Capítulo 13 (II)

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—Haz algo... ¡Van a!... No se puede.

Las voces llegaron a Madison como si se trataran de una mala emisión de radio. Por más que lo intentaba no podía descubrir a quienes pertenecían, y mucho menos enfocar su cabeza en solo una de ellas.

Tenía mucho sueño. Más del que algunas vez había sentido.

—No puede ser... ¡Madison!... ¡Madison... Ya!

Con un veloz parpadeo, la morocha se despertó y les dedicó una mirada cansada a sus amigos. La recibieron varios ojos cerrados y respiraciones acompasadas.

—¡Despierta de una buena vez! ... ¡Vamos a chocar!

Esa última palabra fue la que surtió efecto en ella. Tras tallarse los ojos con fuerza, la chica clavó sus ojos en la barca de enfrente, en donde Anna y Mudya intentaban despertar a los demás muchachos sin mucho éxito.

Al verla despierta, la joven mujer le dedicó una sonrisa tensa y le señalo el frente, diciendo con rapidez.

—Hay que desamarrar las barcas o una se va a hundir.

Madison miró hacía el punto que señalaba su cuidadora, descubriendo el motivo de su preocupación. Un gran pedrusco se encontraba bloqueando la mayor parte del rio, dejando solo el suficiente espacio como para que una barca pasara.

La chica comprendió de inmediato la situación, y antes de que su amiga pudiera decir otra cosa brincó a un par de sus amigos y llegó a donde se hallaba el pedazo de cuero y cuerda que unía las embarcaciones. Tirando poco a poco de su gemela, Madison fue acercando el bote de Anna a ellos para poder alcanzar el firme nudo que había hecho.

—¡No hay tiempo! ¡Córtalo con algo!

—¿Con qué?... ¿Y por qué rayos están dormidos todos?

La mujer señaló el paisaje fuera del rio. Estaban cruzando un frondoso bosque con matorrales repletos de pequeños brotes blancos en su orilla.

—Esas flores... Había más atrás. Soy Riy nocturnos —, la morocha se encogió de hombros, sin dejar de buscar algo para cortar el amarre. —Son famosas por sus propiedades relajantes. Pueden hacer dormir casi a cualquier ser de este mundo, por fortuna para nosotros Mudya es inmune a su olor.

El can respondió a aquella declaración con un ladrido, que gracias a lo cerca que estaba, despertó a Carter. Los movimientos del castaño fueron violentos y torpes mientras se desperezaba.

—Me lleva... Lo siento, ¿Qué me decías?

—¡Carter! Evita respirar profundo y despiértate rápido. Necesitamos de tú ayuda...

—¡Anna! ¡No lo lograremos!

La mano de Madison apuntó a la gran roca con insistencia. Estaban tan cerca, que los ocupantes de la barca vecina comprendieron que quienes iban a chocar eran los otros. La morena y compañía.

—¡Salta! Ve con los otros y pidan ayuda en el desierto. Yo me quedare con los demás chicos.

—No puedo, Anna. No llego.

Con esas palabras, la morena dejo de jalar la cuerda y se dedico a despertar a sus amigos. Se aproximaban rápido hacía el pedrusco, así que lo menos que podía hacer era levantarlos para que pudieran salir del agua sin problemas. A pesar de las palabras de su guardiana, la morena no dejo de moverse. No era justo que solo ella se fuera con los demás, aparte, sabía que si se daba la oportunidad bien podía ayudarlos con sus habilidades.

La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!