Prólogo

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La noche del 6 de abril de 1942 fue una noche muy lluviosa en París, tanto que muchas calles quedaron anegadas y esa fue la excusa perfecta para una pequeña tregua en la ciudad. Las fuerzas del Eje, que llevaban ocupando París desde hacía dos años, habían destruido todo a su paso y mucha gente tenía miedo, entre esas personas se encontraban los Rivard, una pequeña familia sin muchos recursos que ya se había acostumbrado a los bombardeos y los toques de queda.

Pero el señor Rivard, muy mayor y con muchos achaques por su edad, sabía perfectamente que, si la guerra continuaba, sus hijas, Violette y Sarah, no tendrían nunca la posibilidad de un futuro brillante como él y su esposa habían soñado para ellas. Así que decidió que esa noche sería la noche en la que se despediría para siempre de sus dos tesoros, de su razón de ser, y supo que probablemente aquella fuera la última vez que las viera.

Las chicas habían metido en sus maletas todo lo que creyeron necesario para sobrevivir, se vistieron con más ropa de la habitual, porque sabían que pasarían frío a la intemperie una noche como esa, y dividieron los ahorros que su padre les había dado y lo metieron cada una en unos bolsillos cosidos de sus faldas.

Violette, que con veintitrés años era la mayor, había aprendido a coser gracias a su tía Marie que le enseñó después de que su madre Claire falleciera. Y era precisamente con su tía con quien se reuniría en Costa de Marfil, si lograba sobrevivir a la travesía. André, el padre, sabía que sus hijas no eran las únicas que aprovecharían las lluvias torrenciales de esa noche para escapar, conocía a varios de sus vecinos que también lo intentarían y les pidió que las ayudaran.

Aunque sería complicado, esos vecinos le dieron al preocupado padre unas indicaciones muy específicas por si las chicas se perdían y no sabían dónde ir. Debían dirigirse lo más rápido posible al sureste, a la zona libre de Francia y teniendo mucho cuidado con las zonas controladas por los italianos fascistas. Si las chicas lograban llegar a la zona desmilitarizada, estarían a salvo al menos por unos días.

—Niñas —comenzó diciendo André— sé que esta sea probablemente la última vez que nos veamos, si es que logran llegar con su tía y la guerra termina antes de que yo me muera —André hizo un gesto para interrumpir a Violette que se disponía a responderle—. No seréis las únicas que, aprovechando la tormenta y la tregua de esta noche, intentaréis huir de aquí. Algunos de nuestros vecinos también han elegido esta noche y me han explicado que debéis dirigiros siempre hacía el sureste, allí encontraréis una zona libre de militares donde estar a salvo. También he consultado algunos mapas y creo que la mejor opción es Niza, desde allí salen varios barcos a la semana, podríais coger uno que os llevaría a Túnez o a Marruecos y desde allí os sería más fácil llegar a Costa de Marfil. Espero que lo logréis y que me escribáis en cuanto estéis a salvo, mi débil corazón os lo agradecerá.

—Padre, descuide —respondió Violette— le escribiremos en cuanto lleguemos a un lugar tranquilo y tengamos oportunidad. Nos dirigiremos siempre hacia esa dirección y mantendremos una distancia de seguridad con nuestros vecinos, por si ellos fueran capturados nosotras pudiéramos escondernos.

—Sí, padre —añadió Sarah— sabremos cuidarnos bien la una a la otra y pronto tendrá noticias nuestras, ya verá —terminó la joven antes de tirarse a los brazos de su padre.

Los tres permanecieron abrazados un largo rato, hasta que André se separó de ellas.

—Es la hora, niñas. Los soldados no se esperan que una noche como esta alguien se atreva a salir a la calle, así que no estarán patrullando. Solo espero que tengáis mucha suerte.

Ojos de marfil [en pausa]¡Lee esta historia GRATIS!