Escuche —dije, clavándole un dedo en el pecho—. No he tenido un buen día. Le sugiero que se aparte antes de que le haga daño.

Se rió. ¡Soltó una carcajada!

—No voy a moverme, señora.

—Quítese de mi camino —cada palabra sonó férrea, cortante.

—De eso nada —sonrió, mostrando unos dientes amarillentos y torcidos—. Ya no la dejaría pasar ni aunque Dios bajara a apartarme.

En ese momento, me ocurrió algo raro. El guarda se convirtió en la representación de todo lo que me había ido mal ese día, el día anterior, toda mi vida. Pasar no era sólo necesario para conseguir un trabajo. Era vital para mi paz mental. Que alguien diga «miau», por favor.

—No puedo organizar la intervención de Dios —le dije—, pero sí darle una patada en el trasero.

—Odio a las mujeres con síndrome premenstrual —gruñó él, tras un leve parpadeo de sorpresa.

—Si quiere premenstrual, le daré un bofetón de zorra premenstrual. ¿Qué le parece eso?

—Bien dicho —gritó alguien.

Me di la vuelta. Casi todas las mujeres del cuarto de baño estaban detrás de mí, alineadas como para un desfile del Día de San Patricio. Animada por su apoyo, giré en redondo, convencida de que en ese momento mi rostro dominaba la expresión «Voy a comerte vivo».

El guarda, precavido, retrocedió un paso.

—Tiene exactamente dos segundos para quitarse de mi camino —afirmó—, o lo lamentara. Hablé con Anne Styles hace tres días…

—¿Anne Styles? —el terror nubló sus ojos y se apartó—. ¿Por qué no lo dijo? Suba en el ascensor rápido. Planta diecinueve.

Asombrada por mi éxito, parpadeé. Las mujeres que había detrás de mí avanzaron de repente, en masa, y me lanzaron hacia el ascensor, conseguí enderezarme antes de besar el suelo.

—Yo hablé con Anne Styles —gritaron varias al unísono—. En serio. Lo juro.

—Atrás, señoras —oí decir al guarda, justo cuando las puertas del ascensor se cerraban.

Mientras subía, empezaron a sudarme las palmas de las manos y se me aceleró el corazón.

Odiaba la idea de caer en el vacío en cualquier momento. Por suerte, el ascensor no se estrelló y llegué a la oficina unos minutos antes de tiempo.

Una mujer de traje negro ocupaba el mostrador de recepción. Tenía el cabello recogido atrás, sin un solo pelo suelto. Su piel era palidísima, más pálida que la mía, y yo soy casi albina, le daba un aspecto inquietante, casi vampírico.

—¿Es ésta la oficina de Harry Styles? —pregunté.

—Sí —la severa y ceñuda mujer alzó sus negras pestañas—. Y usted, ¿es?

—Miranda Jones. Vengo a verlo.

Me miró de arriba abajo y no debió gustarle lo que vio.

—Se supone que las solicitudes se envían por correo, no se entregan en mano.

¿Solicitud? Santo cielo, no entendía lo que pasaba en ese edificio. Harry Styles me había llamado varias veces en los últimos meses, pero yo no le había devuelto sus llamadas. No había tenido coraje para enfrentarme al hombre devastadoramente sexy que había visto sólo una vez, pero con quien había soñado muchas. Por desgracia, en mi situación estaba dispuesta a trabajar con el mismo diablo. Si está leyendo esto, señor Satán, mis tarifas son excelentes.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!