Ella

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—Me aburro —se quejó Clara.

Victoria seguía cepillándole la larga melena dorada, y sonreía, a pesar de haber estado toda la tarde escuchando las protestas de su malhumorada amiga.

—Mamá ha dicho que hoy no podemos salir —explicó Victoria con infinita paciencia—. Tiene una cita. Pero podemos jugar a muchas co...

—¡Me cansas! —la interrumpió y dio un salto de la cama para caer de culo en el suelo— ¿Por qué siempre tienes que obedecerla en todo? Eres muuuuuy aburrida. —Se puso en pie y se colocó bien el vestido. Entonces cruzó los brazos y miró a Victoria con el ceño fruncido—. Bien. Divirtámonos un poco.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó la niña, que había ladeado la cabeza de forma inocente, aun sabiendo que la propuesta de Clara no iba a serlo.

—Tu madre se está duchando. —Soltó una risita maliciosa y puso las manos sobre las rodillas de Victoria, que seguía sentada en la cama—. Irás al baño y verterás jabón en el suelo. —La miró a los ojos y vio que la niña cambiaba de expresión al instante.

—¡No puedo hacer eso! Se enfadará mucho y me castigará.

—Eres una miedica.

—¡No lo soy! —gimoteó Victoria—. Es que no quiero que me castigue como la otra vez.

—Si te perdonó en seguida —repuso Clara—. Vamos, será divertido. —Esta vez mostró una sonrisa tierna en su cara de porcelana, aunque los ojos seguían brillando como los del mismísimo diablo.

Victoria se mordió el labio inferior y se apretó la falda con ambas manos. No quería que su única amiga la abandonara por ser demasiado aburrida, pero aún le preocupaba más que su madre se enfadara de nuevo con ella. Ya la había amenazado en varias ocasiones con llevarla a un psicólogo si no dejaba de hacer cosas malas, y, por el tono en que lo decía, la niña había terminado imaginándose a aquél personaje como una especie de hombre del saco.

—No quiero... —dijo en un susurro con los ojos empañados.

—¡Eres una aburrida! Ya me cansé de ti. —Clara le dio la espalda, enfurruñada, y se cruzó de brazos.

—Por favor, no te enfades —suplicó Victoria—. Es que no quiero que...

La niña se quedó sin habla cuando Clara cayó al suelo. Todavía tenía los ojos abiertos, aunque ya no brillaban con la misma intensidad y los labios se habían cerrado con fuerza. Victoria corrió hacia su amiga y la tomó entre sus brazos.

—Por favor, no me dejes sola. No te vayas —suplicó entre sollozos—. Haré cualquier otra cosa que me pidas. Lo prometo.

De repente, los labios de Clara volvieron a curvarse y los ojos retomaron su brillo.

—¿Lo prometes?

Victoria asintió y la soltó con cuidado para luego secarse las lágrimas con la manga del jersey.

—De acuerdo —aceptó Clara—. Entonces ve a por las tijeras que tu madre guarda en la caja de los hilos.

—¿Qué? Sabes que solo me deja tocar las del colegio. Puedes usar esas, si las necesi...

—Dijiste que harías lo que te pidiera ¡Eres una mentirosa!

—¡No es cierto! —Victoria volvió a agarrarse la falda y cerró los ojos con fuerza—. Está bien... Lo haré —murmuró al fin.

—¿Oh? ¿De verdad? —La sonrisa maliciosa volvió a aparecer en su rostro.

—Pero no volverás a burlarte de mí —refunfuñó Victoria.

—De acuerdo —respondió Clara, satisfecha—. Te esperaré aquí.

La niña se puso en pie y caminó con paso tembloroso hacia la puerta de su cuarto. La abrió con cuidado de no hacer ruido y miró afuera, asegurándose de que su madre seguía en el baño. Tras escuchar el agua de la ducha caer, salió de la habitación y bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Luego arrastró una silla hasta dejarla frente al mueble del salón, para subirse a ella y coger la caja de costura que había en el cajón más alto.

Una vez tuvo las tijeras, dejó la caja y la silla en su sitio y corrió hacia su habitación. Justo cuando la niña llegó al último escalón, su madre salió del baño y vio que escondía algo tras la espalda.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó, desconfiada.

—No es nada, mami. Solo jugaba con Clara.

—Si no es nada, enséñamelo. —Su madre se acercó a ella y la agarró del brazo. Cuando vio las tijeras, bufó y se las quitó de un tirón—. Sabes que no puedes jugar con esto —sentenció.

Victoria no dijo nada más y su madre se metió en la habitación. Parecía tener prisa. Dejó las tijeras sobre la cama y comenzó a sacar ropa del armario, buscando algún vestido que le pareciera adecuado para su cita. La niña la observó durante un rato desde el pasillo y luego volvió a su cuarto, donde la esperaba Clara sentada inmóvil en el suelo.

—Mi madre se ha enfadado. ¡Te lo dije! —acusó y cerró la puerta.

Clara se puso en pie y le hizo un gesto de desaprobación.

—Ni siquiera eres capaz de algo tan sencillo. No vales para nada, idiota.

—Eso no es cierto. Siempre hago lo que me dices.

—Entonces ve a por las tijeras.

—Pero me las quitó.

—Vuelve a cogerlas.

—Si me ve...

—¿Lo ves? Eres una tonta. No vales para nada.

Victoria se enfurruñó y volvió hacia la puerta.

—¡Está bien! Ahora verás —exclamó, resuelta.

Salió despacio y se dirigió hacia la habitación de su madre, que había empezado a arreglarse el pelo. Aprovechó el ruido del secador para acercarse a la cama y coger las tijeras. Pero su madre, de espaldas a ella, lo vio todo gracias al espejo que tenía delante. En seguida se giró, aún más enfadada, y fue hacia la niña hecha una fiera.

—¡Te he dicho que con esto no se juega! —Volvió a quitarle las tijeras y se las llevó al tocador. Luego cogió el secador y el cepillo y continuó por donde lo había dejado, sin dejar de reñir a su hija. Entonces, algo llamó su atención. Justo por detrás de Victoria se había movido algo; estaba totalmente convencida. Se giró, sobresaltada, y escudriñó la habitación con la mirada.

—Lo siento, mami. Es que Clara me dijo que...

Su madre resopló y se volvió a girar hacia el espejo, retomando su labor.

—Deja de decir estupideces y vete a tu cuarto.

—Es la verdad, mami. ¿Por qué nunca me crees?

—¡Porque Clara es una maldita muñeca! —gritó, perdiendo totalmente la paciencia. Y cuando se giró para encarar a su hija, notó algo resbaladizo bajo sus pies. Intentó apoyarse en el tocador, pero la mano resbaló con las tijeras, que cayeron junto con ella, clavándose en su garganta.

Boqueó varias veces mientras miraba a su hija, alargando una mano hacia ella. Victoria no reaccionó. No entendía lo que acababa de pasar, ni siquiera había visto a Clara derramar el jabón en el suelo.

En cuanto la mujer dejó de moverse, la muñeca salió de debajo de la cama y empezó a reírse a carcajadas.

Insania ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora