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41. El valle de los ángeles.

- Deberías intentar calmarte primero.

La sugerencia de Vicente quedaba fuera de discusión. Cómo calmarme. Las manos me temblaban y apenas si podía contener en un ritmo medianamente normal, los latidos de mi corazón. Mi cerebro funcionaba miles de kilómetros por hora intentando descubrir, casi por arte de magia, los secretos ocultos detrás de las insinuantes palabras de mi padre. Obviamente no iba a adivinar nada, por eso, con el teléfono al oído, esperaba ansiosa a que Gabriel respondiese a mi llamado. El teléfono repiqueteó dos, tres, cuatro veces. El condenado buzón de voz me ofreció el espacio para dejar un mensaje.

- Soy yo, Eliza- ladré-. Necesito hablar contigo cuanto antes, debemos discutir un asunto. Por favor, Gabriel- añadí bajando el tono intentando no dejarme llevar por las insidiosas palabras de mi padre; él sí que sabía ser insidioso, más que ningún otro ser en este mundo.

Tanto fuese como mi padre lo planteara, tanto como si no, necesitaba saber si ya se había puesto en contacto con Miguel y qué había dicho éste-. Mi padre pasó por aquí hace un par de minutos…Es urgente que hablemos. Lo sabe todo-. Tragué saliva-. Llámame cuanto antes.

A regañadientes corté la comunicación.

Giré sobre mis talones. - No contestó- le expliqué a Vicente-. ¿Tienes el número de Cesar?

- Sí, sí lo tengo pero…

- Se me ocurrió una idea mejor, ¿sabes dónde se quedan?

Vicente me miró espantado. - No es buena idea que salgamos ahora.

- No pensaba ir sola, iba a pedirte que vinieses conmigo-. Por el gesto en su rostro supe que ni eso lo convencía-. No pienso quedarme aquí sentada esperando que el mundo se arregle.

- No es eso-. En dos cortos pasos se paró frente a mí-. No quiero que nada malo te suceda.

- No puedes mantenerme guardada para siempre, esto va a acabar encontrándome tarde o temprano, me esconda donde me esconda. No quiero caer al ser atacada por la espalda, prefiero enfrentarlo de frente.

- No hables así.

- No puedo hablar de otro modo- me llevé las manos al estómago, tenía la sensación de que un enorme gusano se removía dentro de mí- sé que algo…- apreté los puños: algo iba a terminarse, a cambiar; podía sentirlo claramente, igual que cuando se distingue una enorme y potente tormenta avecinándose desde el horizonte. Muchos más sufrirían por esto, y por desgracia, otros morirían. No es que estuviese siendo pesimista, tampoco es que esa certeza fuese producto de una visión ni nada por el estilo, era simplemente una certidumbre instalada dentro de mí con la contundencia de una marca hecha fuego. Esa marca no estaba allí antes de que mi padre pisase esta casa, razón por la cual, comencé a preguntarme si no era él el responsable de que se encontrase allí ahora.

- Dale al menos cinco minutos, si no te regresa el llamado, te llevaré al lugar donde se están quedando. Lo prometo; sé que Gaspar no tendrá ningún problema de acompañarnos también mientras Lucas se queda aquí cuidando de Anežka.

- ¿Qué?- bufó Anežka.

- Podemos ir todos- empezó a decir Lucas.

- Eso es, si necesitan ayuda…

- Anežka ni lo pienses- solté cortándola-. Lucas, por favor, ella no puede defenderse sola.

Anežka me miró con cara de pocos amigos.

- No de los demonios al menos.

- Eliza y Vicente tienen razón, ustedes se quedarán aquí.

- Yo también quiero saber lo que ese ángel tiene para decir. No me gustó nada todo eso que insinuó el pap…- Lucas se cortó-…Eleazar. Mierda, si hasta es extraño referirse a él. ¡Bah! Aquí lo único importante es que se ángel cante la verdad. No me cae en gracia y dudo que vaya a agradarme ninguno de ellos. Seguro que te mintió, o como mínimo, te ocultó muchas cosas que deberías saber.

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