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Una tigresa nunca deja que nadie le gane la partida en una conversación; nunca deja que otro diga la última palabra. Si lo hace, se convierte en receptáculo de la basura emocional de su oponente.

Una tigresa nunca deja que nadie le gane la partida en una conversación; nunca deja que otro diga la última palabra. Si lo hace, se convierte en receptáculo de la basura emocional de su oponente.

—¿Cuándo vas a atacar a tu nuevo jefe?

—Ja, ja —dije, dedicándole a mi prima Clara mi mejor ceño de «Ni lo menciones».

Mi otra prima abrió la boca para decir algo desdeñoso. Sabía que el comentario de Lucre sería desdeñoso porque de su boca sólo salían frases de auténtica sabelotodo. Le lancé una mirada mortal.

Funcionó. Funcionó de verdad. Doña Dilo-Tal-Cual Lucre se quedó callada. Quizás empezaba a dominar en serio la expresión de «Voy a comerte viva».

Me recosté en mi asiento. La luz del sol entraba a través de los visillos rosa de la cocina, envolviendo la mesa en un halo de calidez. El aroma del café se respiraba en el aire. Igual que todos los lunes por la mañana, antes de correr al trabajo, a la escuela en el caso de Lucre, estábamos sentadas en la cocina de Clara, dándonos un festín, o atragantándonos, con la comida que hubiera preparado.

Clara tenía una empresa de catering y estaba intentando reunir una colección de recetas frescas y exóticas. En general era una cocinera excelente, pero esas recetas «exóticas» suyas eran una porquería.

Con la Dieta Clara, había perdido cuatro kilos.

Y yo necesitaba cuantos kilos pudiera conseguir.

No me odiéis, pero soy una de esas mujeres que no tiene que vigilar lo que come. Soy delgada, demasiado delgada en mi opinión, y siempre lo he sido. Tiene sus inconvenientes, para que lo sepáis. Que te llamen Huesos. Tener pechos pequeños. Parecer desnutrida. De hecho, mi padrastro una vez intentó asesorarme para que superase mis desordenes alimentarios.

Esa mañana estábamos a salvo, con panecillos y magdalenas de arándanos. De tienda. Clara no había tenido tiempo de preparar nada exótico, gracias a Dios. No me creía capaz de soportar un desayuno como el de la semana anterior: tortilla de huevo de avestruz con queso azul y fresas. Sólo recordarlo me provocaba nauseas.

—¿Y bien? —dijo Clara—. ¿Vas a atacarlo o no?

—No me siento atraída por Harry —dije, esperando sonar convincente, aunque no lo conseguí—. Por tanto, no voy a atacarlo. Además, ¿qué idea es esa de pedir solicitudes para el puesto de esposa?

—Es excéntrico y busca el amor —dijo Clara, como si eso lo explicara todo.

Lucre dio un bocado a su panecillo, masticó y tragó.

—Es un hombre. A los hombres les gustan las fotos de desnudos y hacen cualquier cosa por conseguirlas. Fin de la historia.

Eso tenía sentido.

Lucre y Clara eran gemelas idénticas, pero distintas en muchos sentidos. Clara había nacido con un ángel sobre el hombro. Lucre llevaba al diablo en el suyo.

Lucre tenía anchas mechas color rojo en su cabello. También lucía varios tatuajes y piercings. Clara, en cambio, parecía delicada, casi angelical. Tenían veintidós años y eran de cuerpo pequeño y ojos azul brillante.

—¿Babeaste sobre él en la reunión? —preguntó Lucre.

—No. Claro que no —¿los mentirosos van directos al infierno o tienen algún tipo de inmunidad? Un mentiroso no es un asesino, ni nada así—. ¿Por qué me preguntas algo tan ridículo?

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!