-Capítulo 1-

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Era patéticamente inútil. Daba igual cuántas veces lo intentara o cuántas de éstas hablara con la directora Darksaider. No había manera.

—Maldita sea la gracia que me hace. —Gruñó entre dientes como tan pocas veces lo hacía.

El día había empeorado conforme avanzaba. Se había quedado dormida por culpa de Kred, su mejor amigo, y a raíz de ello había llegado tarde a su primera hora de clases.

Valeria no había sido más que otra guinda del pastel. Estaba enfadaba con ella por no haberla llamado durante las vacaciones de verano, las cuales había pasado con Edgar y Anabelle en Noruega. En casa de su abuela, la Sargento Dayanah.

Era una mujer desagradablemente mandona, y bastante crítica. Aún no entendía cómo su padre y aquella señora podían ser familia. O cómo su madre podía hablar con ella durante un minuto sin volverse loca.

—A mí sí me hace gracia —confirmó Valeria con una sonrisa maliciosa mientras se acercaba a Charlotte.

Pese a su supuesto enfado Valeria era su mejor amiga, una chica alegre y cándida a la que poco le podía durar un enfado si no era nada grave.

Charlotte bufó contra la mesa mientras se concentraba en qué haría esa tarde: estar castigada haciendo limpieza.

Levantó la cabeza para enfrentar a su mejor amiga. Pero no pudo más que sonreír. Val era hermosa, no había dejado de pensarlo desde el momento en el que la había conocido. Su cabello, ondulado y de un agradable color chocolate que degradada a rubio, reboloteaba libre alrededor de su cabeza y las puntas descansaban sobre los hombros. Tenía unos grandes ojos azules tan concentrados que en ocasiones parecían violetas. Nariz pequeña y perfilada. Labios finos pero carnosos.

—Val, déjame. Ya me has regañado suficiente. Vete, o te castigarán a ti también —soltó un gemido triste al volver a hundir la cabeza entre sus brazos—. Te llamo al llegar a casa. Lo prometo.

Valeria sacudió la cabeza resignada mientras le daba una palmadita, como acto de comprensión, en la espalda y se marchaba. Quería a su amiga. Pero no tenía la intención de estar también castigada.

Aunque su familia, los Di Cream, fueran muy generosos con Easter ella y la directora Darksaider eran como perro y gato.

Charlotte quedó sola y en silencio, pensando que tendría que pasar su tarde limpiando. Reprimió un gemido y se mordió el labio. No le molestaba limpiar, pero sí que fastidiaran su momento de ocio.

—¿Se ha quedado dormida Señorita Hunt? —Escuchó tras unos minutos. Sin duda, era la directora.

—No. Señora Darksaider —sonrió arrastrando sus palabras antes de levantar la cabeza y mirarla.

Alice Darksaider era una una mujer de temperamento fuerte y llevaba la institución Easter de manera juiciosa y estricta. Casi siempre vestía de traje y aquella no era una excepción: chaleco, falda y zapatos de un sobrio color negro resaltaban su figura bien cuidada durante los años. Aparentaba ser joven, pero sólo eso.

El pelo oscuro le caía liso y monótono en la espalda, con cierto aire severo.

—Entonces levántese y acompáñeme. Nos están esperando.

Charlotte obedeció a regañadientes y con pereza. Arrastró la silla dejando atrás sus modales y siguió a la mujer a lo largo de un pasillo.

Según caminaban, pudo darse cuenta de que no limpiaría su aula sino otra.

Entró después de la Directora para poder ver a otro alumno. Estaba sentado en una mesa del final, con las piernas sobre ésta, brazos tras la nuca, ojos cerrados y hacía una pompa rosada con el chicle que masticaba.

Con tan sólo la primera vista, pudo sentir un escalofrio. Frunció el ceño y tuvo claro que aquel chico no le caería nada bien.

—Thomas, siento interrumpirlo. —Saludó con sarcasmo la directora— Ya están los dos. Hagan bien el castigo y podrán irse rápido.

Y no dijo nada más. Los dejó ahí, sin ninguna indicación mas que el mero dato de tener el aula de música impoluta.

Charlotte resopló con fastidio. Dejó la mochila y la chaqueta del uniforme sobre una mesa al azar, y se remangó la camisa. Se acercó a los utencilios de limpieza y cogió un paño y el producto necesario para encerar el piano.

Lo hizo todo en silencio, y sin hacer caso a la otra persona que llenaba el silencio y vacío de la habitación.

De vez en cuando tocaba una tecla y gruñía para sí por su torpeza.

—Tocas fatal. —Apuntó el chico. Se habia levantado y colocado junto a ella, mirando cómo limpiaba. ¿Cuándo y desde cuánto?

—Será.

Quedó callada, terminando el qué hacer mientras el chico parecía observar. No intentaba ni le interesaba hablar con él.

—Pareces Cenicienta —bromeó el joven dejando escapar una sonrisa.

—¿Por qué no cumples el castigo en silencio? —Charlotte se había detenido. De pie, junto al encerado.

Sabía que haber contestado habia sido un completo error. Eso le llevaría a hablar y era lo último que le apetecía. Cerró los ojos, soltó un juramento para sí y volvió a su tarea.

Sintió unas manos fuertes, pero calidas, alrededor de la cintura cuando quiso colocarse de puntillas para limpiar más arriba de la pizarra.

Sorprendida, volvió el rostro para verlo a él, con una sonrisa divertida y una perfecta dentadura. De ojos grandes y grises, mirada risueña y tranquila. De cabellos revueltos y oscuros.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó sin querer parecer incrédula. Frunció los labios y apartó las manos de él de sus caderas.

—Sólo intentaba ayudar —confesó y hundió la cabeza entre los hombros con indiferencia. Dio la vuelta y Charlotte pudo ver por el rabillo del ojo una sonrisa ¿pícara?

Los minutos continuaron pasando. Cada uno haciendo lo que creía que le tocaba, en silencio y sin molestar.

Charlotte terminó justo en el momento en el que aquel joven terminaba de guardar el último libro sobre Mozart.

Suspiró aliviada de haber terminado y alzó las manos sobre la cabeza para estirarse.

—No hagas eso.

Escuchó decir en pleno desperezamiento. Se interrumpió con una protesta inaudible antes de buscar con la mirada el foco de la voz.

Era aquel chico otra vez.

Frunció los labios y sacudió la cabeza yendo a por su chaqueta.

—Que pena que no me mandes, Thomas.

El chico sonrió ante su altanería y se acercó de inmediato para ver cómo se colocaba la chaqueta. La escudriñó con cuidado: cabello medianamente rizado y de color rojizo fuego natural. Mirada desafiante, ojos claros entre azul y gris. Nariz pequeña, labios finos y rosados. Era de cuerpo pequeño en comparación a él al darse cuenta de su altura. Siguió bajando la mirada para encontrarse con sus caderas y bien torneadas piernas.

Se le oscureció la vista y hubiera deseado no pensar en dónde quería esas piernas.

Había tenido el impulso, hábito en él, de golpear la pared con ella.

Charlotte salió del aula sin mediar palabra al percatarse de que Thomas estaba en su mundo. Cogió la mochila y salió con viento fresco, sin preocuparse de nada. La clase había quedado limpia y ordenada.

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