Una tigresa auténtica sabe pavonearse. Camina con la cabeza alta y el pecho hacia delante, con una expresión que dice: «Voy a comerte vivo».

Yo soy un felpudo.

Ya está. Lo he admitido. Si la gente quiere limpiarse las botas sucias en el felpudo que es mi vida es probable que les dé la bienvenida con una sonrisa y luego les dé las gracias. Al saber esto, algunas personas podrían perderme el respeto. En mi defensa diré que estoy mejorando. Haciéndome más fuerte. Más firme y enérgica.

Estoy liberando a mi Tigresa interna. Por desgracia, hoy la he tenido muy controlada. De momento el tanteo no va a mi favor: Vida 5, Tigresa 2.

De nuevo, en mi defensa, diré que la Vida es una arpía, mala y miserable.

Rememoraba la última sección que había leído de Libera a la Tigresa que llevas dentro cuando apareció ante mi vista el edificio de cromo y cristal de Aeronáuticas Styles. Me dije que la reunión iría de maravilla; como Tigresa, no permitiría menos.

Con determinación, alcé la barbilla y cuadré los hombros contra el asiento, mostrando mis pechos en su máximo esplendor. Pero por más que lo intentaba, no conseguía dominar la expresión de caníbal.

Claro que, cuando se tienen labios tan carnosos y aparentemente rellenos de colágeno, bueno no sólo aparentemente, como los míos, la única expresión que dominan es: «Cobro doscientos dólares la hora». En realidad, si uno lo piensa, eso podría implicar que quiero comerme a alguien vivo.

Por Brad Pitt, estaría dispuesta a negociar.

Los demás, bueno… me encogí de hombros. Lo siento, tendrán que conformarse con la expresión.

Fruncí los labios y los relajé. Fruncir. Relajar.

Intentando encontrar la expresión amenazadora perfecta. Cuando noté que el taxista me miraba fijamente por el retrovisor, enrojecí y volví la cara hacia la ventanilla. Debería haber practicado en casa, pero había recibido una llamada inesperada de mi ex; ojalá muriese y ardiera en el infierno toda la eternidad, que había consumido mi tiempo libre.

—Quiero darnos otra oportunidad —había dicho. Solía llamar una vez al mes con el mismo discursito. No soportaba la idea de que una mujer no lo quisiera—. Te quiero, nena. Te lo juro —había concluido.

Ya, y mis impresionantes pechos son dos globos de placer… Por si alguien se lo pregunta, no lo son. A duras penas lleno una talla 90.

Estoy orgullosa de mi misma. Le deseé que entrase en contacto íntimo con una bacteria carnívora que devorara su cuerpo dolorosa y lentamente, empezando por su apéndice favorito, y colgué, apuntándome el primer punto en mi marcador. Tengo la sospecha y la esperanza de que mi Tigresa es una arpía tan malvada como la vida, pero aún no la conozco lo suficiente para saberlo con seguridad.

En fin, cuando Richard y yo estábamos juntos, me engañaba. Siendo la buena chica que soy, lo perdoné la primera vez. Luchar para salvar el matrimonio y todas esas bobadas. Los hombres siempre serán hombres y eso. Da igual que sean prostitutos masculinos.

Vaya, ¿se me nota la amargura?

La segunda vez que me engañó, lo dejé cuatro semanas. Me avergüenza admitir que me reconquistó. Se tatuó mi nombre en el trasero, ¿quién puede resistirse a eso? Igual daba que mi nombre estuviera al lado del de su primera esposa.

La tercera vez que me engañó, me fui y solicité el divorcio. Eso había sido hacía seis meses. Él, abogado especialista en divorcios, y por tanto la peor basura del universo, había sabido manejar la situación para quedarse con todo y dejarme sin nada de nada.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!