar a mis compañeros por mí misma.

—Eres tú el que intenta confundirme. Me marcho de aquí. No eres tan bueno como creí que eras.

Estaba a punto de salir por la puerta, pero el joven que decía llamarse Tristan Salazar me sujetó del brazo impidiendo mi huida.

—Espera, no te vayas. Aunque dices cosas raras, sabes información que nadie debe saber, tenemos que aclarar algunas cosas.

Sacudí el brazo para librarme de su mano que me sostenía y lo miré desafiante. Ahora empezaba a asustarme de verdad.

—Demuéstrame que dices la verdad— compelí.

El joven se marchó y a los pocos segundos volvió con un pequeño papel plastificado. Ese tipo de documentos habían quedado obsoletos por la carencia de recursos naturales con los que contábamos en la academia. Había unas cuantas decenas de libros en papel guardados en una biblioteca como tesoro público, pero todo lo demás era última tecnología. Eso ya supuso un punto a su favor.

Me mostró el papel y mi teoría del descendiente quedó hecha añicos al ver la fecha de nacimiento del susodicho Tristan Scott Salazar.

—Es imposible. ¿Cómo puedes haber nacido en el año 2004? Eso es una incoherencia cronológica que...

—Ada, dime, ¿de dónde vienes?— inquirió ahora entrecerrando los ojos con insistente curiosidad.

Lo observé y sus ojos no parecían los ojos de un farsante. Decidí que lo mejor sería contarle la verdad. Tal vez ayudaría a aclarar toda aquella información confusa y saber quién de los dos era el que estaba realmente confundido.

—Mi nombre es Ada, vengo de la estación espacial Omega, en el año 2136...— hice una pausa, respirando con parsimonia y observando el rostro de mi interlocutor, cómo éste iba perdiendo color. Se le dibujó una arruga entre las cejas y abrió los ojos cada vez más—. Hasta donde yo sé, la Tierra ha sido destruida por la guerra entre humanos y Naewat en la lucha por robarnos el Engel, invento del ilustre doctor Salazar, y los pocos que hemos sobrevivido estamos recluidos en sendas estaciones espaciales: Alfa y Omega. Pero tú, esta noche, has desestabilizado completamente el fundamento de mis conocimientos al aventurarte a decirme que el Engel es una aportación de los Naewat.

—Ada, en qué año va a ocurrir la guerra de la que has hablado?— preguntó pasándose la mano por el pelo.

—En el año 2024.

—Imaginemos que te creo. Eso es este año. ¿Eres consciente de lo que me estás diciendo?— el joven Tristan había empezado a hiperventilar sin saber si sonreír o gritar de pánico.

Era una situación delicada para ambos, pues acabábamos de descubrir información importante el uno del otro y sólo podíamos confiar en lo que decíamos.

—Y si tú no inventaste el Engel, ¿por qué en el futuro aseguran que así fue? ¿Por qué tú?— pregunté extrañada.

Salazar me miró consternado.

—Voy a mostrarte algo. Es ultra secreto— dijo mientras posaba un dedo sobre sus labios para reforzar el hecho de que no debía contarlo a nadie.

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