¿Qué? —grité yo—. ¿Cuándo?

—Hace unos días.

—No lo hiciste —Lucre se recostó en la silla con expresión atónita—. Sí, lo has hecho. No mientes. ¿Por qué no nos lo dijiste?

—Sabía que os reirías de mí —la sonrisa de Clara se volvió malévola—. Pero no pude evitarlo. Ese hombre es la perfección masculina y sé que podría enamorarme de él.

—Amor —rezongué yo, pero mi desdén se debía más a la imagen de Harry y Clara viviendo felices para siempre que a mi odio por la emoción.

Empezaba a creer que el amor había sido creado por el mismo demonio. ¿Qué mejor manera había de conseguir que la gente hiciera el ridículo?

—Un día todas encontraremos a hombres que nos amen, a quienes podamos confiar nuestras esperanzas y sueños —Clara se apartó un mechón de pelo color miel de la frente—. Hombres que… —mi risa la cortó.

—La idea de un macho cariñoso, que se preocupe y sea fiable es demasiado absurda para planteársela siquiera un segundo.

—Eso, eso —secundó Lucre. Ella había tenido una buena dosis de corazones partidos. De hecho, había inflingido una buena cantidad de corazones partidos, pero esa era otra historia. Estábamos criticando a los hombres, no sacando a relucir nuestros trapos sucios.

—El amor no tiene nada de especial. Es lioso y desagradable —odiaba desilusionar a Clara, pero necesitaba saber la verdad. Cuanto más tiempo fuera por la vida creyendo que el amor verdadero esperaba a la vuelta de la esquina, más se arriesgaba a sufrir.

Y, la verdad, odiaba pensar que la dulzura de Clara quedase obliterada por un pene andante.

—Me niego a creer que el amor no significa nada —dijo clara—. Que tú pensaras que estabas enamorada de Richard el Bastardo no significa que hubieras encontrado a tu amor verdadero. Tu alma gemela está ahí fuera, Miranda, esperando que la encuentres.

Yo recé a Dios porque no fuera así.

Pero sentí una oleada de adrenalina cuando el rostro perfectamente tallado de Harry me pasó por la mente. Rápidamente, deseché la sensación y la imagen. No creía en las almas gemelas. Ya no. Mi madre había creído que mi padre natural era su alma gemela los diez años que estuvieron casados. Por eso lo aceptaba cada vez que volvía después de pegarle o engañarla. Aún así, no podía negar que al caer en brazos de Harry el contacto había sido eléctrico; algo que no había experimentado nunca. Ni siquiera con mi ex.

Pero eso no implicaba que Harry fuera mi alma gemela.

—Entonces, ¿cuándo vas a ver al delicioso señor Styles? —preguntó Clara.

—Mañana —alcé los hombros con gesto de indiferencia. Dios. Mañana. Tragué saliva. No sabría si podría sobrevivir a otra reunión.

—Mmm, quiero que me cuentes todos los deliciosos detalles —Lucre mordisqueó su panecillo.

Con la palabra «delicioso» resonando en mi cabeza, miré de nuevo la foto del periódico. No pude evitarlo. La cámara había captado la virilidad de Harry, pero no revelaba la ostensible sexualidad que rezumaba cada poro de su piel.

—Puedo darte los detalles ahora mismo —dije, haciendo voto de cumplir mis palabras—. Nada ocurrirá entre Harry y yo, porque no lo permitiré.

—Lo que tú digas, sucia gatita sexual —dijo Lucre, pasando un dedo por el borde de su vaso.

Yo deseé poder poner a Harry en mi lista de «A evitar». Ya me estaba causando problemas. Una mujer inteligente lo habría llamado para cancelar el contrato. Pero, dado mi nuevo lema, «Planificaré una fiesta sobre tu trasero, si pagas lo suficiente», tenía que seguir adelante.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!