Retrato de una vida

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Relato publicado en la antología "Trece maneras de morir" de varios autores.

Isola del Giglio amanecía soleada. El verano ya cubría las casas que florecían sobre las colinas toscanas a primera hora de la mañana.

Lia remoloneó un poco más en la cama hasta que escuchó una melodía colarse entre las cortinas, acompañada de la frescura matutina. Gianni entonaba una de sus canciones favoritas: «Ti amo». Como cada día, ella se levantaría, se asomaría al balcón y lo encontraría en el puesto de trabajo, dedicándole su mejor sonrisa, sin dejar de cantar.

Hacía varias semanas que L'Edicola, el quiosco del barrio, había pasado a manos de Gianni, el hijo del antiguo dueño, quien había fallecido poco después de dejar el negocio. Lia había quedado prendada de su físico en seguida. Era un joven apuesto, de facciones muy varoniles y cuerpo atlético, con el pelo negro y ojos que recordaban a los de un león. Lia había visto en él un reto artístico: se había propuesto hacerle un retrato. Gianni había aceptado sin problemas cuando Lia se había presentado en L'Edicola para preguntarle si le importaría que lo dibujase. La voz dulce y jovial de la muchacha lo había encandilado, y la sonrisa lo había transportado a un hermoso sueño donde envejecían juntos. Los dos habían reparado en el hechizo y, desde entonces, Lia se sentía con más fuerzas para luchar contra la enfermedad que le quitaba la vida poco a poco. Había decidido no hablar de ello con nadie; incluso se mantenía alejada de su familia para no preocuparlos. Y tampoco tenía intención de contárselo a Gianni, aunque el cáncer fuera lo único que la frenaba de estar con él.

—¿Dónde está mi café? —gritó el joven desde el quiosco.

Lia se rio con dulzura y le sopló un beso. La melena rojiza le caía por encima del hombro derecho y la brisa le mecía el escote del camisón de satén.

—Tendrás que esperar un poco más. Me doy una ducha y te lo llevo — respondió ella, antes de correr hacia el baño.

A cambio de retratarle, Gianni le había pedido que lo invitase a un café cada día hasta que la obra estuviera terminada. Lia había aceptado encantada y, todas las mañanas, antes de empezar la jornada laboral, se pasaba por la cafetería del viejo Adriano y pedía un Espresso para ella y un Capuccino para el quiosquero.

***

Buongiorno, bellísima —la saludó Adriano, como de costumbre.

Buongiorno —sonrió Lia. —¿Lo de siempre?

—Por favor. —Se sentó a esperar, mientras tarareaba la canción que Gianni había interpretado momentos antes.

—¿Me lo parece a mí o esta mañana estás más alegre de lo normal? — preguntó el camarero.

—Me desperté de buen humor. —Pero hay algo más. ¿Me equivoco? —insistió Adriano. —Bueno... tal vez.

—Estoy seguro de que tiene que ver con el quiosquero.

Lia soltó una risita.

—Es que pronto terminaré el retrato. Tengo tantas ganas de enseñárselo a Gianni.

—¿Piensas regalarle un «sí quiero» también?

—Sería bonito, ¿verdad? —Sonrió brevemente—. Pero no puede ser.

—No digas tonterías. El tiempo pasa rápido; aprovéchalo —aconsejó Adriano—. Si yo volviera a mi juventud... —Suspiró, distraído—. La de cosas que dejé escapar por pensarlas demasiado.

—Tal vez tengas razón. Pero, a veces, el destino juega en nuestra contra. —Lia se levantó y cogió los dos vasos de café después de dejar unas monedas sobre la barra—. Grazie mille, Adriano. Ciao.

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